Japón y Taiwán: una lección para el mundo.
Cuando el mundo despertó este martes con la noticia de un nuevo y poderoso terremoto que sacudió el sur de Japón, millones de personas volvieron a hacerse la misma pregunta: ¿cómo puede un pueblo vivir durante siglos bajo la amenaza permanente de que la tierra se abra bajo sus pies?
La respuesta no se encuentra únicamente en la ingeniería antisísmica, en la tecnología o en la eficiencia de las autoridades.
Está escrita en la propia historia del Japón, una nación que ha aprendido a sobrevivir tanto a la violencia de la naturaleza como a las tragedias provocadas por el hombre.
El fuerte sismo registrado este martes es apenas un episodio más de una larga historia.
Para la inmensa mayoría de los países, un terremoto de gran intensidad constituye un acontecimiento excepcional; para Japón, por doloroso que resulte, forma parte de una realidad cotidiana. Esa diferencia explica la serenidad, la disciplina y la admirable organización con que la sociedad japonesa enfrenta una y otra vez las fuerzas imprevisibles de la naturaleza.
Situado en el llamado Anillo de Fuego del Pacífico, donde convergen varias de las principales placas tectónicas del planeta, Japón vive bajo la amenaza permanente de terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas y tifones.
La tierra tiembla miles de veces cada año; la mayoría de esos movimientos apenas son perceptibles, mientras otros dejan profundas heridas humanas y materiales. Ninguna otra gran potencia económica del mundo convive de manera tan permanente con semejante nivel de riesgo geológico.
Esa misma realidad alcanza también a Taiwán. La isla se encuentra igualmente sobre una compleja zona de contacto entre placas tectónicas y comparte con Japón una geografía tan hermosa como peligrosa. Allí los terremotos forman parte de la memoria colectiva y han moldeado durante generaciones la manera de construir, de educar y de prepararse para las emergencias.
Conservo un recuerdo muy preciso relacionado con esa realidad. En octubre de 1999 integré la delegación oficial del presidente Leonel Fernández durante una visita de Estado a Taiwán. Apenas unas semanas antes, el 21 de septiembre, la isla había sufrido uno de los terremotos más devastadores de su historia reciente.
Aquel sismo, de magnitud 7.6, provocó más de dos mil víctimas mortales, miles de heridos y una enorme destrucción material. A pesar de aquella tragedia, el viaje oficial se realizó.
Camino hacia Taipéi, nuestro avión sobrevoló el archipiélago japonés. No tuve entonces la oportunidad de conocer Japón; únicamente lo contemplé desde el aire.
Sin embargo, aquella imagen de sus islas montañosas emergiendo del océano adquirió con los años un significado especial.
Comprendí que nos dirigíamos hacia un pueblo golpeado por un terremoto devastador después de haber sobrevolado otro que llevaba siglos enfrentando los mismos desafíos.
Japón y Taiwán aparecían unidos no solo por la geografía del Asia oriental, sino también por una misma condición geológica y por una extraordinaria capacidad de reconstrucción.
Con el paso del tiempo comprendí que existe una diferencia fundamental entre estos pueblos y buena parte del resto del mundo.
Allí la prevención no constituye una campaña ocasional del Estado; es una auténtica cultura nacional. Desde la escuela primaria los niños participan regularmente en simulacros de evacuación; los edificios son diseñados para resistir fuertes movimientos sísmicos; las ciudades cuentan con sofisticados sistemas de alerta temprana, y millones de familias mantienen reservas de emergencia como parte natural de su vida cotidiana.
La educación para enfrentar los desastres comienza prácticamente desde la infancia.
Pero si la naturaleza ha sido implacable con Japón, la historia también lo fue.
El siglo XX añadió una tragedia que ningún terremoto, ningún tsunami y ningún volcán habían podido producir.
El 6 de agosto de 1945, Hiroshima se convirtió en la primera ciudad de la historia destruida por una bomba atómica.
Tres días después, Nagasaki sufrió el segundo bombardeo nuclear.
En apenas unos segundos desaparecieron ciudades enteras y la humanidad ingresó en una nueva época: la era atómica.
Aquellas explosiones no solo cambiaron el curso de la Segunda Guerra Mundial. Cambiaron para siempre la conciencia de la humanidad.
Por primera vez, el hombre demostró que poseía la capacidad tecnológica para destruir ciudades enteras en un instante y poner en peligro la supervivencia misma de la civilización.
A partir de entonces, la amenaza ya no procedía únicamente de la naturaleza. También podía surgir de la inteligencia humana cuando se desvincula de la ética y del respeto por la vida.
Desde entonces Japón ocupa un lugar único en la historia universal. Es probablemente la única nación que ha debido reconstruirse una y otra vez tanto por la acción devastadora de la naturaleza como por la inmensa capacidad destructiva creada por el propio ser humano.
Sin embargo, lejos de quedar paralizado por el dolor, el pueblo japonés eligió el camino de la reconstrucción.
Hiroshima, fundada como ciudad castillo en el siglo XVI, renació de sus ruinas para convertirse en uno de los principales símbolos mundiales de la paz, del desarme nuclear y de la reconciliación.
Hoy sus parques, sus universidades, sus centros de investigación y su Parque Memorial de la Paz recuerdan diariamente que incluso las mayores tragedias pueden transformarse en un compromiso permanente con la vida.
Nagasaki, por su parte, posee una historia aún más singular. Durante siglos fue la gran puerta de entrada de Japón hacia Occidente, el principal puerto de intercambio con Europa y el lugar donde el cristianismo echó profundas raíces en tierras japonesas.
Después de la devastación de 1945 volvió a levantarse, recuperó su riqueza cultural y reafirmó su vocación histórica como puente entre civilizaciones y religiones.
Las décadas posteriores continuaron poniendo a prueba la fortaleza nacional. El terremoto de Kobe en 1995, el devastador terremoto y tsunami de 2011 que desencadenó el accidente nuclear de Fukushima y, ahora, el fuerte terremoto registrado este martes, recuerdan que la amenaza nunca desaparece. La naturaleza continúa mostrando su inmenso poder. Pero también continúa demostrando la extraordinaria capacidad del pueblo japonés para organizarse, ayudarse mutuamente y comenzar de nuevo.
Quizás la explicación más profunda de esa capacidad no resida únicamente en la excelencia de su ingeniería ni en la eficacia de sus instituciones. También forma parte de una tradición cultural y espiritual desarrollada durante siglos. El budismo enseñó el valor de la impermanencia de todas las cosas; el sintoísmo inculcó un profundo respeto por la naturaleza; y la sociedad japonesa convirtió el gaman —la fortaleza para soportar el sufrimiento con dignidad, paciencia y disciplina— en una verdadera virtud nacional.
La historia de Hiroshima y Nagasaki solo puede comprenderse plenamente dentro de ese contexto. Las bombas atómicas fueron la mayor tragedia provocada por el hombre; los terremotos, los tsunamis y los volcanes representan la permanente fuerza de la naturaleza. Japón ha sobrevivido a ambas.
Taiwán comparte buena parte de esa misma experiencia. Aunque nunca sufrió el horror de un bombardeo nuclear, ha aprendido igualmente a convivir con terremotos de enorme intensidad, tifones y otros fenómenos naturales que periódicamente ponen a prueba la fortaleza de su sociedad.
Ambos pueblos han descubierto que la mejor respuesta frente a la adversidad no es el miedo, sino la preparación; no es la improvisación, sino la educación; no es la resignación, sino la capacidad permanente de reconstruirse.
Quizás esa sea la mayor lección que Japón y Taiwán ofrecen hoy al mundo. Ningún pueblo puede impedir que la naturaleza despliegue toda su fuerza ni borrar los errores de la historia. Lo que sí puede decidir es cómo responder a ellos.
Japón respondió con educación, ciencia, disciplina, solidaridad y memoria. Taiwán ha seguido un camino semejante frente a los embates de la naturaleza.
Ambos pueblos han comprendido que la mejor defensa no consiste únicamente en reconstruir edificios, sino también en formar ciudadanos preparados para afrontar la adversidad.
En una época marcada por guerras, tensiones geopolíticas, crisis climáticas e incertidumbres crecientes, la experiencia de Japón y de Taiwán adquiere un valor universal.
Ambos nos enseñan que la resiliencia no nace de la ausencia de tragedias, sino de la capacidad de transformar el sufrimiento en aprendizaje, la destrucción en reconstrucción y el miedo en determinación.
Cada nuevo terremoto, como el ocurrido este martes en Japón, vuelve a recordarnos la inmensa fragilidad de la condición humana.
Pero también nos recuerda algo aún más importante: que existen pueblos cuya verdadera grandeza no consiste en no caer jamás, sino en conservar siempre la voluntad, la inteligencia y la esperanza necesarias para levantarse una vez más. Y esa, quizás, sea la más valiosa lección que Japón y Taiwán ofrecen hoy a la humanidad.
