“La República Dominicana debe mirar este proceso con ojos de Estado. No para imitar aventuras militares de las grandes potencias, sino para comprender que la seguridad nacional del futuro incluirá ciberseguridad, protección de datos, infraestructura crítica, defensa de redes eléctricas, puertos, aeropuertos, bancos, sistemas de salud y comunicaciones.”

El presidente Donald Trump, superando los hábitos, las cautelas y la lentitud de la burocracia tradicional de Washington, firmó el 5 de junio de 2026 una directiva que podría ser recordada algún día como uno de los documentos estratégicos más importantes de comienzos del siglo XXI.

Con una sola firma, la inteligencia artificial dejó de ser únicamente una herramienta de laboratorios, universidades y empresas tecnológicas para convertirse oficialmente en parte integrante del sistema de defensa, inteligencia y seguridad nacional de los Estados Unidos.

No se trata simplemente de un memorando administrativo. Se trata de la entrada formal de la inteligencia artificial en el núcleo mismo del poder estratégico norteamericano.

Desde ahora, los algoritmos, los modelos avanzados de aprendizaje automático y las plataformas de procesamiento masivo de datos estarán llamados a participar en la protección de las fronteras, en el análisis de inteligencia, en la planificación militar y en la toma de decisiones que pueden determinar la paz, la guerra y el equilibrio internacional durante las próximas décadas.

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La Casa Blanca presentó el documento como una directiva histórica destinada a colocar los sistemas de inteligencia artificial más avanzados, seguros y confiables en manos de los combatientes estadounidenses y de los profesionales de inteligencia, preservando al mismo tiempo líneas claras de responsabilidad dentro de la cadena constitucional de mando.

La frase es importante porque revela la doble ambición del texto: acelerar el uso militar e inteligencia de la IA, pero evitar que la máquina aparezca como una autoridad sin rostro, capaz de desplazar la responsabilidad humana.

En el lenguaje oficial, el gobierno afirma que los sistemas deberán ser robustos, dirigibles, controlables y confiables.

En el lenguaje de la historia, esto significa que Washington reconoce que el poder técnico solo puede ser legítimo si permanece sometido a una autoridad política reconocible.

El memorando, identificado como NSPM-11, declara que la inteligencia artificial será una de las tecnologías más transformadoras para la seguridad nacional en la historia de los Estados Unidos.

Sostiene que, usada apropiadamente, podrá proteger a los soldados, permitir operaciones más precisas, reducir daños a civiles y mantener la superioridad tecnológica frente a adversarios y competidores estratégicos.

Esa promesa resume el rostro luminoso de la nueva era: máquinas que calculan con velocidad imposible para el ser humano, sistemas que detectan amenazas antes de que se materialicen, modelos que procesan océanos de información y ayudan a decidir en minutos lo que antes exigía semanas de análisis.

Pero toda promesa de precisión en la guerra trae consigo una sombra moral.

Desde la pólvora hasta el dron, desde el radar hasta el satélite, cada adelanto militar ha sido presentado como una forma de hacer la guerra más exacta, más breve y menos cruel.

Sin embargo, la historia enseña que la técnica no elimina la tragedia; apenas cambia su forma.

La inteligencia artificial puede ayudar a distinguir un objetivo legítimo de una multitud inocente, pero también puede acelerar la decisión hasta el punto de convertir la deliberación moral en un trámite.

Ahí está el drama verdadero: que el hombre conserve el mando cuando la máquina parezca saber más, ver más lejos y responder más rápido.

Por eso uno de los puntos centrales del memorando es la insistencia en la cadena de mando.

El documento afirma que la confianza en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos se funda en una cadena ininterrumpida de responsabilidad que va desde el proceso democrático, pasa por el liderazgo civil y militar, y llega hasta quienes ejecutan la misión.

Esa formulación no es accidental. Es una respuesta anticipada a la pregunta que perseguirá a todas las democracias tecnológicas del siglo XXI: ¿quién responde cuando una decisión tomada con ayuda de inteligencia artificial produce una muerte, un error de inteligencia, una vigilancia indebida o una escalada internacional?

Trump intenta resolver esa pregunta afirmando que comandantes, directores y jefes de agencias seguirán siendo responsables de que la IA respete la ley, las libertades civiles, la privacidad y las garantías constitucionales.

También establece que las tecnologías de IA de uso nacional no serán desarrolladas ni empleadas para censurar la libertad de expresión, incrustar sesgos ideológicos o realizar vigilancia no autorizada o ilegal contra ciudadanos estadounidenses.

Es una declaración política de gran peso, sobre todo porque nace en un momento en que el debate sobre inteligencia artificial ya no gira solo en torno a eficiencia, sino también en torno a control, manipulación, vigilancia, dependencia tecnológica y soberanía.

La directiva marca además una ruptura explícita con la política de la administración Biden.

La Casa Blanca afirma que el nuevo memorando rescinde y reemplaza el NSM-25 de la era Obama-Biden, al que acusa de haber impuesto cargas burocráticas, mandatos ideológicos y dependencias peligrosas de un solo proveedor.

Más allá de la retórica partidaria, el punto revela una preocupación estratégica real: ningún Estado que aspire a conservar supremacía militar puede depender de una sola empresa, de una sola nube, de un solo modelo o de una sola arquitectura tecnológica.

En la era de la inteligencia artificial, la dependencia de proveedor puede convertirse en una vulnerabilidad tan grave como la falta de municiones, petróleo, satélites o semiconductores.

Por eso el memorando ordena acelerar la incorporación de modelos avanzados de múltiples proveedores, adaptar tecnologías comerciales y de código abierto para usos de misión, construir instalaciones de computación de alta seguridad, crear rangos de prueba para casos de seguridad nacional y establecer alianzas con empresas privadas dispuestas a proteger las tecnologías de frontera frente a amenazas globales.

El texto menciona incluso la necesidad de impedir que una entidad comercial o adversaria pueda desactivar, degradar o modificar sin aprobación federal un sistema de IA del cual dependan los combatientes estadounidenses.

En esa frase se esconde una de las grandes inquietudes del nuevo siglo: el soldado del futuro podría depender no solo de su arma, su entrenamiento y su comandante, sino también de una infraestructura invisible alojada en centros de datos, contratos privados y cadenas de suministro digitales.

La guerra, que alguna vez se decidió en el barro de las trincheras, en el puente de un barco o en la pista de un aeródromo, se desplaza ahora hacia otro territorio: chips, modelos, nubes clasificadas, centros de datos, electricidad, refrigeración, ciberseguridad y talento matemático.

El memorando lo reconoce cuando habla de una hoja de ruta para garantizar recursos avanzados de computación, instalaciones con altos requisitos de seguridad y una reserva estratégica nacional de expertos no gubernamentales en inteligencia artificial.

La nueva movilización nacional ya no convoca únicamente a soldados, ingenieros de puentes o fabricantes de tanques. Convoca también a programadores, científicos de datos, especialistas en seguridad, diseñadores de modelos y empresas que hasta ayer parecían vivir en el mundo civil de la innovación y el consumo.

Este es quizás el giro más profundo: la frontera entre Silicon Valley y el Pentágono, entre la empresa tecnológica y la seguridad nacional, entre el laboratorio privado y la misión estatal, se vuelve cada vez más porosa.

El memorando llama a trabajar estrechamente con el sector privado y la academia para asegurar que el mejor talento técnico esté disponible para la empresa de seguridad nacional.

La inteligencia artificial, como antes la energía nuclear, los cohetes, internet y los satélites, vuelve a confirmar una lección conocida: las grandes revoluciones tecnológicas nacen muchas veces en la intersección entre ciencia, mercado, Estado y guerra.

El documento también anuncia una actualización de la directiva sobre autonomía en sistemas de armas, conocida como DOD Directive 3000.09, dentro de un plazo de noventa días, y exige revisiones anuales para mantenerse al ritmo de la frontera tecnológica.

Este punto merece atención especial.

La autonomía en armas no es un asunto técnico más; es el núcleo de la discusión ética sobre si una máquina puede seleccionar, recomendar o participar en decisiones letales.

Aunque el memorando insiste en la cadena de mando y en la responsabilidad humana, la velocidad del campo de batalla moderno presionará siempre hacia mayores niveles de automatización.

La historia enseña que lo que primero se autoriza como asistencia termina muchas veces convertido en hábito operativo.

La directiva se inserta, además, en una política más amplia de dominación tecnológica.

La Casa Blanca recuerda que en julio de 2025 Trump publicó un Plan de Acción de IA basado en tres pilares: acelerar la innovación, construir infraestructura estadounidense de inteligencia artificial y liderar la diplomacia internacional en la materia.

También menciona una orden ejecutiva de julio de 2025 contra modelos federales con sesgos ideológicos o agendas sociales, un marco legislativo presentado en 2026 y acuerdos del Departamento de Defensa con ocho empresas líderes de IA para desplegar capacidades en redes clasificadas.

El hilo conductor es claro: Estados Unidos quiere que la frontera de esta tecnología se construya en su territorio, bajo su influencia, con sus empresas, sus reglas y su aparato de seguridad.

El mundo debe leer esta decisión con serenidad, pero sin ingenuidad.

Cuando la principal potencia militar del planeta decide convertir la inteligencia artificial en parte orgánica de su defensa y de su inteligencia, todos los demás actores toman nota.

China, Rusia, Europa, India, Israel, Irán y las potencias intermedias no observarán este movimiento como un simple documento administrativo.

Lo verán como una señal de carrera estratégica.

Así como el siglo XX tuvo carrera nuclear, carrera espacial y carrera de misiles, el siglo XXI está entrando en una carrera por el dominio de la inteligencia artificial aplicada a la guerra, la inteligencia, la vigilancia, la logística, la propaganda, la ciberdefensa y la diplomacia coercitiva.

Para América Latina y el Caribe, el asunto parece lejano, pero no lo es.

Las grandes decisiones tecnológicas de Washington, Pekín y Bruselas terminan definiendo los estándares, las dependencias, los mercados, los sistemas de vigilancia, las capacidades de defensa y hasta las posibilidades de desarrollo de nuestros países.

Quien no tenga infraestructura digital propia, educación técnica sólida, energía suficiente, datos protegidos, legislación moderna y pensamiento estratégico terminará comprando soberanía en cuotas, como antes compraba armas, petróleo o deuda.

La inteligencia artificial no será solamente una herramienta de productividad; será una forma de poder.

República Dominicana

La República Dominicana debe mirar este proceso con ojos de Estado. No para imitar aventuras militares de las grandes potencias, sino para comprender que la seguridad nacional del futuro incluirá ciberseguridad, protección de datos, infraestructura crítica, defensa de redes eléctricas, puertos, aeropuertos, bancos, sistemas de salud y comunicaciones.

La IA puede ayudar a prevenir desastres, combatir crimen organizado, mejorar inteligencia financiera y proteger fronteras. Pero también puede ser usada para manipular opinión pública, penetrar instituciones, falsificar documentos, crear campañas de desinformación o someter economías pequeñas a plataformas extranjeras.

El memorando de Trump proclama que la inteligencia artificial debe servir a los combatientes estadounidenses y a los valores constitucionales de su país.

Esa es la formulación nacional de una pregunta universal: ¿cómo poner una tecnología inmensa al servicio del hombre sin entregar al algoritmo la conciencia, la libertad y la responsabilidad?

La respuesta no está escrita todavía. Se escribirá en normas, contratos, presupuestos, batallas, errores, auditorías, escándalos y decisiones de mando. Y también se escribirá en la capacidad de cada nación para defender su dignidad tecnológica.

Al final, la inteligencia artificial en la seguridad nacional no anuncia solamente un cambio de herramientas. Anuncia un cambio de civilización. El poder ya no se medirá únicamente por portaaviones, divisiones blindadas, bases militares o arsenales nucleares, sino por la capacidad de entrenar modelos, proteger datos, alimentar centros de cómputo, atraer talento y mantener el control humano sobre sistemas que aprenden, recomiendan y actúan a velocidades superiores a las nuestras.

El peligro no es que la máquina piense; el peligro es que el hombre renuncie a pensar porque la máquina responde primero.

La lección diplomática es sencilla y severa: ningún país pequeño puede darse el lujo de mirar esta revolución como espectáculo ajeno.

La estabilidad del siglo XXI no se importará en cajas cerradas ni vendrá garantizada por plataformas extranjeras.

Habrá que fabricarla con educación, instituciones, energía, legislación, ética pública y visión de largo plazo.

Porque en la era de la inteligencia artificial, como en todas las grandes encrucijadas de la historia, la soberanía no se declama: se construye.

Fuentes consultadas:

Casa Blanca, “Fact Sheet: President Donald J. Trump Signs Historic Directive on AI in the National Security Enterprise”, 5 de junio de 2026.

Casa Blanca, “National Security Presidential Memorandum/NSPM-11”, 5 de junio de 2026.