Santo Domingo: las élites se agotan sin hacer ruido. No hay un colapso que uno pueda señalar con el dedo. Hay, más bien, una acumulación de decisiones postergadas, de proyectos que mueren antes de nacer y de un discurso que se repite sin convicción.
Toda élite nace de una promesa: progreso, orden y futuro. El problema surge cuando esa promesa pierde sentido y solo queda el aparato, la riqueza, los contactos y el acceso, sin el relato que le da propósito. En ese punto, deja de abrir el camino.
Del proyecto al gesto político
Solo defiende lo que ya tiene. ¿Y cómo se refleja esto en la República Dominicana? Se observa en la sustitución del proyecto por el gesto. Cuando no existe una dirección clara, abundan los anuncios y las fotografías.
La política se convierte en escenografía porque ya no tiene una visión que representar. También se evidencia en la salida de los mejores cuadros: técnicos, profesionales y personas con ideas diferentes buscan otros espacios.
Fuga de cuadros y desconexión social
Mientras tanto, el poder queda en manos de quienes únicamente saben perpetuarse. Pero lo más grave es lo último: una élite agotada deja de escuchar al país y de interpretar las señales de descontento, hasta que esas señales se convierten en crisis difíciles de controlar.
¿Es esto inevitable? No necesariamente. Pero exige algo que hoy escasea: la valentía de renovarse antes de que el país lo reclame por la fuerza. Porque las élites que no se transforman no desaparecen en silencio; desaparecen en medio de una ruptura.
