El Gobierno tiene guerra con los precios del combustible, tensión con las finanzas públicas y un ojo puesto en Irán.

Y alguien, en medio de todo eso, decidió que era buen momento para meterse con las recetas médicas. La nueva “reforma” obligaría a prescribir solo genéricos. Sin marcas. Sin criterio clínico del médico.

Los médicos, las ARS, los fabricantes y los visitadores médicos ya están afilando los cuchillos. Un frente innecesario, abierto en el peor momento posible.

¿La creatividad gubernamental no descansa ni cuando el país está en modo emergencia?

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