Durante siglos el ser humano ha buscado la juventud como quien persigue un territorio perdido.

Los alquimistas soñaron con el elixir de la vida. Las antiguas civilizaciones imaginaron fuentes de eterna juventud. La cultura griega llenó sus mitos de hombres que intentaban escapar de los límites impuestos por la naturaleza. Las religiones hablaron de eternidad y las sociedades modernas construyeron una gigantesca industria alrededor del deseo de conservar un rostro joven y un cuerpo que parezca resistirse al calendario.

Pero ahora la ciencia está comenzando a formular una pregunta muchísimo más inquietante: ¿y si algunas de las huellas biológicas del envejecimiento pudieran realmente revertirse?

Y conviene decir desde el comienzo algo que para mí resulta fundamental: nada de esto entra necesariamente en contradicción con la fe cristiana.

Al contrario.

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La posibilidad de reparar el organismo, combatir la enfermedad, prolongar la autonomía de una persona y devolver determinadas funciones a células deterioradas puede entenderse perfectamente dentro de aquella antiquísima visión judeocristiana según la cual la inteligencia humana también forma parte de la Creación.

La cuestión no consiste en elegir entre Dios y el laboratorio.

Consiste en preguntarnos qué hacemos con el conocimiento que vamos adquiriendo y al servicio de quién colocamos ese conocimiento.

Yamanaka y el reloj de las células

La pregunta sobre el rejuvenecimiento dejó de pertenecer exclusivamente a la literatura fantástica cuando el científico japonés Shinya Yamanaka consiguió algo que hasta entonces parecía imposible: hacer que una célula adulta regresara a un estado semejante al de una célula embrionaria.

El descubrimiento, realizado inicialmente en 2006 y posteriormente demostrado en células humanas, transformó nuestra comprensión de la biología celular y le valió a Yamanaka, junto con John Gurdon, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2012.

TIME acaba de incluirlo entre sus grandes protagonistas de la longevidad en 2026 y vuelve sobre aquella revolución científica con una pregunta que hace veinte años habría parecido propia de una novela: si Yamanaka consiguió rejuvenecer las células, ¿podría algún día la misma tecnología revertir aspectos del envejecimiento humano?

La cuestión requiere prudencia.

Yamanaka no descubrió una medicina capaz de hacernos jóvenes nuevamente.

Descubrió algo quizá científicamente más profundo: que la edad y la especialización de una célula no constituyen necesariamente un destino irreversible.

Durante mucho tiempo se creyó que el desarrollo celular funcionaba como una calle de una sola dirección. Una célula embrionaria podía convertirse en neurona, célula cardíaca, pancreática o de la piel, pero una vez alcanzado ese estado adulto ya no podía regresar hacia el punto inicial.

Yamanaka demostró que podía hacerlo.

Identificó cuatro genes capaces de reprogramar una célula adulta hasta devolverla a una condición pluripotente. Son los llamados factores de Yamanaka, que permitieron producir las células madre pluripotentes inducidas, conocidas como células iPS.

La consecuencia conceptual fue extraordinaria.

La célula conserva, por decirlo de alguna manera, una memoria de juventud.

Puede envejecer, especializarse y deteriorarse, pero conserva información capaz, bajo determinadas condiciones, de hacer retroceder algunos de esos procesos.

Y ahora comienza el capítulo más fascinante.

Los científicos investigan si acaso no sería necesario regresar completamente la célula hasta un estado embrionario. Quizá resulte posible retroceder parcialmente su reloj biológico.

Es la llamada reprogramación parcial.

La idea resulta extraordinariamente atractiva: rejuvenecer la célula sin destruir su identidad.

Una célula cardíaca seguiría siendo cardíaca. Una neurona continuaría siendo neurona. Pero determinados mecanismos moleculares relacionados con el envejecimiento podrían recuperar características de etapas más jóvenes.

Aquí comienza la conexión entre Yamanaka y la nueva ciencia de la longevidad.

La Biblia nunca hizo un culto de la enfermedad

¿Dónde entra Dios en todo esto?

En ninguna parte de la Biblia encontramos un mandato que obligue al ser humano a permanecer enfermo cuando puede curarse.

Todo lo contrario.

El Antiguo Testamento considera la vida un bien. La longevidad aparece repetidamente como bendición. Abraham muere, según el Génesis, «en buena vejez, anciano y lleno de años». El Salmo 90 pide alcanzar la sabiduría precisamente mediante la conciencia de nuestros días: «Enséñanos a contar nuestros días para que adquiramos un corazón sensato».

Y uno de los textos más hermosos sobre la vejez aparece en el Salmo 92:

«El justo florecerá como la palmera… aun en la vejez dará fruto.»

La Escritura no promete que el cuerpo permanezca joven.

Promete algo mucho mayor: que la edad no elimina la fecundidad de la existencia.

El Nuevo Testamento profundiza todavía más esa idea.

Jesús cura.

Devuelve la vista.

Hace caminar.

Restituye al enfermo a la comunidad.

Alivia el sufrimiento.

No aparece en los Evangelios rechazando a alguien porque combatir la enfermedad significara interferir con el curso natural de la vida.

Esa observación resulta importantísima para nuestro tiempo.

La medicina no constituye una rebelión contra la Creación.

Puede convertirse precisamente en una manera de cuidarla.

Benedicto XVI: la fe no tiene miedo de la ciencia

Pocas figuras contemporáneas formularon esta relación con la precisión intelectual de Benedicto XVI.

En 2006, hablando ante la Pontificia Academia de Ciencias, sostuvo que el cristianismo no plantea un conflicto inevitable entre la fe sobrenatural y el progreso científico. Señaló incluso los avances contra las epidemias y el aumento de la esperanza de vida como ejemplos de cómo la actividad humana puede cooperar con el bien de la Creación.

Dos años después volvió sobre la cuestión. La investigación científica, explicó, posee un valor positivo porque constituye una expresión de la razón humana penetrando cada vez más profundamente en la realidad creada. La fe no tiene por qué temer el progreso científico cuando este se dirige al bienestar del hombre y al progreso de la humanidad.

Hay aquí una afirmación formidable.

Si creemos que la inteligencia humana es también producto de la Creación, ¿por qué habríamos de considerar contrario a Dios utilizar esa inteligencia para comprender una célula?

¿Por qué sería contrario a la fe reparar un corazón?

¿Por qué habría de serlo regenerar una retina?

¿Por qué resultaría moralmente sospechoso impedir que determinadas neuronas mueran prematuramente?

Benedicto XVI llegó todavía más lejos al recordar que la investigación destinada a combatir las enfermedades debe ser alentada, aunque siempre sometida a una condición fundamental: el verdadero bien del ser humano.

Ese es el punto de encuentro.

La ciencia puede decirnos cómo reprogramar una célula.

Pero no puede decidir por sí sola para qué debemos hacerlo.

Ahí comienzan la filosofía, la ética y la fe.

Teilhard de Chardin: una Creación que todavía está en marcha

Este diálogo entre ciencia y cristianismo me hace pensar inevitablemente en Pierre Teilhard de Chardin.

Sacerdote jesuita, paleontólogo y geólogo, Teilhard protagonizó uno de los grandes intentos intelectuales del siglo XX por pensar conjuntamente la evolución y el cristianismo. Se negó a contemplar la Creación como una realidad simplemente terminada en un remoto pasado.

Para él, la Creación posee una historia.

La materia se organiza.

Aparece la vida.

La vida produce conciencia.

La conciencia se abre progresivamente a una dimensión espiritual.

Y todo ese movimiento encuentra finalmente su sentido en Cristo.

No es casual que el propio Benedicto XVI, durante unas vísperas celebradas en Aosta en 2009, evocara favorablemente la «gran visión de Teilhard de Chardin» de una liturgia cósmica, en la que el universo entero se encamina hacia su transformación y ofrecimiento a Dios.

Pero Teilhard tampoco ocultó el envejecimiento ni la muerte.

En La Misa sobre el Mundo abordó esos procesos de debilitamiento, envejecimiento y muerte que atraviesan la existencia humana. Para él, la esperanza cristiana no consistía en negar esas fuerzas, sino en incorporarlas al movimiento completo de una existencia abierta finalmente hacia Dios.

Esta perspectiva puede ayudarnos a entender la investigación de Yamanaka.

Reparar una célula no destruye el sentido espiritual del envejecimiento.

Curar una enfermedad no elimina el sentido de la existencia.

Aumentar los años de vida saludable tampoco convierte al hombre en Dios.

Todo depende de que no confundamos reparación biológica con salvación.

Ignace Lepp y el hombre entero

También pienso en Ignace Lepp, sacerdote, psicólogo y psicoanalista que intentó durante décadas desmontar la falsa oposición entre la vida espiritual y los descubrimientos de la psicología moderna.

Lepp hizo algo que hoy sigue siendo necesario: contemplar al ser humano en su totalidad.

No somos solamente organismo.

Pero tampoco somos un espíritu accidentalmente encarcelado dentro de un cuerpo.

Lepp buscó precisamente una comprensión cristiana capaz de dialogar con la psicología profunda y el psicoanálisis.

Su reflexión partía de una convicción profundamente encarnada: el progreso material y científico adquiere verdadero sentido cuando está al servicio de la persona, de su libertad, de su capacidad de amar y de encontrar un sentido a su existencia.

Su mensaje resulta particularmente pertinente ahora.

No podemos reducir al anciano a unas células envejecidas.

Ni al enfermo a un órgano deteriorado.

Ni al rejuvenecimiento a una operación molecular.

La persona siempre es más grande que su biología.

Precisamente por eso debemos utilizar la biología para servir a la persona, y nunca convertir a la persona en material experimental al servicio de la biología.

Los griegos ya conocían el peligro

También aquí la cultura griega ofrece una advertencia extraordinaria.

Los griegos soñaron con la inmortalidad, pero comprendieron perfectamente que vivir eternamente no significa necesariamente vivir bien.

El mito de Titono es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.

Eos, la Aurora, obtuvo de Zeus la inmortalidad para su amado Titono, pero olvidó pedir también la eterna juventud.

Titono no murió.

Pero envejeció.

Y continuó envejeciendo sin poder morir.

Pocas metáforas antiguas describen mejor el problema moderno de la longevidad.

¿Qué conseguiríamos si prolongáramos indefinidamente la vida pero prolongáramos al mismo tiempo la fragilidad, la dependencia, la demencia y el sufrimiento?

Sería la tragedia de Titono realizada mediante la tecnología.

Por eso Yamanaka introduce una distinción decisiva.

No debemos perseguir solamente longevity.

Debemos perseguir healthy longevity.

No simplemente más años.

Más años vivibles.

Vivir más no es conquistar la inmortalidad

Aquí debe hacerse una distinción cristiana fundamental.

Aunque algún día consiguiéramos que los seres humanos vivieran 110, 120 o 150 años con buena salud, seguiríamos siendo mortales.

Incluso si lográramos rejuvenecer órganos enteros, continuaríamos siendo criaturas finitas.

El cristianismo nunca prometió inmortalidad mediante conservación biológica.

Prometió otra cosa.

Resurrección.

Y no son lo mismo.

La inmortalidad biológica significaría intentar impedir indefinidamente que el organismo muera.

La resurrección cristiana supone atravesar la muerte y recibir de Dios una vida transformada.

San Pablo lo expresa en el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios:

«Se siembra corruptible, resucita incorruptible.»

El cristiano puede querer vivir.

Puede acudir al médico.

Puede operarse.

Puede recibir un trasplante.

Puede beneficiarse de nuevos medicamentos.

Puede aceptar una terapia celular que haya demostrado ser segura y moralmente legítima.

Puede combatir hasta el último momento una enfermedad.

Nada de ello contradice su fe.

Pero sabe al mismo tiempo que ningún laboratorio podrá ofrecerle aquello que el cristianismo llama vida eterna.

La ciencia puede prolongar el bios.

No puede producir por sí sola la zoé que el Evangelio presenta como vida en plenitud.

Una frontera ética indispensable

Esto tampoco significa conceder a la investigación biomédica un cheque en blanco.

La tradición cristiana defiende apasionadamente la ciencia precisamente porque defiende apasionadamente a la persona.

Benedicto XVI lo expresó con especial claridad al hablar de la investigación con células madre: la ciencia puede realizar una contribución extraordinaria a la dignidad humana siempre que el hombre permanezca como beneficiario de la investigación y nunca sea reducido a instrumento.

En el caso de Yamanaka existe además una circunstancia particularmente interesante.

Las células iPS permitieron producir células pluripotentes a partir de células adultas, evitando en esas aplicaciones la necesidad de obtenerlas destruyendo embriones humanos.

Pero la misma tecnología abre nuevos interrogantes.

Si una célula adulta puede reprogramarse hasta generar casi cualquier tipo de célula, algún día podría utilizarse también para producir gametos. Yamanaka mismo ha advertido sobre las enormes implicaciones éticas de esas posibilidades.

Así funciona la ciencia.

Resuelve problemas y crea preguntas nuevas.

La fe no debería responder cerrando el laboratorio.

Debe entrar en la conversación.

El reloj puede retroceder, pero el tiempo continúa

Hasta ahora hemos aceptado casi resignadamente que envejecer significa una acumulación irreversible de deterioros.

El corazón pierde eficiencia.

Disminuye la masa muscular.

Los vasos sanguíneos pierden elasticidad.

Determinadas células dejan de regenerarse.

Aumenta progresivamente el riesgo de enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas.

La medicina ha combatido tradicionalmente esas consecuencias una por una.

Se trata el corazón.

Se controla la presión.

Se combate la diabetes.

Se reemplazan articulaciones.

Se preserva la visión.

Se intenta defender la memoria.

Ahora la biología pregunta si será posible intervenir también sobre mecanismos celulares comunes que acompañan al envejecimiento.

Todavía estamos lejos de saber hasta dónde podremos llegar.

Yamanaka es particularmente prudente.

Uno de los genes utilizados originalmente en la reprogramación está relacionado también con la formación de tumores. Además, rejuvenecer demasiado una célula puede hacer que pierda su identidad.

La frontera entre rejuvenecimiento y desprogramación constituye precisamente uno de los grandes desafíos del campo.

Pero ya hemos cruzado una frontera conceptual.

Durante buena parte de la historia científica se consideró imposible que una célula adulta pudiera regresar hacia características biológicas más juveniles.

Ahora sabemos que puede hacerlo.

Envejecer o no…

Hamlet preguntaba:

«Ser o no ser».

Nosotros podríamos sentirnos tentados a preguntarnos ahora:

¿envejecer o no envejecer?

Pero esa tampoco es la cuestión.

Porque envejecer sigue siendo la consecuencia de haber vivido.

Y la Biblia no desprecia esos años.

Al contrario, los carga de significado.

La vejez de Abraham.

La perseverancia de Moisés.

La ancianidad fecunda de Simeón y Ana en el Evangelio de Lucas.

La imagen bíblica no es simplemente la del hombre que resiste al tiempo.

Es la del ser humano que madura dentro del tiempo.

La ciencia quizás consiga algún día disminuir una parte del deterioro físico que acompaña esa maduración.

Bienvenida sea si lo consigue respetando la dignidad humana.

Si podemos evitar una ceguera, evitémosla.

Si podemos devolver movilidad, devolvámosla.

Si podemos reparar un corazón, reparémoslo.

Si algún día podemos impedir que millones de neuronas mueran innecesariamente, hagámoslo.

No veo en ello ninguna ofensa a Dios.

Veo la inteligencia humana explorando las posibilidades de una Creación que todavía no terminamos de comprender.

Benedicto XVI señaló que el científico descubre en la naturaleza un logos que él mismo no ha creado, una racionalidad que encuentra y procura comprender. Allí situaba precisamente uno de los lugares de encuentro entre ciencia y religión.

Y ésa podría ser también la hermosa lección de Yamanaka.

Una célula envejecida conserva posibilidades que ignorábamos.

El reloj biológico quizá no marche exclusivamente hacia adelante.

Tal vez ciertas manecillas puedan retroceder.

Pero aunque consigamos hacer retroceder algunas manecillas, el tiempo humano continuará avanzando.

Y eso no debe aterrorizarnos.

Porque para el cristiano el destino último no consiste en permanecer eternamente joven dentro de este cuerpo.

San Pablo sabía perfectamente que «nuestro hombre exterior se va desgastando», pero añadía inmediatamente que «el interior se renueva de día en día».

Ahí se encuentran, de manera sorprendente, la antigua sabiduría cristiana y la modernísima investigación celular.

Una habla de renovación interior.

La otra comienza a descubrir posibilidades insospechadas de renovación biológica.

Son planos diferentes.

No tienen por qué ser enemigos.

Por eso, frente al antiguo temor a la vejez y frente a la moderna obsesión por derrotarla, comienzo a pensar que el dilema debe formularse de otra manera.

Envejecer o no… esa no es la cuestión.

La cuestión es vivir.

Vivir plenamente mientras podamos.

Cuidar el cuerpo porque forma parte de nosotros.

Aceptar la ciencia cuando cura.

Someterla a la ética cuando puede extraviarse.

Comprender que prolongar la vida es una conquista, pero que la duración por sí sola no le concede sentido.

Y finalmente reconocer que, aunque la ciencia consiguiera algún día rejuvenecer nuestras células, permanecería abierta la pregunta que ningún microscopio puede contestar:

¿para qué queremos más tiempo?

La respuesta cristiana no consiste simplemente en tener más años.

Consiste en tener más vida dentro de nuestros años.

Amar.

Pensar.

Crear.

Servir.

Dar fruto todavía en la vejez.

Y cuando finalmente el reloj ya no pueda retroceder, comprender que para la fe cristiana la última palabra no pertenece al envejecimiento.

Ni siquiera pertenece a la muerte.

Pertenece a la Vida.

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