Varias razones justifican que nuestro país lleve a cabo una reforma tributaria. Por un lado, las recaudaciones como porcentaje del PIB son de las más bajas del continente y, por el otro, el sistema impositivo es altamente regresivo al gravar a los más pobres con el ITBIS y los aranceles y exonerar a los más ricos a través de varias leyes de incentivos. Además, no podemos continuar para siempre financiando los déficits con endeudamiento, pues este algún día no nos estará disponible, por incapacidad de repago.

Pero la realidad es que no existe voluntad política, ni en el Palacio Nacional, ni en el Congreso, para pasar esa reforma, por lo que hay que buscar alternativas por el lado de reducciones en el gasto. La cantidad de empleados públicos sigue aumentando y ya una alta proporción de nuestros adultos recibe de una forma u otra aportes del Estado, ya sea en sueldos, jubilaciones o tarjetas de débito. Pero, políticamente es difícil reducir la nómina pública dos años antes de unas elecciones presidenciales.

Luciría que lo más viable es reducir las enormes pérdidas en el sector energético. Las tres distribuidoras de electricidad pierden un 40% de la luz que venden y la gasolina a cada rato representa un subsidio neto adicional para el Estado, a pesar del impuesto con que está gravada. En el pasado el gobierno sufría de los enormes déficits de los catorce ingenios estatales, pero eso, a Dios gracias desapareció, ya sea con cierre del mayor ingenio, el Río Haina, o el arrendamiento de otros, como el de Barahona.

Algo parecido debe de ocurrir con el sector energético. Las tres distribuidoras podrían volver a estar manejadas por empresas privadas con experiencia en el campo como ocurrió durante el primer gobierno de Leonel Fernández. Para buscar recursos con qué manejar la situación en el sector, el Estado bien podría vender el 40% de sus acciones en las Catalina, así como el 40% de la ya mal llamada Refinería Dominicana de Petróleo, la cual, al igual que las facilidades de la Coastal cerca de San Pedro de Macorís, simplemente importan productos ya refinados.

Desde niños en la escuela se nos dice que obtuvimos nuestra independencia en 1844, pero con un 75% de energía que tenemos que importar, a través de gas natural, carbón y petróleo, nuestra verdadera independencia solamente la lograremos cuando aumente la proporción, hoy día en apenas un 25% de la energía que proviene de las renovables, es decir, el sol, el viento y el represamiento de los ríos. Ya España depende en un 60% de renovables y México, a pesar de ser exportador de petróleo, tiene como objetivo llevar sus renovables a un 35%. Los paneles solares en el caso nuestro luce ser la mejor solución ya que su costo se ha reducido extraordinariamente, así como el de las baterías por permitir que parte de lo que se genera durante las horas de sol, se consuma durante la noche.

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Debemos fijarnos cómo Cuba, ante el bloqueo del acceso a energía importada, está colocando paneles solares hasta en los techos de los moto conchos, pues sus dueños no consiguen gasolina. Paneles solares en hogares, empresas y grandes fincas en terrenos del Consejo Estatal del Azúcar (CEA), poco aptos para la agricultura, luciría ser la forma de llegar a una verdadera independencia, la económica y no tener que sufrir cada vez que surgen guerras en el Medio Oriente, o dejamos de recibir créditos de México y Venezuela para el petróleo que antes importábamos de esas fuentes.

La única finca en tierra fértil que pierde dinero es la de la antigua Grenada Company que maneja el Estado en la línea noroeste y que también podría ser vendida o arrendada.

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