La derrota de la selección argentina frente a España en la final del Mundial dejó una impresión desagradable que fue mucho más allá del resultado deportivo. 

Las protestas, las provocaciones, las entradas violentas y los incidentes posteriores al partido parecieron confirmar una antigua percepción internacional: la de una arrogancia argentina que, cuando las circunstancias dejan de ser favorables, puede transformarse en hostilidad, desorden y dificultad para reconocer los méritos ajenos.

No se trata de afirmar que todos los argentinos sean iguales. 

Ningún pueblo puede reducirse a una caricatura, y Argentina ha producido hombres y mujeres admirables en la literatura, la ciencia, la música, la Iglesia, la diplomacia y el deporte. 

Jorge Luis Borges, Mercedes Sosa, Adolfo Pérez Esquivel y el propio papa Francisco bastarían para demostrar la riqueza humana y cultural de esa nación. 

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Pero tampoco puede negarse que ciertos comportamientos reiterados han contribuido a crear una mala reputación que no nació de la nada.

El fútbol hace visibles rasgos que también existen fuera de los estadios. 

La pasión puede convertirse en intolerancia; la seguridad, en soberbia; la picardía, en engaño; la intensidad competitiva, en agresión. 

Cuando se gana, todo se presenta como talento, carácter nacional y viveza. 

Cuando se pierde, sin embargo, aparece con frecuencia la búsqueda de culpables: el árbitro, la organización, el adversario, la prensa, el clima o una conspiración internacional. 

Lo que rara vez aparece con igual claridad es la sencilla admisión de que el contrario jugó mejor.

La derrota y el mal perder

En la final mundialista, algunos integrantes de la selección argentina no parecieron dispuestos a aceptar serenamente la derrota. 

Una cosa es luchar hasta el último minuto; otra, convertir el terreno de juego en escenario de empujones, golpes, insultos y provocaciones. 

La primera conducta pertenece a la competencia deportiva. 

La segunda revela indisciplina y mal perder.

El verdadero campeón no es solamente quien levanta una copa. 

También lo es quien sabe perder sin rebajarse, saluda al vencedor y conserva la dignidad cuando el marcador le resulta adverso. 

En ese sentido, el comportamiento de algunos futbolistas argentinos produjo un daño mayor que la derrota: deterioró la imagen del equipo y reforzó los prejuicios que desde hace décadas circulan sobre el temperamento de sus compatriotas.

Francisco y la autocrítica argentina

El papa Francisco, argentino hasta la médula y conocedor profundo de las virtudes y defectos de su pueblo, recurrió más de una vez al humor para hablar de aquella fama. 

En una entrevista concedida en 2015 a la televisión mexicana, contó el conocido chiste: «¿Usted sabe cómo se suicida un argentino?”

“Se sube arriba de su ego y de allí se tira abajo». 

No era una condena teológica ni un estudio sociológico. 

Era una broma autocrítica acerca de la soberbia que internacionalmente se atribuye a los argentinos. (informador.mx)

En otra ocasión, durante una conversación con el entonces presidente ecuatoriano Rafael Correa, Francisco bromeó diciendo que algunos argentinos esperaban que, al ser elegido papa, adoptara el nombre de «Jesús II». La ocurrencia apuntaba nuevamente al mismo fenómeno: una autoestima nacional capaz de elevarse hasta dimensiones desmesuradas. (Europa Press)

Esas bromas no nacían del desprecio. 

Papa Francisco amaba a Argentina. Allí nació, se formó, ingresó en la Compañía de Jesús, fue ordenado sacerdote, ejerció su ministerio episcopal y desarrolló gran parte de su acción pastoral entre los pobres de Buenos Aires

Su crítica era precisamente la de alguien que conocía desde dentro las grandezas y las contradicciones de su país. 

La verdadera pertenencia no consiste en negar los defectos nacionales, sino en reconocerlos para corregirlos.

Sin embargo, existe un hecho significativo: desde que fue elegido papa el 13 de marzo de 2013 hasta su muerte, ocurrida el 21 de abril de 2025, Francisco visitó decenas de países, pero nunca regresó a Argentina. 

Su ausencia fue objeto de especulaciones durante todo el pontificado. Se habló de las divisiones políticas argentinas, del peligro de que cualquier visita fuera utilizada por el gobierno o la oposición y de la polarización que rodeaba su figura. 

Tras su muerte, distintos análisis señalaron precisamente su deseo de evitar manipulaciones políticas como una explicación importante de aquella decisión. (El País)

No sería correcto afirmar como hecho demostrado que Francisco no regresó porque odiaba a los argentinos o porque despreciaba a su país. Tampoco dejó escrito que no quería volver «ni muerto». 

Eso sería poner en su boca palabras que no pronunció. Pero sí es legítimo observar la fuerza simbólica de sus decisiones: no volvió a Argentina durante sus doce años de pontificado y dispuso que sus restos fueran sepultados en la basílica romana de Santa María la Mayor, y no en Buenos Aires ni en el Vaticano. (Vaticano)

La elección de Santa María la Mayor tuvo, ante todo, una motivación religiosa. Francisco visitaba aquella basílica antes y después de sus viajes apostólicos para rezar ante el icono de la Virgen Salus Populi Romani

Allí quiso descansar bajo una lápida sencilla. No fue necesariamente una declaración contra Argentina, pero confirmó que su destino final estaba unido a Roma y a su misión universal como obispo de esa ciudad.

Francisco dejó de pertenecer exclusivamente a Argentina desde el momento en que fue elegido sucesor de Pedro. 

Se convirtió en pastor de la Iglesia universal. Aun así, resulta inevitable preguntarse por qué un pontífice que recorrió el mundo no encontró nunca el momento apropiado para volver a la tierra donde había nacido. 

La respuesta probablemente se encuentra menos en una enemistad personal que en la incapacidad argentina para recibirlo sin apropiaciones partidarias, disputas ideológicas y luchas por convertirlo en bandera de una facción.

Esa dificultad para escapar del enfrentamiento aparece también en el fútbol. 

La selección argentina ha producido algunos de los mayores jugadores de la historia. 

Nadie puede negar la genialidad de Diego Maradona, la extraordinaria trayectoria de Lionel Messi ni la tradición futbolística de un país que vive ese deporte con intensidad incomparable. 

Pero el talento no otorga licencia para humillar, provocar ni agredir.

Durante demasiado tiempo, ciertos comportamientos antideportivos se han presentado como «viveza criolla». 

Hacer tiempo, engañar al árbitro, provocar al adversario, exagerar una falta o recurrir a la violencia psicológica serían supuestamente manifestaciones de inteligencia competitiva. 

Sin embargo, cuando la picardía destruye la justicia del juego, deja de ser inteligencia y se convierte en trampa.

La misma lógica puede trasladarse a otros ámbitos de la vida pública. 

Cuando una sociedad considera que reconocer un error es señal de debilidad, termina defendiendo lo indefendible. 

Cuando la autocrítica es sustituida por el orgullo, todo fracaso se atribuye a una conspiración. 

Cuando la identidad nacional se construye sobre la creencia de ser superior, cualquier derrota se vive como una ofensa insoportable.

Argentina posee una historia marcada por contrastes formidables. 

Fue una de las sociedades más prósperas del mundo y atravesó después crisis económicas recurrentes. 

Produjo instituciones culturales de enorme prestigio, pero también padeció dictaduras, polarización y ciclos de enfrentamiento político. 

Ha generado expresiones artísticas universales y, simultáneamente, una imagen exterior asociada en ocasiones con la arrogancia y la autosuficiencia.

Sería absurdo atribuir esa historia a un defecto psicológico colectivo. 

Los pueblos no tienen una sola personalidad. 

Dentro de Argentina conviven millones de personas humildes, generosas, solidarias y conscientes de sus limitaciones. 

Precisamente muchos argentinos son los críticos más severos de la soberbia nacional. 

El chiste del papa Francisco pertenece a esa tradición de autocrítica.

No obstante, las reputaciones colectivas se forman mediante la repetición de comportamientos visibles. 

Cuando futbolistas, dirigentes, periodistas o figuras públicas reaccionan con agresividad ante la derrota, refuerzan una percepción previa. 

Aunque sea injusto aplicarla a toda la población, esa percepción termina perjudicando a todos.

La selección argentina tenía la oportunidad de demostrar grandeza aun perdiendo. Podía felicitar al campeón, agradecer a sus seguidores y abandonar el campo con serenidad. Algunos de sus miembros escogieron otro camino. Respondieron desde el resentimiento, la provocación y la violencia. Así transformaron una derrota deportiva, perfectamente honorable, en una derrota moral.

El problema no consiste en sentir orgullo por la patria. El orgullo nacional puede ser una fuerza positiva cuando inspira superación, solidaridad y servicio. Se convierte en peligro cuando exige que los demás reconozcan una superioridad imaginaria. El patriotismo sano ama lo propio sin despreciar lo ajeno. 

El nacionalismo arrogante necesita demostrar constantemente que es mejor que los demás.

Francisco entendía esa diferencia. Su humor sobre el ego de los argentinos era una invitación a la humildad. No se burlaba desde fuera; hablaba como argentino y como pastor. Sabía que el ego puede elevar al individuo o a una nación hasta un lugar ficticio desde el cual cualquier caída resulta dolorosa.

La derrota frente a España pudo haber sido simplemente el final de un gran torneo. Argentina había llegado a la final y eso constituía ya un mérito extraordinario. 

Pero quienes no supieron perder con dignidad convirtieron el partido en otra cosa: una representación pública de los peores estereotipos atribuidos a su país.

No todos los argentinos son arrogantes. No todos los futbolistas argentinos practican el juego sucio. 

No toda expresión de pasión es violencia. Pero cuando aparecen la soberbia, la agresión y el desprecio hacia el vencedor, deben llamarse por su nombre. 

Disfrazarlos de carácter nacional o de pasión futbolística equivale a justificarlos.

La grandeza auténtica comienza donde termina el ego. Consiste en reconocer el mérito del otro, aceptar las propias limitaciones y conservar la dignidad en la derrota. 

Esa fue la lección que algunos jugadores argentinos no comprendieron. Y quizá sea también la lección escondida en aquella broma del papa Francisco: quien se sube demasiado alto sobre su propio ego corre siempre el riesgo de sufrir una caída más dolorosa.