El algoritmo premia el reflejo, no la reflexión. La geopolítica se resume en un meme; la ciencia, en quince segundos de video. Antes se leía a un experto; hoy se aplaude a quien grita con más gracia. La sociología se volvió opinión de barra; la antropología, anécdota viral. El talento ya no compite por ideas: compite por atención. Y la atención, hoy, se la lleva quien menos piensa y más actúa. ¿Quién le explicará al país lo que no cabe en un reel?

No es que la gente dejó de pensar. Es que dejamos de premiar a quien piensa. La aristocracia del talento no murió de un golpe: la fuimos matando a aplausos, cada vez que elegimos el performance sobre el argumento.

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