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¿Se esfumó el fantasma Atiemar?

¿Se esfumó el fantasma Atiemar?

Arturo del Tiempo Marquez presumió que la República Dominicana, antigua colonia española, era un buen campo para un “inversionista” de su “talla”.

El susodicho, acompañado de su hijo (ambos siempre muy bien vestidos y perfumados), logró que el entonces embajador colombiano en el país, Chaux Mosquera (figura relevante del para-militarismo), les concediera una cita con el Presidente Fernández para exponerle varios de sus fabulosos proyectos de inversión, entre ellos la Torre más elegante y confortable que “ojos humanos hayan visto”.

El Marquez Arturo estaba asociado a otro empresario de origen colombiano de apellido Duque, hombre de buen talante y especiales facultades en el campo de los negocios “difíciles” y de “alto riesgo”.

El Marquez y el Duque formaron un formidable dúo operativo con “filling” aristocrático, capaz de encantar cualquier serpiente, incluso hospedad en el Palacio Nacional. Los dos tenían muchos recursos y buena “clase” para lograrlo.

Comenzaron por conquistar  sucesivamente el corazón de dos embajadores colombianos ya reemplazados, hasta ganarse a continuación la confianza y la amistad del “meritísimo” masacrador General Mario Montoya, catapultado de la jefatura del ejército colombiano a  dirigir los programas caribeños de la tristemente famosa “seguridad democrática” bajo tutela del Mossad y la CIA, así como otros capítulos y negocios secretos de corte oficial y personal, incluido el lavado de 100 millones de dólares sucios de su peculiar peculio invertidos recientemente aquí.

Montoya los conectó y asoció al Jefe de la Policía criolla de nombre Guillermo Guzmán y Fermín, que a su vez logró que el Presidente dominicano colocara a su socio  (General Mateo Rosado)  en la Dirección Nacional Antidroga (DNCD). La previa bendición del Presidente a Del Tiempo ayudó a cuadrar armónicamente las piezas clave de esa nueva “familia” colombo-dominicano-española.

Así las cosas, el Márquez Arturo, rebosante de alegría, pudo pasearse por mares, puertos y aeropuertos de esta isla a sus anchas; acompañado de elegantes  furgones repletos de euros y polvo blanco, los cuales entraban y salían como en casa propia con la simple majestad de su rúbrica y las señales “inteligentes” de sus socios criollos.

El triángulo resultaba perfecto: Colombia-Dominicana-España.

El éxito de sus grandes negocios ameritaba sellarlo con un símbolo a la altura de sus hábiles protagonistas.

Entonces pusieron en marcha la construcción de  la majestuosa Torre Atiemar, correspondiente a la vez a las siglas de su nombre de alcurnia y a la abreviatura de la deslumbrante amalgama de componentes naturales apreciables   desde su altura majestuosa: aire, tierra y mar… hermosos atributos de esta espléndida isla caribeña que tanto ha impactado a todo tipo de conquistadores

El picazo inaugural no lo debía dar ningún otro que no fuera el Jefe de Estado de tan “productiva” y hermosa nación, que gustoso clavó la punta afilada de ese noble instrumento de trabajo en el centro del solar donde ser erguiría tan formidable inversión. “¡E pa´lante que vamos!”, exclamó eufórico el presidente Fernández con ínfulas de monarca.

Hasta ahí todo iba de maravillas en el país de las maravillas: los socios criollos y colombianos del emprendedor empresario español estaban de risitas. ¡Impecable asociación por el progreso!

El problema vino cuando el Márquez Del Tiempo tuvo el contra-tiempo en Barcelona con aquel desgraciado furgón de 1,200 kilos de polvo talco procedente de las minas colombianas vía República Dominicana.

Entonces todo lo callado comenzó a salir a la superficie.

El Marquez no era Marquez.

El Duque no era Duque.

El Embajador no era solo embajador, sino algo más.

Montoya no era solo un criminal, sino mucho más

Guzmán Fermín no era solo un  matoncito.

Rosado era más bien gris.

La Torre era una gran lavandería y la Casa de Cambio “La Piedra” también, ambas propiedad de los Del Tiempo y cuidadas por el cirujano Juancho Estévez, jefe de la seguridad de Guzmán Fermín.

El picazo fue una especie de licencia para lavar.

Entonces, destapado el guiso, urgía callar la indiscreción proveniente de ultramar.

Montar en grande y trivializar la tragicomedia Agosto-Sobeida.

Silenciar el eco marino de Atiemar.

Aquietar el fantasma ibérico.

 

Ponerlo a dormir lo más posible.

Y ciertamente sigue durmiendo, pero con el agravante de que los fantasma no mueren.

Tarde o temprano despiertan, sobre todo cuando sus deudos dejan de mandar.

Solo pensarlo así –y es difícil es no hacerlo- es para que ciertos “cirujanos” y su presidente duerman intranquilos, sumamente intranquilos, preocupados en amarrar fuertemente al camastro, más allá de 2012,  al fantasma durmiente, que a diferencia de Gasparín no tiene nada de amistoso.

 

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