La experiencia, la historia y la innovación en tiempos de inteligencia artificial.

He leído con interés el reciente artículo de opinión publicado en Listín Diario por Ilonka Acosta, titulado “Generación Z y Millennials: el choque con lo obsoleto”

Su reflexión parte de una realidad evidente: vivimos una época de transformaciones aceleradas, impulsadas por la revolución digital, la inteligencia artificial, la automatización y una velocidad de cambio que pocas generaciones anteriores experimentaron. 

En ese diagnóstico coincidimos plenamente. 

También comparto su afirmación de que las instituciones públicas y privadas están llamadas a adaptarse a una nueva realidad si desean seguir siendo útiles a la sociedad.

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Sin embargo, donde discrepo respetuosamente es en el riesgo, cada vez más frecuente, de identificar el pasado con lo obsoleto y el futuro con todo aquello que acaba de aparecer. 

La historia humana enseña exactamente lo contrario. 

Ni todo lo antiguo merece ser descartado por el simple hecho de haber envejecido, ni todo lo nuevo merece ser aceptado únicamente porque acaba de surgir. 

La inteligencia consiste precisamente en distinguir entre aquello que debe conservarse porque ha demostrado su valor y aquello que debe transformarse porque dejó de responder a las necesidades del tiempo.

No es la primera vez que la humanidad atraviesa una revolución de esta magnitud. 

Cuando apareció la imprenta en el siglo XV, muchos pensaron que desaparecería la cultura del manuscrito y que el conocimiento cambiaría por completo. 

Más tarde llegaron la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, el automóvil, el teléfono, la radio, el cine, la televisión, la informática, Internet y ahora la inteligencia artificial. 

En cada una de esas etapas hubo voces convencidas de que el pasado debía ser enterrado para construir un mundo completamente nuevo. 

La experiencia demuestra que nunca ocurrió así. 

Cada revolución tecnológica terminó incorporando buena parte del conocimiento acumulado durante siglos, porque el progreso verdadero no consiste en destruir la memoria sino en ampliarla.

Las generaciones cambian, ciertamente. 

Los llamados Millennials, nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996, y la Generación Z, nacida entre 1997 y 2012, crecieron en un ambiente profundamente digital. 

Piensan, aprenden, trabajan y se comunican de manera distinta a quienes nacimos en una época dominada por el libro impreso, el teléfono fijo y las bibliotecas físicas. 

Esa diferencia es real y debe ser comprendida, no negada. 

Pero tampoco puede confundirse con una ruptura absoluta de la civilización. 

La condición humana continúa siendo la misma. 

Cambian las herramientas; permanecen las preguntas esenciales.

Se afirma que vivimos un cambio de paradigma. Es verdad. 

Pero conviene recordar que la palabra paradigma, popularizada por Thomas S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, nunca significó la destrucción completa del conocimiento anterior. 

Incluso las grandes revoluciones científicas conservan parte de lo aprendido y construyen sobre ello nuevos modelos explicativos. 

Newton no desapareció porque apareciera Einstein. 

Einstein no dejó de ser fundamental porque surgiera la física cuántica. 

La ciencia avanza acumulando, corrigiendo y ampliando, no borrando su propia memoria.

Algo semejante ocurre con las instituciones. Se dice que evolucionan lentamente mientras la tecnología avanza exponencialmente. Es cierto. 

Pero esa lentitud no siempre constituye un defecto. 

En muchas ocasiones representa un mecanismo de protección frente a decisiones precipitadas. 

Los tribunales, los parlamentos, las universidades, las iglesias, las academias, los sistemas constitucionales y los cuerpos diplomáticos no nacieron para seguir la velocidad de las redes sociales, sino para ofrecer estabilidad en medio del cambio permanente. 

La prudencia también es una forma de inteligencia.

La diplomacia ofrece un magnífico ejemplo. 

Durante más de cuatro siglos ha sobrevivido a revoluciones, guerras mundiales, imperios desaparecidos, dictaduras, democracias, guerras frías y revoluciones tecnológicas. 

Hoy los embajadores utilizan inteligencia artificial, videoconferencias y comunicaciones instantáneas, pero las reglas fundamentales del diálogo, la negociación, la confianza y el respeto entre los Estados siguen siendo las mismas que inspiraron la Paz de Westfalia en 1648 y fueron desarrolladas posteriormente por el derecho internacional y la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961. 

Cambian los instrumentos; permanecen los principios.

Lo mismo sucede con la política. Ningún algoritmo sustituirá el juicio moral. 

Ninguna aplicación informática reemplazará la prudencia de un gobernante. 

Ninguna inteligencia artificial podrá asumir la responsabilidad ética que implica decidir sobre la guerra, la paz, la justicia o la dignidad humana. 

Las máquinas procesan datos; las personas asumen responsabilidades. 

Esa diferencia seguirá existiendo mientras exista la humanidad.

En un artículo que publiqué hace algunos meses en Listín Diario, titulado «Los viejos modelos y la arrogancia tecnológica», advertía precisamente sobre el peligro de creer que la tecnología, por sí sola, resolvería los problemas fundamentales de la sociedad. 

Hoy reitero esa preocupación. 

La verdadera arrogancia tecnológica consiste en pensar que todo lo anterior carece de valor simplemente porque no fue creado en la era digital. 

Esa ilusión no es nueva. 

Cada generación ha creído, en algún momento, que inauguraba la historia. Ninguna tenía razón.

La experiencia humana posee una característica extraordinaria: se acumula. 

Cada generación recibe una herencia intelectual construida durante siglos. 

Aristóteles continúa dialogando con nosotros. 

San Agustín sigue interrogando nuestra conciencia. 

Santo Tomás de Aquino todavía ilumina la relación entre razón y fe. 

Maquiavelo conserva vigencia para comprender el poder. 

Pascal sigue advirtiendo sobre la grandeza y la miseria del hombre. 

Tocqueville continúa siendo indispensable para entender la democracia. 

Max Weber ayuda a interpretar la burocracia moderna. 

Raymond Aron, Karl Popper, Hannah Arendt, Gabriel Marcel, Romano Guardini y tantos otros permanecen presentes porque trataron cuestiones que ninguna revolución tecnológica ha conseguido eliminar.

Lo mismo ocurre con la economía. Adam Smith no dejó de existir porque aparecieran las criptomonedas. 

John Maynard Keynes no perdió vigencia por la inteligencia artificial. 

Friedrich Hayek, Milton Friedman, Joseph Schumpeter o Douglass North siguen siendo estudiados porque comprendieron dimensiones permanentes del comportamiento económico que ninguna aplicación digital ha modificado.

La inteligencia artificial representa probablemente la mayor revolución tecnológica desde la electricidad. 

Transformará el empleo, la educación, la medicina, la administración pública, la diplomacia, la industria y la investigación científica. 

Pero precisamente por esa enorme capacidad transformadora exige una sociedad intelectualmente más sólida, no más superficial. 

Cuanto más poder tengan las máquinas, mayor responsabilidad tendrán los seres humanos para utilizarlas con prudencia.

Por eso considero acertada una de las observaciones centrales de Ilonka Acosta cuando afirma que la verdadera innovación no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en lograr que las personas y las instituciones evolucionen al mismo ritmo que la sociedad. 

Esa afirmación merece ser compartida. 

Sin embargo, añadiría una condición indispensable: esa evolución solo será auténtica si conserva la memoria histórica que hizo posible el presente. 

Ninguna sociedad puede innovar destruyendo sus propios cimientos.

El verdadero conflicto de nuestro tiempo no enfrenta a jóvenes contra mayores, ni a Millennials contra la Generación Z, ni a nativos digitales contra inmigrantes digitales. 

Ese planteamiento simplifica excesivamente una realidad mucho más compleja. 

El verdadero conflicto enfrenta dos maneras de entender el progreso. Una cree que la historia comienza cada mañana. La otra entiende que el futuro es la continuación crítica del pasado.

No existe contradicción entre experiencia e innovación. Al contrario, la innovación necesita de la experiencia para no convertirse en improvisación, y la experiencia necesita de la innovación para no convertirse en rutina. 

Las sociedades que prosperan son precisamente aquellas capaces de hacer dialogar ambas dimensiones.

La civilización occidental no fue construida por quienes despreciaron el pasado ni por quienes rechazaron el futuro. 

Fue edificada por hombres y mujeres capaces de combinar tradición y creatividad, memoria e imaginación, prudencia y audacia. 

Ese equilibrio explica su extraordinaria capacidad de adaptación durante más de dos mil años.

Por eso, frente a quienes presentan el pasado como una carga y el futuro como una promesa automática de felicidad, prefiero recordar una verdad sencilla que la historia confirma una y otra vez: ni lo viejo es obsoleto ni lo nuevo es suficiente. 

Lo verdaderamente indispensable sigue siendo la inteligencia humana, capaz de aprender del ayer para construir responsablemente el mañana.

Fuentes: Ilonka Acosta, «Generación Z y Millennials: el choque con lo obsoleto»Listín Diario (2026); Víctor Manuel Grimaldi Céspedes, «Los viejos modelos y la arrogancia tecnológica»Listín Diario, 12 de marzo de 2026; Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions (1962); Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (1961); Adam Smith, The Wealth of Nations (1776); Joseph A. Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy (1942); Hannah Arendt, The Human Condition (1958).