Santo Domingo.– Tras salir a la luz pública los detalles de cómo, supuestamente, los encartados en el caso Senasa drenaban las arcas del Estado a costa de la salud de miles de afiliados al seguro, nos damos cuenta de que la ambición no tiene límites y de que no importa la crueldad en la que se incurra; lo principal es llenar ese vacío que solo produce el apego al dinero y a lo material.

Lo aprendido nos indica que el camino a seguir debe ser someter a la justicia no solo al corrupto (el funcionario) sino también a los corruptores (empresarios): aquellos que, como aves carroñeras, intentan desangrar las instituciones públicas robando y lavando el dinero público. 

Lo ideal es que también aquel que pretendiese meter sus manos en las arcas del Estado y sea descubierto, sea sometido a la justicia, así como los cómplices por omisión; pues el mirar hacia otro lado y actuar con pusilanimidad ante el robo descarado debe tener consecuencias.

Pero, adivinen: no hay controles, y si los hay, están evitando poco o denunciando cuando el daño ya está hecho. Cuando se trata del dinero de los contribuyentes, no vale «poner candado» después de que roban.


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