Perdón, bandera.

Quisiera poder enarbolarte sin remordimientos.

Pero tu ruedo carga viejas deudas.

Perdón por mirarte ondear mientras la pobreza sigue sentándose primero a la mesa.

Perdón por verte subir cada mañana en escuelas donde demasiados niños todavía pasan de curso sin comprender lo que leen.

Suscribete al newsletter de Noticias SIN

Perdón por verte recibir a quienes llegan a hospitales, donde una enfermedad obliga a una familia a escoger entre perderlo todo… o perder a quien más quiere.

Y perdón por hacerte testigo de discursos donde el orgullo nacional pesa más que la justicia.

Dicen que perteneces a todos.

¿También a quienes nacieron donde las oportunidades nunca llegaron?

¿También a quienes murieron antes de que la justicia les reconociera siquiera la presunción de inocencia?

Tal vez no eres tú el problema.

Quizá somos nosotros.

Aprendimos a rendirte honores.

Olvidamos honrar lo que simbolizas.

¿Cuándo dejamos de creer que la salud y la educación eran derechos?

¿Cuándo empezamos a ponerle precio a lo que era de todos?

¿Cuándo permitimos que el bien de todos se convirtiera en riqueza de unos pocos?

¿En qué momento nos convencimos de que era mejor construir cárceles que oportunidades?

Y, sobre todo…

¿Quién sigue sin caber bajo tus colores?

Es el niño que cambió los cuadernos por el trabajo.

La mujer para quien la mamografía dejó de ser prevención para convertirse en despedida.

La embarazada que prefirió parir en silencio por miedo a ser deportada.

Quien sigue esperando que las promesas dejen de pasar de largo.

No, bandera.

No quiero pedirte perdón por lo que eres.

Quiero pedirte perdón por lo que hemos hecho en tu nombre.

En el centro de tu escudo hay una Biblia abierta.

Abierta para que nunca dejemos de preguntarnos.

Porque un país no avanza dejando personas atrás.

Avanza cuando vuelve por ellas.

Amar un país es honrar lo que simboliza.

Es conseguir que el país esté, por fin, a la altura de su bandera:

Que ninguna niña vea su infancia convertida en maternidad.

Que ningún anciano llegue a la vejez sintiéndose olvidado.

Que ninguna mujer normalice vivir con miedo.

Que las promesas dejen, por fin, de pasar de largo.

Una bandera nunca será más grande que el país que construyamos bajo ella.

No nació para decirnos quiénes somos,

sino para preguntarnos quiénes queremos ser.

Ese país todavía nos lo debemos.

Y quizá entonces aquellos versos de Gastón Fernando Deligne, que generaciones de dominicanos aprendimos de memoria, dejarán de ser un anhelo para convertirse, por fin, en una verdad:

¡Qué linda en el tope estás,
Dominicana bandera!
¡Quién te viera, quién te viera
más arriba… mucho más!