El PDV acaba de confirmar lo que muchos dominicanos intuyen, pero pocos se atreven a decir con claridad. La democracia no se preserva sola; se cuida, se monitorea. Y, cuando aparecen señales de deterioro, hay que actuar.
El informe Democracia Bajo Presión sitúa a la República Dominicana como un caso relevante de profundización democrática en la región. Es un reconocimiento que debemos recibir con orgullo, pero también con lucidez. Porque el mismo documento advierte algo que no podemos ignorar.
América Latina enfrenta una brecha creciente entre el respaldo ciudadano a la democracia y la satisfacción con su funcionamiento.
¿Qué significa esto? Que la gente cree que la democracia, como idea, es buena, pero desconfía de ella como práctica. Y esa distancia, si no se atiende, es el caldo de cultivo de los autoritarismos modernos, que no llegan con tanques, sino con promesas de eficiencia y orden.
El presidente Abinader dijo algo que merece reflexión: gobernar con mayoría no significa imponer. Eso es democracia adulta. Pero la democracia adulta también exige instituciones que funcionen, poderes que se equilibren y ciudadanos que participen más allá del voto.
Monitorear los riesgos no es pesimismo, es responsabilidad. Las democracias que han caído no murieron de golpe; murieron de descuido acumulado. La pregunta no es si tenemos democracia, sino si estamos cuidando lo suficiente la democracia que tenemos.
