La guerra se libra en un terreno tecnológico con sistemas de defensa aérea interceptando misiles, prolongando el conflicto sin una victoria decisiva inmediata.
Las guerras del siglo XXI tienen una característica inquietante: comienzan con objetivos limitados y terminan convirtiéndose en conflictos de duración imprevisible.
La pregunta que empieza a surgir en muchos círculos diplomáticos y estratégicos es inevitable: ¿la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán puede transformarse en otra guerra larga del Medio Oriente?
Los acontecimientos recientes muestran una escalada peligrosa.
El nuevo líder supremo iraní ha declarado que el estrecho de Ormuz debería permanecer cerrado, una afirmación que, si se materializara, equivaldría a un terremoto económico mundial. Por ese paso marítimo circula una parte crucial del petróleo del planeta.
Cerrar Ormuz significaría paralizar una de las arterias energéticas más importantes de la economía global.
Al mismo tiempo, Irán ha advertido que continuará atacando bases militares estadounidenses en la región mientras duren los bombardeos.
Washington, por su parte, ha respondido con un mensaje igualmente contundente.
El presidente Donald Trump ha declarado que Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, lo que significa que un aumento del precio del petróleo no afecta a la economía estadounidense de la misma manera que a otras economías más dependientes de las importaciones energéticas.
Pero el centro de su discurso no es económico, sino estratégico.
Trump afirma que su prioridad absoluta es impedir que Irán se convierta en una potencia nuclear. En sus palabras, se trata de evitar que lo que llama un “imperio maligno” adquiera armas nucleares capaces de desestabilizar Medio Oriente y, eventualmente, el mundo.
Ese lenguaje recuerda inevitablemente el tono de otras épocas de confrontación ideológica, cuando las grandes potencias definían a sus adversarios como amenazas existenciales.
Mientras tanto, sobre el terreno militar se desarrolla una guerra de alta tecnología.
Informes estratégicos indican que Irán ha intentado debilitar los sistemas de defensa aérea estadounidenses y de sus aliados en el Golfo mediante ataques contra radares y sistemas de detección.
El objetivo iraní habría sido abrir brechas que permitieran penetrar las defensas con misiles balísticos y drones.
Sin embargo, hasta ahora esos esfuerzos no han logrado alterar de manera decisiva la eficacia de los sistemas defensivos.
En los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, la mayoría de los misiles lanzados han sido interceptados por sistemas como el THAAD y otras plataformas de defensa aérea. Las tasas de interceptación se mantienen extraordinariamente altas.
Esto significa que la guerra se está librando en un terreno tecnológico donde la capacidad de defensa y la capacidad de saturación se enfrentan continuamente.
Irán intenta lanzar más misiles y drones para saturar las defensas.
Estados Unidos y sus aliados utilizan sistemas cada vez más sofisticados para interceptarlos.
Este tipo de dinámica puede prolongar un conflicto durante mucho tiempo.
Ninguna de las partes logra una victoria decisiva inmediata, pero ninguna tampoco se siente derrotada.
En ese escenario aparece el verdadero riesgo.
Las guerras prolongadas suelen surgir cuando los objetivos políticos de los actores se vuelven incompatibles.
Para Washington, el objetivo es impedir definitivamente que Irán desarrolle armas nucleares y reducir su capacidad militar.
Para Teherán, el objetivo es resistir y demostrar que puede desafiar el poder estadounidense sin que el régimen colapse.
Mientras esos objetivos sigan siendo irreconciliables, el conflicto puede transformarse en una guerra de desgaste.
Y la historia reciente ofrece precedentes inquietantes.
Las guerras de Afganistán e Irak comenzaron con operaciones militares rápidas y objetivos aparentemente claros. Con el tiempo, se transformaron en conflictos largos, costosos y difíciles de cerrar.
Por ahora, la Casa Blanca insiste en que esta guerra será breve y limitada.
Pero la historia enseña que las guerras rara vez obedecen completamente a los planes con los que comienzan.
Por eso, la pregunta que hoy recorre los despachos diplomáticos, los mercados financieros y las capitales del mundo es cada vez más inquietante:
¿Estamos ante una operación militar limitada… o ante el comienzo de otra guerra larga en el corazón del Medio Oriente?
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