Durante décadas, los países de las Américas han competido por atraer inversión extranjera directa como si se tratara de una carrera individual. Cada nación, desde su ubicación geográfica y su dotación de factores productivos, ha promovido sus ventajas comparativas, ha diseñado incentivos y ha fortalecido sus instituciones con el objetivo de captar una mayor participación de los flujos globales de capital.


Ese enfoque camino se han generado importantes avances de posicionamiento disperso. Sin embargo, la economía mundial está cambiando a una velocidad sin precedentes y, con ella, cambian también las reglas de la competitividad, elevando la incertidumbre en los agentes económicos y la complejidad para decidir invertir.


Hoy, las empresas multinacionales ya no evalúan únicamente un país o masa de terreno. Analizan regiones completas, cadenas de suministro integradas, disponibilidad de talento, infraestructura logística, conectividad digital, estabilidad institucional y la capacidad de construir alianzas de largo plazo. En otras palabras, la competencia ya no se desarrolla exclusivamente entre Estados; cada vez más, ocurre entre ecosistemas. No necesariamente de vecindad fronteriza, este último.


Esta transformación obliga a replantear la manera en que concebimos la promoción de inversiones desde el Estado y los actores del sector privado.


El desafío ya no consiste únicamente en atraer proyectos hacia un territorio determinado. Consiste en crear condiciones para que las Américas se consoliden como un ecosistema regional de inversión: un espacio donde la cooperación complemente la competencia, donde las fortalezas nacionales se articulen para generar mayor valor agregado y donde la región sea percibida como un destino confiable, resiliente e innovador.

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En ese contexto surge el Foro de Inversión de las Américas, una plataforma coordinada de manera conjunta por ProDominicana (Agencia de República Dominicana) en su rol de anfitrión y la Asociación Mundial de Agencias de Promoción de Inversión (WAIPA, por sus siglas en inglés), de la mano de la Conferencia Mundial de Inversiones.


Su importancia trasciende la celebración de un encuentro internacional, entre el 1 y el 3 de julio. El verdadero valor del Foro reside en su capacidad para reunir a gobiernos, agencias de promoción de inversiones, empresas, organismos multilaterales, instituciones financieras, academia y líderes del sector privado para construir una visión compartida sobre el futuro económico de la región.


Las transformaciones que hoy experimenta la economía mundial —la reconfiguración de las cadenas globales de valor, el nearshoring, la transición energética, la inteligencia artificial y la digitalización de los procesos productivos— representan una oportunidad histórica para las Américas. Pero aprovecharla exige coordinación, confianza y una agenda regional orientada a la competitividad.


La inversión extranjera directa no debe entenderse únicamente como una fuente de financiamiento.

Constituye un mecanismo para transferir conocimiento, incorporar tecnología, fortalecer el capital humano, impulsar la innovación, diversificar las exportaciones y elevar la productividad de nuestras economías.


Por ello, la política de promoción de inversiones debe evolucionar desde una lógica transaccional hacia una estrategia integral de desarrollo. Atraer inversión implica fortalecer instituciones, simplificar regulaciones, desarrollar infraestructura, formar talento y consolidar un entorno que ofrezca certidumbre a quienes deciden invertir. Y esto es posible desde una mirada hemisférica.


La República Dominicana comprende esa realidad. Su estabilidad macroeconómica, ubicación estratégica, conectividad logística, apertura comercial y compromiso con la mejora continua del clima de negocios le han permitido consolidarse como uno de los destinos más dinámicos para la inversión en América Latina y el Caribe, porque “República Dominicana está de moda”.


Ser sede del Primer Foro de Inversión de las Américas representa, por tanto, una responsabilidad y una oportunidad. No solo permite mostrar las fortalezas del país, sino también contribuir a impulsar una nueva etapa de cooperación regional basada en la competitividad, la innovación y la diplomacia económica.


El éxito del Foro no deberá medirse únicamente por el número de participantes o de reuniones celebradas, aunque ya los números hablan por sí solos. Su verdadero legado estará en las alianzas que genera, en las políticas que inspira, en las inversiones que facilita y en la capacidad de consolidar una comunidad regional comprometida con el desarrollo sostenible de las Américas.


Las grandes regiones económicas del mundo no alcanzaron su liderazgo actuando de manera aislada. Lo lograron construyendo confianza, promoviendo la integración y desarrollando instituciones capaces de generar prosperidad compartida. Las Américas cuentan hoy con esa misma oportunidad.


El Foro de Inversión de las Américas puede convertirse en el punto de partida de una nueva etapa, en la que la región deje de verse como un conjunto de mercados independientes y comience a proyectarse como un ecosistema integrado de inversión, innovación y crecimiento.


Ese es el desafío. Pero, sobre todo, esa es la visión que debemos construir juntos.