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Un rescate sin precedentes

Por:  |  Fecha: mayo 8, 2017  3:34 PM |  En:  Enfoques,

En su edición del pasado miércoles, “El Día” publicó una breve recreación de episodio registrado en octubre del 2005. Para entonces convocados de urgencia y sin conocimiento del motivo ni el tema a tratar, a hora temprana de la noche, un muy reducido grupo de periodistas nos encontramos en el piso ejecutivo de la torre del Banco del Progreso. No éramos más de media docena. En mi caso, mediaba una vinculación más estrecha que el resto por mi larga asociación de trabajo con el grupo Vicini, principales accionistas de la entidad, pese a lo cual era tan ignorante como el resto de mis compañeros de la razón la intempestiva reunión.

Fue corta la espera. Sentados en un ala de la amplia mesa de conferencias, frente a nosotros lo hicieron varios de los principales directores del banco. Después de un breve intercambio de saludos, en un claro ambiente de tensión, Roberto Bonetti tomó la palabra. Con aire preocupado fue directo al grano para informarnos que habían descubierto un fraude de grandes proporciones llevado a cabo por Pedro Castillo, quien hasta ese momento fungía como presidente ejecutivo de la entidad y gozaba de la absoluta confianza del grupo. En principio, el monto se estimaba en unos doce mil millones de pesos. Con mayor detalle y precisión, un arqueo posterior elevó la cifra a más de catorce mil.

La información nos tomó de sorpresa. Todo apuntaba a que también a los propios directores. Sus rostros mostraban alternativamente ira y preocupación. Rafael Perelló estalló indignado. Con voz trémula, recordó los muchos años de trabajo que su familia había dedicado para levantar su firma cafetalera y hacer fortuna, que quedaba seriamente afectada por el inmenso hoyo provocado por la actuación de Castillo.

Las circunstancias por las que atravesaba en ese momento el sector financiero eran extremadamente difíciles. La quiebra de varios bancos, en especial el Intercontinental, no solo había reclamado el fuerte apoyo financiero del Banco Central sino colocado en la picota pública la credibilidad en la solvencia y confiabilidad de la banca dominicana. Consciente de ello, el propio Bonetti señaló que una nueva y posible quiebra, en este caso la del banco, podía convertirse en el golpe definitivo que hiciera colapsar el sector.

Terminada su exposición, Bonetti se dirigió a los periodistas reunidos para recabar su opinión sobre la mejor forma de presentar a la opinión pública la situación generada en el banco, de tal manera que no se originara una situación de pánico. Cuando me llegó el turno expuse que la mejor credencial que podía exhibir la entidad era precisamente la reconocida solvencia de sus directores. La gente sabía que no se trataba de improvisados ni aventureros, sino de hombres de negocios de larga data y sólido prestigio. Sus nombres y fortunas, asociados a una larga y exitosa trayectoria empresarial de tradición familiar, era en ese momento el más importante activo del banco que les serviría de escudo para mantenerlos a cubierto de toda sospecha de posible complicidad en los manejos dolosos de Castillo, y sobre todo, para impedir el desplome de la institución,

Juan Vicini, entonces Vocal del Consejo de Administración y quien posteriormente, asumiría su Presidencia, puso fin a la reunión con una nota de aliento. Con acento enfático afirmó que su familia no iba a permitir la quiebra del banco y la posibilidad de que con ello colapsara el ya debilitado sistema financiero.

Promesa y acción. Al día siguiente, el patriarca de la familia movía sus relaciones bancarias en el campo internacional en busca del multimillonario financiamiento para tapar el gigantesco hoyo dejado por la turbia gestión de Castillo. El prestigio personal y empresarial de Gianni Vicini había trascendido las fronteras insulares desde mucho antes. Fue el mejor aval para lograr en pocos días reunir la cantidad requerida. Los demás directores brindaron también su apoyo. La prensa también contribuyó al tratar la situación con gran profesionalidad y sensatez, al margen de todo sensacionalismo.

El argumento de que la confianza en una empresa, en este caso el banco, depende de la que se tenga en la de quienes lo dirigen y sustentan, demostró ser válido, sobre todo en países pequeños donde todos prácticamente se conocen. Con posterioridad, ya en fase de restablecer y apuntalar la imagen pública, la firma New Link contratada con ese propósito, montó una campaña publicitaria basada en ese mismo criterio, la cual resultó ser muy efectiva.

En los días subsiguientes, fueron surgiendo nuevas evidencias de la forma en que se había desarrollado el fraude y su magnitud. Pedro Castillo no solo había hecho un uso personal dispendioso de los recursos de la institución, sino que había montado todo un vasto mecanismo de encubrimiento de los fondos, mediante la creación de decenas de compañías “fantasma” en Panamá.

Castillo había establecido a lo interno del banco un amplio sistema de video y audio que le permitía mantener un control absoluto del manejo y las operaciones de los distintos departamentos. Paradójicamente, al final, terminó siendo víctima del mismo. En sesión privada que se extendió por más dos horas, tuvimos ocasión de contemplar escenas claramente incriminatorias en las que, al parecer por descuido o exceso de confianza, se había olvidado de desconectar el sistema y de que estaba siendo filmado y grabado. En una de ellas, ya en fase de investigación, aparecía en el parqueo soterrado del edificio dirigiéndose a su vehículo con libros y expedientes del banco que estaba sustrayendo. Estas fílmicas formaron luego parte del abrumador fardo acusatorio de pruebas presentado en el juicio donde Castillo fue condenado a diez años de prisión.

De entonces a la fecha, han transcurrido doce años, durante los cuales se ha ido disipando en el tiempo el amargo recuerdo de una situación que pudo haber resultado catastrófica para el sector financiero, provocada por la desbordada codicia y el abuso de confianza de quien se amparó en la que con tanta largueza se le había dispensado para llevar a cabo sus escandalosas fechorías. Para los directores, ejecutivos y personal del banco han sido de trabajo intenso retribuido por el importante logro de haberlo mantenido entre las entidades bancarias más confiables del país.

Este martes, después del feriado del Día del Trabajo, en un hotel de la capital, la administración del Banco Progreso convocó a un almuerzo a un grupo de periodistas para hacer de conocimiento mediático los resultados registrados durante el pasado año. Los balances presentados por dos de sus principales ejecutivos muestran un crecimiento significativo en todos los indicadores que sirven para calibrar el éxito de una entidad bancaria, así como la elevada calificación de riesgo otorgada al Progreso por reconocidas agencias internacionales.

Pero la información de mayor relevancia la sirvió al final de la exposición, su presidente ejecutivo Mark Silverman, una de las figuras claves en el eficiente manejo operativo del banco, al anunciar la total recuperación del monto del gigantesco fraude perpetrado por Castillo. A la importancia del logro obtenido en un tiempo inferior al previsto, se sumó además el hecho de que por vez primera desde entonces, los accionistas iban a percibir dividendos por el capital invertido. Con justificada satisfacción, aprovechó la ocasión para expresar “no pretendemos ser el mayor banco pero si el mejor”. Quizás en esas breves palabras figura resumida la filosofía de trabajo que distingue a la entidad.

Al cabo de todo este tiempo, tengo la impresión de que nunca ha sido suficientemente ponderada la labor de rescate del Banco del Progreso. Sin tocar a las puertas del Banco Central en reclamo de auxilio y sin depender de ayuda oficial, los directores del mismo asumieron la inesperada situación a la que debieron enfrentarse con gran sentido de responsabilidad. En juego pusieron sus nombres, su prestigio empresarial y sus fortunas. Pero en ningún momento el banco dejó de operar. No se produjo la tan temida “corrida”, ni retiros masivos de fondos. Ninguno de sus depositantes vio sus fondos afectados. Ni se registró deserción de accionistas ni de empleados temerosos de perder sus empleos. Para el Progreso ha sido una jornada larga, en extremo trabajosa y de gran derroche de coraje pero afortunadamente culminada por un final feliz.

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