Carlos Lohlé, Ignace Lepp y una biblioteca que regresa después de medio siglo.

Llevo ya dos semanas internado en CEDIMAT. Dos semanas en las que mi mundo, como ocurre inevitablemente con quien pasa de la vida cotidiana a la condición de paciente, se ha reducido en buena medida a una cama, una habitación, los corredores del hospital, las visitas de médicos y enfermeras, los medicamentos administrados a determinadas horas, los procedimientos, las esperas, las noches largas y esa peculiar percepción del tiempo que solamente se descubre cuando uno permanece hospitalizado.

Desde una cama de hospital el mundo se ve de otra manera.

Las horas no transcurren igual. El cuerpo, al que durante tantos años damos por supuesto mientras funciona y nos permite caminar, trabajar, viajar, leer, escribir y ocuparnos de tantas cosas, se convierte repentinamente en el centro de nuestra atención. Una molestia que en la vida ordinaria parecería insignificante adquiere importancia. Esperamos la entrada del médico. Escuchamos los pasos en el corredor. Miramos la puerta. Sabemos a qué hora corresponde un medicamento. Una visita cambia el día. Una llamada nos devuelve durante unos minutos al mundo exterior.

Y mientras todo eso ocurre, uno sabe que fuera de aquella habitación la vida continúa.

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Quizá por eso, después de estas dos semanas internado, han comenzado a regresar a mi recuerdo algunos de los libros que me enseñaron a pensar.

Entre ellos apareció inesperadamente un pequeño volumen que había leído cuando tenía dieciocho años y cuyo título nunca olvidé: Psicología del enfermo postrado en cama.

Habían transcurrido casi seis décadas desde aquella lectura.

Lo leí entonces con la curiosidad de un muchacho interesado en comprender al ser humano, pero sin sospechar que tantos años después aquellas páginas regresarían a mi memoria precisamente cuando la vida me colocara en la situación que aquel libro intentaba explicar.

El libro era del médico y psiquiatra neerlandés J. H. van den Berg y había sido publicado en Buenos Aires, en 1961, por Ediciones Carlos Lohlé. Una reseña bibliográfica de la época confirma aquellos datos: un volumen pequeño, de unas setenta páginas, dedicado fundamentalmente a estudiar la experiencia psicológica del enfermo obligado a permanecer en cama.

Pero al recordar el libro recordé también algo más.

Carlos Lohlé.

Aquel nombre que aparecía discretamente en las portadas no representaba simplemente una empresa que imprimía libros. Para una generación latinoamericana que comenzó a leer seriamente durante los años cincuenta, sesenta y setenta, Carlos Lohlé fue una puerta de entrada a un mundo intelectual donde se encontraban la filosofía, la psicología, la religión, el existencialismo, la literatura y las grandes preguntas acerca del sentido de la vida.

Y cuando comencé a tirar del hilo de la memoria apareció inmediatamente otro nombre:

Ignace Lepp.

Lepp fue uno de aquellos autores que leíamos porque hablaba de cuestiones que nos parecían fundamentales. No escribía solamente sobre teorías psicológicas abstractas. Escribía sobre el amor, la amistad, la muerte, el ateísmo, la autenticidad, la comunicación entre los seres humanos, la moral y la existencia. Era exactamente el tipo de literatura que podía fascinar a un joven que comenzaba a preguntarse qué significaba vivir, creer, amar y morir.

Al revisar ahora los catálogos bibliográficos compruebo que la memoria no me engaña. Carlos Lohlé publicó en Buenos Aires Higiene del alma, de Ignace Lepp, en 1959; Psicoanálisis del amor, en 1960; Filosofía cristiana de la existencia, en 1963; Psicoanálisis del ateísmo moderno; La comunicación de las existencias, en 1964; Psicoanálisis de la amistad, en 1965; y posteriormente otras obras que continuaron circulando en sucesivas ediciones.

Resulta particularmente revelador observar el catálogo de Carlos Lohlé correspondiente precisamente a 1967, el año en que yo tenía diecisiete años y me acercaba a los dieciocho. Allí estaban La existencia auténtica, Psicoanálisis del ateísmo moderno y Psicoanálisis de la muerte, de Lepp. Pero junto a ellos aparecía también Qué es el existencialismo, de Bernard Delfgaauw, y otros textos filosóficos.

No eran títulos dispersos. Formaban parte de un ambiente intelectual que llegaba hasta nosotros desde Buenos Aires y México y que alimentaba las inquietudes de una juventud que buscaba comprender un mundo sometido entonces a profundas transformaciones.

Éramos jóvenes en una época extraordinaria. Habíamos crecido en la República Dominicana bajo la sombra de la dictadura de Trujillo y entrábamos en la edad adulta después de su muerte, después del golpe contra Juan Bosch, después de la Revolución de Abril de 1965 y de la intervención militar norteamericana. Al mismo tiempo llegaban desde Europa y América las discusiones sobre el marxismo, el existencialismo, el psicoanálisis, la renovación de la Iglesia impulsada por el Concilio Vaticano II y una nueva manera de pensar las relaciones entre la fe cristiana y el hombre contemporáneo.

Los libros tenían entonces una importancia difícil de explicar a las generaciones formadas después de Internet.

No había Google. No existían las redes sociales. No cargábamos en un teléfono una biblioteca prácticamente infinita. Encontrar un libro era descubrir un mundo. Uno compraba aquellos pequeños volúmenes, los subrayaba, volvía sobre determinadas páginas, discutía sus ideas con los amigos y los conservaba durante años.

Algunos sobrevivieron a mudanzas y viajes. Otros desaparecieron misteriosamente de nuestras bibliotecas, prestados quizá a alguien que nunca los devolvió o extraviados en alguno de los innumerables movimientos que realiza una persona a lo largo de su existencia.

Pero desaparece el libro y permanece su huella.

Ignace Lepp tenía además una biografía que contribuía a la fascinación que ejercía sobre sus lectores. Había atravesado personalmente algunas de las grandes corrientes ideológicas y espirituales del siglo XX antes de convertirse al cristianismo y ordenarse sacerdote. Esa trayectoria daba a sus reflexiones sobre el ateísmo, la fe, el marxismo y la existencia una tonalidad diferente de la de quien observa esos problemas solamente desde una biblioteca. Lepp intentaba hacer dialogar la psicología profunda con el cristianismo y las preguntas existenciales del hombre moderno.

Aquellos títulos lo dicen casi todo: Psicoanálisis del amor. Psicoanálisis de la amistad. Psicoanálisis de la muerte. Psicoanálisis del ateísmo moderno. La comunicación de las existencias. La existencia auténtica. Filosofía cristiana de la existencia.

¿Qué buscábamos leyendo aquello cuando apenas comenzábamos a vivir?

Probablemente lo mismo que seguimos buscando cuando envejecemos: entendernos.

Queríamos comprender por qué amamos, por qué sufrimos, por qué creemos, por qué dudamos, por qué necesitamos a los demás, por qué tenemos miedo de morir y qué significa llevar una existencia verdaderamente auténtica.

Por eso el recuerdo de Psicología del enfermo postrado en cama me ha conducido nuevamente hacia Carlos Lohlé y hacia Ignace Lepp. El libro de Van den Berg pertenecía exactamente a aquel universo. Su edición española de 1961 sigue registrada en bibliotecas latinoamericanas y todavía hoy aparecen ejemplares usados en el mercado internacional del libro. La Universidad Católica de Salta conserva uno en su Biblioteca Central. Incluso décadas después, estudios sobre la humanización hospitalaria continuaban recomendando la obra de Van den Berg como referencia para comprender la experiencia humana del paciente.

Van den Berg intentaba describir algo que solamente puede comprenderse completamente cuando se vive: enfermar modifica nuestro mundo.

El enfermo postrado en cama no es simplemente una persona sana colocada horizontalmente. Cambia su relación con el espacio. Cambia su relación con el tiempo. Cambia su dependencia respecto de los demás. Cambia la percepción de su propio cuerpo. Las cosas más insignificantes adquieren una dimensión inesperada.

Una puerta que se abre.

Un médico que tarda.

Una enfermera que entra.

Un medicamento que debe administrarse a determinada hora.

Una visita.

Una llamada telefónica.

La luz que entra por una ventana.

El ruido del corredor.

Y, sobre todo, la conciencia de que mientras uno permanece detenido en aquella cama, el mundo continúa andando.

Una publicación especializada en atención hospitalaria recogía precisamente una de las observaciones de Van den Berg: el enfermo nunca termina de acostumbrarse completamente a la irrupción de la enfermedad; estar en cama no se convierte para él simplemente en un hecho definitivo y normal.

Ahí reside una intuición extraordinariamente profunda. Para quienes rodean al paciente, después de varios días la hospitalización puede transformarse en una rutina. Para el enfermo, cada día continúa siendo una interrupción de su vida.

Cuando tenía dieciocho años podía leer aquello y entender intelectualmente las palabras.

Ahora, después de dos semanas internado, aquellas palabras tienen otro significado.

Hoy comprendo que leer no es lo mismo que vivir.

Pero también comprendo algo que reivindica la importancia de aquellos libros: haberlos leído nos proporciona palabras para experiencias que todavía no hemos vivido. El libro queda depositado en alguna parte de la memoria y puede permanecer allí durante cincuenta o sesenta años. Un día sucede algo y, de repente, aquellas páginas regresan.

Eso me ha ocurrido con Van den Berg.

No sé qué se hizo mi ejemplar de Psicología del enfermo postrado en cama. Tal vez lo presté. Tal vez quedó en alguna mudanza. Tal vez todavía esté escondido entre miles de páginas acumuladas durante toda una vida. Pero el título permaneció intacto en mi memoria.

Y detrás del título apareció la editorial.

Carlos Lohlé.

Después apareció otro nombre.

Ignace Lepp.

Y después comenzaron a aparecer muchos otros libros y autores.

Es como abrir una puerta que llevaba cerrada más de medio siglo y encontrar detrás de ella al joven que uno fue, todavía sentado leyendo y tratando de descubrir cómo funcionaba aquella cosa misteriosa llamada existencia.

Hay libros que uno termina de leer y olvida inmediatamente. Hay otros que creemos haber olvidado y continúan trabajando silenciosamente dentro de nosotros.

Quizá la verdadera biblioteca de una persona no sea solamente la que puede verse en los estantes de su casa.

Existe otra biblioteca.

Está formada por los libros que hemos perdido, los que prestamos y nunca regresaron, los que vendimos, los que dejamos atrás durante alguna mudanza y hasta aquellos cuyos títulos ya no podemos recordar completamente. Sin embargo, una idea, una frase o una manera de mirar el mundo quedó incorporada a nosotros.

Carlos Lohlé ayudó a construir una parte de esa biblioteca interior de muchos latinoamericanos.

Ignace Lepp estuvo allí.

J. H. van den Berg estuvo allí.

Y tantos otros.

Después de dos semanas internado en CEDIMAT, he vuelto inesperadamente a aquella biblioteca de mi juventud.

Y descubro algo que el muchacho de dieciocho años todavía no podía saber:

hay libros que leemos cuando somos jóvenes y que solamente terminamos de comprender cuando la vida, muchos años después, nos obliga a vivirlos.

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