Durante décadas las grandes fortunas del mundo estuvieron asociadas al petróleo, los automóviles, los ferrocarriles, la electricidad, las telecomunicaciones o Internet.
Cada revolución tecnológica creó sus propios gigantes y transformó la economía mundial.
Sin embargo, pocas veces en la historia moderna se había visto una carrera tan vertiginosa como la que hoy protagonizan OpenAI y Anthropic.
En cuestión de meses, ambas empresas han alcanzado valoraciones que hace apenas unos años parecían reservadas a las mayores corporaciones del planeta.
Más importante aún: están compitiendo por algo mucho más trascendental que las ganancias empresariales.
Están compitiendo por convertirse en la infraestructura intelectual del siglo XXI.
La noticia que sacudió a Wall Street a finales de mayo fue el anuncio de Anthropic de una nueva ronda de financiación por 65 mil millones de dólares que elevó su valoración a 965 mil millones de dólares.
Con ello, la empresa fundada por Dario Amodei superó temporalmente a OpenAI, cuya valoración posterior a su última ronda de inversión había alcanzado 852 mil millones de dólares en marzo de este año.
La velocidad del ascenso resulta casi tan impresionante como las cifras.
Apenas en febrero de 2026 Anthropic estaba valorada en 380 mil millones de dólares.
En pocos meses su valor se multiplicó más de dos veces, una señal de la extraordinaria confianza que los mercados financieros están depositando en el futuro de la inteligencia artificial.
Según informó Reuters, la empresa anunció además que sus ingresos anualizados superaron los 47 mil millones de dólares, impulsados principalmente por la creciente adopción empresarial de Claude y de sus herramientas de programación avanzadas.
Lo ocurrido recuerda algunos episodios históricos del capitalismo norteamericano.
A finales del siglo XIX fueron los ferrocarriles los que absorbieron cantidades gigantescas de capital.
A comienzos del siglo XX fueron la electricidad y el automóvil.
Después llegaron la aviación, la energía nuclear, los semiconductores e Internet.
Cada una de esas revoluciones generó empresas capaces de alterar el equilibrio económico mundial.
Hoy la inteligencia artificial parece estar siguiendo el mismo camino, aunque a una velocidad mucho mayor. Lo que antes tomaba décadas ahora ocurre en cuestión de años o incluso meses.
El ascenso de Anthropic tiene una explicación concreta.
Mientras OpenAI concentró inicialmente sus esfuerzos en popularizar ChatGPT entre cientos de millones de usuarios, Anthropic apostó con fuerza por el mercado profesional. Claude Code, su plataforma especializada para programación y desarrollo de software, se convirtió rápidamente en una herramienta apreciada por empresas tecnológicas, desarrolladores y grandes organizaciones.
En lugar de buscar únicamente la atención del público general, la empresa construyó una posición privilegiada en sectores donde la productividad y la automatización tienen un valor económico directo. Los inversionistas han premiado esa estrategia.
La siguiente señal llegó apenas unos días después.
Reuters informó que Anthropic presentó confidencialmente la documentación necesaria para una oferta pública inicial de acciones en Estados Unidos.
El movimiento la coloca por delante de OpenAI en la carrera por los mercados bursátiles.
La decisión tiene una lógica poderosa.
Entrenar modelos cada vez más sofisticados exige cantidades colosales de computación, energía, centros de datos y talento especializado.
Ninguna empresa puede sostener indefinidamente semejante ritmo de expansión dependiendo exclusivamente del capital privado.
Llegará un momento en que los mercados públicos deberán financiar una parte creciente de esa infraestructura.
Pero si Anthropic avanzó primero hacia Wall Street, OpenAI respondió con una maniobra de enorme alcance estratégico.
Según reveló el Financial Times y confirmó Reuters, la empresa dirigida por Sam Altman prepara la mayor transformación de ChatGPT desde su lanzamiento.
El objetivo es convertirlo en una auténtica “superapp”, una plataforma capaz de integrar conversación, programación, generación de imágenes, agentes autónomos y servicios de terceros en un único ecosistema digital.
La palabra superapp puede parecer técnica, pero encierra una ambición gigantesca. No se trata simplemente de mejorar un chatbot.
Se trata de crear una plataforma central desde la cual millones de personas trabajen, estudien, compren, programen, produzcan contenido y administren parte de su vida digital.
En otras palabras, OpenAI busca que ChatGPT deje de ser una aplicación y se convierta en una infraestructura.
El cambio revela que la competencia ha entrado en una nueva fase.
La primera etapa de la revolución de la inteligencia artificial consistió en demostrar que los modelos podían conversar, redactar y responder preguntas con una capacidad sorprendente.
La segunda etapa consiste en integrar esos modelos en los procesos económicos fundamentales.
Ya no se trata de impresionar al usuario; se trata de aumentar productividad, automatizar tareas complejas y capturar una parte creciente de la actividad económica mundial.
Detrás de esta batalla tecnológica existe además una dimensión geopolítica que no puede ignorarse.
La Directiva Trump
La administración del presidente Donald Trump acaba de firmar el memorando NSPM-11, incorporando formalmente la inteligencia artificial al corazón de la seguridad nacional estadounidense. La coincidencia temporal no es casual.
Mientras OpenAI y Anthropic compiten por atraer inversionistas y usuarios, Washington trabaja para garantizar que la frontera tecnológica permanezca bajo liderazgo norteamericano.
La inteligencia artificial ya no es únicamente un negocio. Es un componente esencial de la seguridad nacional, de la inteligencia estratégica y de la competencia global entre potencias.
Por eso resulta significativo observar quiénes participan en estas operaciones financieras. Amazon comprometió hasta 25 mil millones de dólares adicionales para Anthropic y mantiene una estrecha asociación tecnológica con la empresa.
Entre los inversionistas aparecen además nombres como Sequoia Capital, Blackstone, Brookfield, General Catalyst, Samsung, Micron y SK Hynix.
No se trata únicamente de fondos de inversión buscando rentabilidad.
Se trata de una movilización de recursos que involucra a fabricantes de chips, proveedores de infraestructura, gigantes tecnológicos y actores financieros globales.
La magnitud de las cifras empieza a acercarse a dimensiones históricas.
Algunos analistas citados por Reuters advierten que las futuras ofertas públicas de Anthropic, OpenAI y SpaceX podrían absorber volúmenes de capital capaces de alterar los mercados financieros internacionales.
El fenómeno recuerda los grandes ciclos de inversión que acompañaron la construcción de los ferrocarriles norteamericanos, la electrificación industrial o la expansión de Internet.
Cada revolución tecnológica necesita enormes cantidades de capital para materializarse. La diferencia es que ahora la escala parece aún mayor.
Mientras tanto, China observa cuidadosamente el proceso.
Europa intenta acelerar sus propios proyectos tecnológicos. India incrementa sus capacidades digitales.
Israel fortalece sus ecosistemas de innovación.
La competencia por la inteligencia artificial se está convirtiendo rápidamente en una competencia por el poder económico, militar y estratégico del siglo XXI.
Quien domine los modelos, los centros de datos, los chips avanzados y las redes de talento tendrá una ventaja comparable a la que proporcionaron en otros tiempos las flotas navales, el petróleo o las armas nucleares.
Sin embargo, el aspecto más sorprendente de esta historia no es que Anthropic haya superado temporalmente a OpenAI en valoración. Tampoco que ambas compañías estén preparándose para salir a bolsa. Lo verdaderamente extraordinario es que, por primera vez en la historia moderna, dos empresas dedicadas principalmente a la inteligencia artificial se aproximan simultáneamente al umbral simbólico del billón de dólares mientras intentan construir las herramientas que podrían reorganizar el funcionamiento de la economía mundial.
Durante mucho tiempo se pensó que la inteligencia artificial sería una tecnología más, una innovación relevante entre muchas otras. Hoy empieza a quedar claro que estamos frente a algo diferente.
Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva infraestructura de poder.
Una infraestructura invisible, alimentada por electricidad, datos, algoritmos y centros de cómputo, capaz de influir en los mercados, en los gobiernos, en las empresas y en la vida cotidiana de miles de millones de personas.
La carrera ya no consiste en construir la mejor máquina. La carrera consiste en construir el nuevo sistema nervioso de la economía global. Y quienes logren dominarlo no solamente crearán riqueza.
Ayudarán a definir el equilibrio del poder mundial durante las próximas generaciones.
Fuentes consultadas:
Reuters, “Anthropic’s valuation surges to $965 billion, surpassing OpenAI”, 28 de mayo de 2026.
Reuters, “Anthropic moves toward IPO, stepping up race with OpenAI”, 1 de junio de 2026.
Reuters, “OpenAI plans ChatGPT ‘superapp’ overhaul ahead of listing, FT reports”, 7 de junio de 2026.
Financial Times, portada y reportaje principal, 8 de junio de 2026, “OpenAI plots revamp of ChatGPT as high-value ‘superapp’ ahead of listing”.
