La muerte de Alan Greenspan el 22 de junio de 2026, a los cien años de edad, parece coincidir con algo más profundo que el fallecimiento de un antiguo presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Simbólicamente, su desaparición ocurre cuando también parece concluir una larga época histórica iniciada en los años setenta, una era marcada por los shocks petroleros, las guerras de Oriente Medio, la Guerra Fría tardía, el ascenso de China y la construcción del orden económico global dominado por el dólar.
La era Volcker-Greenspan y su legado
Cuando Paul Volcker llegó a la presidencia de la Reserva Federal en 1979, heredó una economía golpeada por dos terremotos geopolíticos.
El primero había sido el embargo petrolero árabe de 1973, consecuencia de la Guerra del Yom Kippur.
El segundo fue provocado por la Revolución Islámica de Irán en 1979 y, posteriormente, por la guerra entre Irán e Irak, iniciada en 1980.
Aquellos acontecimientos dispararon los precios de la energía, alimentaron la inflación y pusieron en cuestión la estabilidad del sistema económico occidental.
La respuesta de Volcker fue brutal y efectiva. Elevó las tasas de interés a niveles sin precedentes, provocó una recesión profunda, pero logró derrotar la inflación.
Aquella decisión permitió restaurar la confianza en el dólar y sentó las bases de la expansión económica que posteriormente administraría Alan Greenspan.
Greenspan heredó una economía estabilizada.
Durante sus dieciocho años al frente de la Reserva Federal coincidió con la última fase de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética en 1991, la expansión de la globalización, la revolución informática y el extraordinario crecimiento de los mercados financieros.
Mientras la Unión Soviética desaparecía, otro actor comenzaba silenciosamente su ascenso.
La República Popular China, impulsada por las reformas iniciadas por Deng Xiaoping, se transformaba progresivamente en la gran fábrica del mundo.
Durante los años de Greenspan, millones de trabajadores chinos se incorporaron a la economía global, alterando las cadenas de suministro, reduciendo costos de producción y contribuyendo a contener las presiones inflacionarias en Occidente.
Por eso la era Volcker–Greenspan no fue solamente una etapa monetaria. Fue también el período histórico en el que se consolidó el mundo surgido después de la Segunda Guerra Mundial.
Un mundo basado en el predominio estadounidense, la hegemonía del dólar, la expansión del comercio global, la apertura de los mercados financieros y la integración progresiva de China al sistema económico internacional.
Todo ese ciclo tuvo siempre como telón de fondo a Oriente Medio.
Desde la crisis petrolera de 1973 hasta la guerra Irán-Irak; desde la Guerra del Golfo de 1991 hasta las invasiones de Afganistán e Irak; desde las tensiones nucleares iraníes hasta los conflictos contemporáneos, la energía y la geopolítica de la región condicionaron el funcionamiento del sistema económico mundial.
Oriente Medio y el nuevo reordenamiento
Resulta llamativo que precisamente ahora, cuando desaparece Greenspan, se produzca simultáneamente una tentativa de reordenamiento geopolítico en Oriente Medio.
El denominado Memorándum de Entendimiento de Islamabad, firmado, según diversas informaciones, por el presidente Donald Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian, apunta hacia una posible reducción de las tensiones que durante décadas dominaron la región.
El documento contempla el cese de hostilidades, la reapertura del estrecho de Ormuz, mecanismos de supervisión nuclear y un marco de negociación permanente entre Washington y Teherán.
Si ese acuerdo prospera, podría significar mucho más que una simple tregua regional. Podría representar el cierre definitivo del gran ciclo histórico inaugurado por la Revolución Islámica de 1979.
China, BRICS y pagos alternativos
Al mismo tiempo, el mundo observa fenómenos que sugieren el nacimiento de una nueva etapa.
China ya no es solamente la fábrica global. Es una potencia tecnológica, financiera y militar.
India emerge como nuevo centro de crecimiento.
Los países BRICS impulsan mecanismos alternativos de financiamiento y comercio.
Las monedas digitales emitidas por bancos centrales avanzan silenciosamente.
Los sistemas de pagos internacionales comienzan a diversificarse.
La inteligencia artificial transforma la producción, la administración y el conocimiento.
Las cadenas globales de suministro se reorganizan, buscando mayor seguridad estratégica.
Nada de esto implica necesariamente el fin inmediato del dólar.
La historia monetaria enseña que las monedas de reserva internacional no son sustituidas de un día para otro.
Sin embargo, sí indica que el sistema nacido en Bretton Woods y consolidado tras la Guerra Fría enfrenta transformaciones que hace apenas veinte años parecían impensables.
La propia discusión contemporánea sobre monedas digitales soberanas, sistemas de pagos alternativos, oro, activos digitales y nuevos mecanismos de compensación internacional refleja la búsqueda de una arquitectura financiera más diversa que la existente durante el apogeo de la globalización de finales del siglo XX.
Trump y la ruptura de consensos
La llegada de Donald Trump a un nuevo protagonismo internacional añade otra dimensión a este cambio de época.
Independientemente de las opiniones que pueda suscitar, Trump representa una ruptura con numerosos consensos que dominaron la política occidental desde la caída de la Unión Soviética.
Su visión privilegia los intereses nacionales, cuestiona aspectos de la globalización tradicional y propone una redefinición de las relaciones económicas y estratégicas internacionales.
Por ello, la coincidencia histórica resulta difícil de ignorar.
Muere Alan Greenspan, último gran símbolo de la era de la globalización financiera surgida tras la Guerra Fría.
Se intenta cerrar el conflicto más prolongado y determinante de Oriente Medio desde 1979.
China se consolida como potencia global.
Nuevas tecnologías transforman la economía mundial.
Nuevos mecanismos monetarios comienzan a desarrollarse.
Nuevos equilibrios geopolíticos buscan abrirse paso.
Quizás, dentro de algunas décadas, los historiadores observen estos años y concluyan que no asistían simplemente a una sucesión de acontecimientos aislados.
Tal vez estaban presenciando el final de un largo ciclo iniciado con los shocks petroleros de los años setenta y el nacimiento de otro cuya forma definitiva todavía nadie conoce.
La historia raramente anuncia el comienzo de una nueva era.
Generalmente lo descubrimos cuando ya ha comenzado.
Y es posible que eso sea precisamente lo que esté ocurriendo ante nuestros ojos.
