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“Mira mi pinta, mira mi flow…”

A propósito de los spots del Despacho de la Primera Dama y  del banco comercial privado que les comenté en mi artículo anterior tal vez valdría la pena preguntarnos, ¿cuáles son los valores del éxito individual en nuestro país? Los exitosos los vemos a cada momento en los medios de prensa. El político que llegó al poder y de la noche a la mañana se convirtió en una figura de primer orden con mucho dinero, mujeres espectaculares, mansiones en la ciudad y centros turísticos, vehículos de lujo, etc. El narcotraficante que al igual que el político logra notoriedad social. El deportista que usualmente, al igual que el político y el narcotraficante viene de sectores humildes. En la mujer, el valor del éxito que se vende en los medios masivos es la belleza física, no el trabajo ni el estudio. La belleza que atrae a políticos, narcotraficantes y peloteros.

Quiere decir que los valores del éxito están asociados al tráfico de influencia, la corrupción, el robo, el crimen organizado muchas veces desde los estamentos policiales  y militares, el músculo y la belleza física que se vende en campañas publicitarias, concursos de belleza, la televisión y el cine.

Me refiero al individuo, no al ciudadano, porque entre uno y otro hay una gran diferencia. El individuo piensa y actúa en función de sí mismo, el ciudadano piensa y actúa colectivamente. Este es un país de individuos, no de ciudadanos. Si usted tiene un problema de transporte compre un carro, si tiene apagones, hágase de una planta o un inversor, si necesita educación para sus hijos inscríbalos en un colegio, si precisa seguridad búsquese un guardia privado. Mientras los demás países marchan hacia la socialización, el nuestro hacia la individualización.

El spots del banco comercial privado muestra valores. El primero es un narco traficante que exhibe con orgullo todo cuanto ha logrado a los muchachos del barrio donde se forjó; el segundo es un jugador de béisbol. En la práctica deportiva la bola llega hasta donde el narco que la tiene en las manos. El jugador la pide. El narco juega con ella, luego la lanza y de un solo disparo la destroza. Le pide que deje el deporte y que lo siga: “Mira mi pinta, mira mi flow”, le dice mostrando su ropa, sus cadenas, su poder. Le  pide que deje la pelota: “Eso no deja”, le comenta. Un chasquido sirve para que se abra la puerta de una lujosa jeepeta donde hay una hermosa mujer. El narco le regala la pistola con la que destruyó la pelota. El deportista lanza  el arma y con su bate la vuelve añicos. Y le dice: “Eso no es lo mío primo, lo mío es la pelota”. Y se marcha, con tan buena suerte que luego es firmado por un equipo de Estados Unidos, según una nota que fin al comercial. “¡Bien por ti!” habría que decirle al muchacho que rechazó las drogas y siguió el deporte.

Ahora bien, ¿cuáles son los ejemplos del éxito? Para uno el crimen, para el otro el deporte. El primero tal vez termine preso o muerto, el segundo es posible que acabe en un suburbio de Nueva York lavando platos porque no estudió. Su vida la dedicó al juego de pelota. Y nada más. No salió, como en Estados Unidos y otros países desarrollados, de una universidad. Ocurre que la mayoría de los muchachos dominicanos que practican béisbol no llegan a las Grandes Ligas.  No pasan de las Ligas Menores. Alrededor del 4% de los que practican béisbol, si mal no recuerdo, llegan a las Mayores. Eso es, de cada cien, cuatro. Ese es un drama doloroso con una secuela social indeseada.

Los paradigmas del éxito personal y social tienen que ser otros, como el estudio, el trabajo, la ciencia y la tecnología, el deporte amateur en las escuelas y universidades, etc.  Hay que mostrar otros paradigmas y estereotipos en los medios de comunicación. Yo quiero que mis hijos vean los ejemplos de Juan Pablo Duarte y los Trinitarios, de los integrantes de La Raza Inmortal del 14 de Junio, de los combatientes de la guerra Patria de Abril del 65. Quiero que sigan los ejemplos de trabajo, de estudio, de sacrificio y vocación de servicio de  tantos y tantas que trabajan y luchan por un país mejor.

Para lograrlo necesitamos un modelo de sociedad distinta a la que tenemos, que promueve los mores valores de la humanidad. Y para lograrlo precisamos de una revolución que no le niegue al pueblo su derecho a una educación digna que sirva al progreso y al desarrollo.

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