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¡Qué peligroso es que los políticos no necesiten a nadie!

Invocar abolengo en Santo Domingo es algo de lo que ciertos sociógrafos se han burlado, no con la cizañosa incomprensión de quienes pretenden analizar lo que llaman oligarquía a partir de relaciones librescas, sino con conocimiento íntimo como lo tuvo –por ejemplo- Joaquín Balaguer.

Al nacer la república había hateros ricos y unos pocos exportadores de madera y reses quienes estaban en la cúspide de la pirámide social. Medio siglo más tarde, varias familias se enriquecieron mucho durante el largo gobierno de Lilís. Con pocas variaciones, esas mismas familias afortunadas capearon los vendavales políticos que siguieron al asesinato de Mon Cáceres.

Al llegar Trujillo al poder en 1930, la riqueza estaba concentrada en pocas familias, cuyos negocios incluían la agropecuaria, el comercio y muy poca industria. Desde la década del 20 habían iniciado sus actividades varios importadores españoles que luego se harían muy ricos. Uno de los pocos políticos que poseía fortuna personal, adquirida como jefe del Ejército, era el propio Trujillo.

Durante su dictadura de poco más de tres décadas, surgieron tres o cuatro importantes fortunas distintas a las de los ricos que lo eran desde cuando Lilís. Tras el ajusticiamiento del tirano en 1961, los viejos y relativamente nuevos ricos se enfrentaron al pulsear por controlar la economía pero ante los acontecimientos políticos debieron unificarse para defender sus intereses comunes.

Durante los doce años de Balaguer creció la clase media y se hicieron dizque 300 nuevos millonarios, principalmente contratistas de obras públicas, industriales apoyados por el Estado e importadores entusiasmados por la renovada capacidad de consumo de los dominicanos. Luego hubo ocho años del PRD y diez años más de Balaguer durante los cuales el país siguió creciendo.

En todo ese tiempo, los políticos o al menos los líderes principales de los partidos, dependían del apoyo de empresarios ricos o de los recursos estatales para financiar sus actividades. Esa dependencia los hacía dóciles a los requerimientos del empresariado. Ponían asunto a los reclamos de las entonces llamadas “fuerzas vivas” de la sociedad, que hoy es más “civil”.

Pero hoy en día uno mira en derredor y resulta que muchos, por no decir la mayoría, de los jefes políticos son casi tan ricos como los ricos de verdad, los que llevan décadas trabajando. Quizás eso explique por qué se entienden tan mal.

 

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