El 4 de agosto de 2022 escribí un artículo cuyo título terminaba con una interrogante: “Si Abinader sigue…”.  

En aquel momento sostuve que la política dominicana, muchas veces, podía explicarse como una operación aritmética. 

No era una afirmación matemática, sino una observación histórica: las divisiones internas de los partidos y las alianzas entre adversarios habían sido determinantes en los cambios de poder desde 1962.

Dos años después, las elecciones de 2024 parecieron confirmar aquella hipótesis. La división del principal partido opositor favoreció la continuidad del Partido Revolucionario Moderno (PRM), mientras el oficialismo llegó fortalecido a las urnas.

Ahora comienza otro capítulo.

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La pregunta ya no es qué ocurrió en 2024, sino qué ocurrirá en 2028.

La historia política dominicana enseña que pocas veces una elección se decide únicamente por la popularidad del gobierno de turno. 

También pesa, y mucho, la capacidad de la oposición para construir una alternativa unificada o, por el contrario, presentarse dividida.

En ese escenario aparecen inevitablemente dos figuras: Danilo Medina y Leonel Fernández.

Durante décadas ambos caminaron juntos en el Partido de la Liberación Dominicana

Después protagonizaron una de las divisiones políticas más importantes de la historia contemporánea del país. 

Esa ruptura modificó el mapa electoral y abrió el camino al triunfo del PRM en 2020. Tampoco logró revertirse completamente en 2024.

La gran incógnita es si esa realidad continuará igual en 2028.

No se trata solamente de saber quién será candidato. 

La verdadera pregunta es si las distintas fuerzas opositoras llegarán nuevamente fragmentadas o si encontrarán algún mecanismo de entendimiento electoral.

La experiencia dominicana ofrece antecedentes en ambas direcciones.

En 1996, Juan Bosch y Joaquín Balaguer, adversarios históricos durante treinta años, sorprendieron al país con una alianza que permitió la elección de Leonel Fernández. 

Aquel acuerdo demostró que, en política, las diferencias ideológicas pueden ceder cuando prevalece un objetivo estratégico común.

También existen ejemplos contrarios. 

Las divisiones del PRD facilitaron durante años la permanencia del PLD en el poder. 

Más tarde, la división del PLD favoreció el ascenso del PRM.

Por eso la aritmética política continúa teniendo importancia.

Sin embargo, reducir las elecciones únicamente a sumas y restas sería un error. 

En 2028 influirán otros factores: la situación económica, el costo de la vida, la seguridad ciudadana, el empleo, la calidad de los servicios públicos, la percepción sobre la gestión gubernamental y, naturalmente, la calidad de los candidatos que se presenten ante el electorado.

También será decisiva la renovación generacional. 

Muchos jóvenes votarán por primera vez en unas elecciones presidenciales sin haber vivido las grandes confrontaciones políticas de finales del siglo XX. 

Sus prioridades probablemente serán distintas de las de generaciones anteriores.

Mientras tanto, el PRM enfrenta su propio desafío. 

Después de ocho años consecutivos en el gobierno, deberá demostrar que puede mantener la cohesión interna y ofrecer un liderazgo capaz de preservar el apoyo ciudadano sin el presidente Luis Abinader como candidato, si se mantiene el marco constitucional vigente.

La oposición, por su parte, deberá decidir si apuesta nuevamente por la competencia entre varios proyectos o si procura alguna fórmula de cooperación electoral.

Nadie puede predecir hoy el resultado.

La política no es una ciencia exacta. La aritmética ayuda a comprender parte del fenómeno, pero nunca sustituye la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas.

Quizá la pregunta correcta no sea solamente qué harán Danilo Medina y Leonel Fernández, sino también qué hará el PRM para conservar el respaldo obtenido en dos elecciones consecutivas y qué esperan realmente los dominicanos del gobierno que comenzará en agosto de 2028.

Dentro de dos años conoceremos la respuesta.

Hasta entonces, la historia sigue escribiéndose.

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