El asesinato de José Almoina Mateos en México en 1960 no puede comprenderse como un crimen aislado ni basta decir que era simplemente un enemigo de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Fue, a mi juicio, la culminación de una cadena de persecuciones y crímenes políticos ejecutados durante los años cincuenta por una dictadura que había extendido sus mecanismos de vigilancia y represión más allá de las fronteras dominicanas.
Para comprenderlo hay que retroceder hasta Jesús de Galíndez, examinar las ambiciones internacionales y familiares de Trujillo, su relación con la España de Francisco Franco y, especialmente, el viaje que realizó a España y al Vaticano en 1954.
Galíndez y Almoina compartían características que los hacían particularmente peligrosos para Trujillo: ambos eran españoles, habían vivido en la República Dominicana, conocían desde dentro aspectos importantes del régimen y utilizaron después la palabra escrita para denunciarlo internacionalmente.
Galíndez desapareció en Nueva York el 12 de marzo de 1956; Almoina fue atacado en Ciudad de México el 4 de mayo de 1960.
Entre ambos hechos transcurrieron cuatro años, pero pertenecen a un mismo fenómeno: la persecución exterior de hombres que Trujillo consideraba no solamente adversarios políticos, sino enemigos personales.
Trujillo no aspiraba únicamente a gobernar.
Durante treinta años construyó alrededor suyo algo parecido a una corte, con ceremonias, títulos, condecoraciones, uniformes, grandes recepciones, familiares convertidos en personajes de Estado y una permanente exaltación de la familia Trujillo.
La República Dominicana seguía siendo formalmente una república, pero el régimen tenía una evidente dimensión patrimonial y dinástica.
El dictador aspiraba también a elevar socialmente a su familia y obtener fuera del país una legitimación que su poder absoluto dentro del territorio nacional no podía garantizarle.
España y la ambición social de Trujillo.
España tenía dentro de ese proyecto una significación especial.
La España de Franco ofrecía a Trujillo afinidades políticas, culturales y anticomunistas, pero también la posibilidad de penetrar en ambientes donde seguían pesando enormemente la aristocracia, los títulos, los apellidos y la proximidad a la familia real.
En ese contexto debe examinarse el conocido interés atribuido a la familia Trujillo en una posible aproximación entre Angelita Trujillo y el joven Juan Carlos de Borbón.
Hay que ser rigurosos: Juan Carlos no era todavía Príncipe de Asturias y no conocemos ningún compromiso matrimonial formal.
Pero sí existieron testimonios y rumores persistentes sobre la aspiración de que ambos jóvenes se conocieran y eventualmente surgiera una relación.
Para Trujillo, una vinculación de esa naturaleza habría constituido la culminación de sus aspiraciones dinásticas.
Pero había un obstáculo fundamental: su reputación.
El dinero podía comprar propiedades, recepciones y relaciones, pero no podía obligar a determinados círculos de la sociedad española a aceptarlo.
Y precisamente contra esa aceptación trabajaban dos españoles que conocían demasiado sobre él.
José Almoina Mateos había llegado a la República Dominicana como exiliado republicano español y conoció el trujillismo desde dentro.
Ocupó posiciones que le permitieron observar directamente el funcionamiento del régimen y de la propia familia Trujillo.
Más tarde, establecido en México, publicó bajo el nombre de Gregorio R. Bustamante Una satrapía en el Caribe, una obra demoledora contra la dictadura.
Jesús de Galíndez representaba un peligro semejante. También había vivido en Santo Domingo y después se trasladó a Nueva York. Su investigación, conocida posteriormente como La Era de Trujillo, desmontaba ante lectores extranjeros la imagen respetable que la propaganda oficial intentaba construir.
Ambos podían perjudicar a Trujillo precisamente donde su policía y su censura tenían mayores dificultades para actuar: en el extranjero.
Y ambos eran españoles, circunstancia particularmente significativa cuando el dictador intentaba conquistar prestigio en España.
El viaje de 1954.
El viaje de Trujillo a España en 1954 fue uno de los grandes acontecimientos propagandísticos de su régimen.
Fue recibido por Francisco Franco con honores de jefe de Estado y después continuó hacia Italia y la Ciudad del Vaticano.
Trujillo quería presentarse como estadista internacional y hombre aceptado en los grandes escenarios europeos.
La composición de la comitiva merece atención porque algunos nombres reaparecerían posteriormente en acontecimientos oscuros.
Entre los hombres vinculados a la seguridad de Trujillo estuvo Franz Josef Frank, posteriormente relacionado con la operación contra Jesús de Galíndez.
La continuidad es importante: los aparatos clandestinos no se improvisan cada vez desde cero; utilizan hombres conocidos, relaciones previas y fidelidades comprobadas.
En España se encontraba también un joven periodista dominicano: Rafael Molina Morillo.
El dirigente comunista Luis Montás, en escritos partidarios y en intervenciones televisivas, entre ellas en Revista 110 del doctor Julio Hazim, ha señalado posteriormente a Molina Morillo como supuesto informante logístico en el caso Almoina.
Esa afirmación debe registrarse como acusación, no como hecho probado, pero forma parte de la historiografía polémica del caso y no debe ser ocultada.
Rafael Molina Morillo y la corte trujillista.
Molina Morillo contó él mismo su experiencia española en su libro impreso Mis recuerdos imborrables. La fuente principal, por tanto, no es una publicación digital posterior, sino su propio testimonio autobiográfico.
Estaba en España, donde había estudiado periodismo, cuando Germán Emilio Ornes le pidió permanecer allí para cubrir para El Caribe el viaje de Trujillo.
Después de aquella cobertura, el propio Molina Morillo relató que Trujillo le entregó una importante cantidad de dinero.
Al regresar a Santo Domingo pasó también brevemente por la Dirección de Prensa del Palacio Nacional.
Estos datos no prueban participación en ningún crimen, pero sí demuestran que Molina Morillo no era entonces un hombre ajeno al mundo oficial del régimen. Había cubierto a Trujillo en España, había recibido una recompensa personal del dictador y había trabajado en el Palacio Nacional. Por eso es históricamente legítimo situarlo, aunque fuese en un plano secundario, dentro de lo que puede llamarse la corte trujillista: el universo de funcionarios, militares, periodistas, diplomáticos, empresarios, familiares y colaboradores que orbitaban alrededor del poder personal de Trujillo.
Pertenecer a esa corte no convierte automáticamente a nadie en integrante del aparato criminal, pero negar esa proximidad sería igualmente contrario a los hechos.
De la prensa a la diplomacia.
La trayectoria posterior de Molina Morillo resulta particularmente significativa. Fue Secretario de la Embajada dominicana en México, luego Cónsul General en Panamá y posteriormente regresó a la representación diplomática dominicana en México.
Aquí ya no dependemos de recuerdos. Existen documentos oficiales.
El Decreto número 4806, del 15 de mayo de 1959, lo nombró Secretario de Primera Clase de la Embajada de la República en México. El mismo decreto designó a Pedro Fernández Peix para Panamá “en sustitución del Dr. Rafael Molina Morillo”, confirmando también su destino panameño anterior.
El Expediente 7631 del Senado de la República, del 26 de mayo de 1959, ratificó ese nombramiento y registró simultáneamente al doctor Marcial Martínez Larré como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en los Estados Unidos Mexicanos.
El Diario Oficial mexicano confirmó igualmente en septiembre de 1959 a Rafael Molina Morillo como Primer Secretario de la misión dominicana y consignó su residencia en Polanco.
No estamos, por tanto, ante recuerdos vagos, sino ante documentación oficial dominicana y mexicana.
El documento de la Colección Johnny Abbes.
Una de las piezas más reveladoras procede de la Colección Johnny Abbes García del Archivo General de la Nación. Está fechada en México, D. F., el 4 de agosto de 1959 y dirigida al teniente coronel John W. Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar.
La firma Osvaldo E. Díaz Fernández, funcionario de la representación diplomática dominicana en México.
El informe trata sobre exiliados nicaragüenses, posibles expediciones, actividades de Aureliano Sánchez Arango, refugiados españoles vinculados a Alberto Bayo, desplazamientos entre México y Cuba y personas relacionadas con ambientes revolucionarios y antitrujillistas.
En un momento determinado aparece una caracterización muy significativa:
“Se muestra antitrujillista.”
No es una interpretación nuestra. Está escrito en el documento.
Eso demuestra que desde México se enviaba al jefe del SIM información política sobre personas consideradas adversarias del régimen.
El documento no contiene ninguna orden para asesinar a Almoina ni demuestra que todos los funcionarios de la Embajada conocieran aquellas comunicaciones, pero prueba algo fundamental: existía un canal entre la representación diplomática dominicana en México y Johnny Abbes García, y ese canal transmitía información sobre opositores.
Ese hecho es incontrovertible.
Molina Morillo estaba en México en 1959, pero no en mayo de 1960
Aquí hay que establecer una precisión cronológica esencial. Rafael Molina Morillo estaba acreditado en México durante 1959, como demuestran el decreto dominicano, el expediente del Senado y el Diario Oficial mexicano.
Pero ya no estaba destinado en aquella Embajada cuando José Almoina fue atacado el 4 de mayo de 1960.
La precisión no debilita la investigación; la fortalece.
Lo relevante es que Molina Morillo había formado parte de la Embajada durante el período inmediatamente anterior, cuando Almoina vivía en México y cuando está documentalmente comprobado que desde esa representación se remitían informaciones a Johnny Abbes.
Hasta ahí llegan los hechos probados. Cualquier afirmación sobre una eventual participación personal de Molina Morillo en tareas de vigilancia contra Almoina requiere evidencias adicionales.
Galíndez había demostrado hasta dónde podía llegar Trujillo.
El gran precedente fue Jesús de Galíndez. Su desaparición en Nueva York el 12 de marzo de 1956 fue reconstruida históricamente como una operación clandestina vinculada al aparato trujillista. El caso demostró que para Trujillo las fronteras nacionales no constituían necesariamente los límites de su represión.
Aquí reaparece Franz Josef Frank, relacionado con aquella operación y previamente vinculado a la seguridad de Trujillo durante el viaje europeo de 1954. Hay, por tanto, una continuidad de hombres, métodos y estructuras que merece atención.
Pero existe también continuidad entre las víctimas. Galíndez había escrito contra Trujillo. Almoina había escrito contra Trujillo. Ambos habían conocido la República Dominicana, ambos eran españoles y ambos podían explicar ante públicos extranjeros qué existía detrás de la fachada internacional del régimen.
Donde más le dolía.
¿Por qué Trujillo desarrolló semejante odio contra ellos? Decir simplemente que eran opositores no basta. Trujillo tenía muchos opositores.
Galíndez y Almoina poseían algo distinto: credibilidad derivada de su conocimiento personal del régimen y capacidad para publicar fuera del alcance de la censura dominicana. Una satrapía en el Caribe y La Era de Trujillo dañaban precisamente la imagen respetable que el dictador intentaba construir.
Y ese daño tenía una importancia extraordinaria en España.
Trujillo podía organizar grandes recepciones, aparecer junto a Franco, recibir honores oficiales y ser recibido en el Vaticano.
Pero no podía ordenar a la aristocracia española que lo aceptara, ni impedir que dos españoles que habían vivido bajo su régimen explicaran quién era realmente.
Dentro de ese contexto adquiere sentido la aspiración alrededor de Angelita y Juan Carlos de Borbón.
No hubo, hasta donde conocemos, un compromiso formal, pero sí una ambición social y dinástica. Para la familia Trujillo habría significado ascender hasta un mundo que ni siquiera el poder absoluto en Santo Domingo podía comprar completamente.
Y precisamente allí la reputación era decisiva.
Los libros de Galíndez y Almoina no solamente denunciaban una dictadura. Desacreditaban al hombre y a su familia ante el mundo cuya aceptación buscaban.
Una explicación para la venganza.
Mi interpretación es que aquí se encuentra una de las claves fundamentales de la ferocidad de Trujillo contra ambos. No afirmo que exista una orden escrita diciendo que debían morir porque frustraron sus aspiraciones españolas. Probablemente semejante documento nunca existió.
Lo que sí existe es una secuencia histórica coherente: búsqueda de legitimación española, aspiraciones sociales y familiares, viaje triunfal de 1954, presencia de hombres que después aparecen vinculados a operaciones clandestinas, publicaciones devastadoras de Galíndez y Almoina, deterioro de la imagen internacional del dictador y finalmente persecución y eliminación de ambos escritores.
La historia no se construye solamente encontrando una hoja de papel donde el criminal confiesa sus motivos. También se reconstruye mediante la convergencia de acontecimientos documentados.
El asesinato de Almoina y México.
José Almoina fue atacado en Ciudad de México el 4 de mayo de 1960. Para entonces Molina Morillo ya no estaba destinado en aquella Embajada, pero la estructura de vigilancia dominicana en México había existido.
El documento del 4 de agosto de 1959 demuestra que desde la representación dominicana se enviaba información directamente al jefe del SIM.
Almoina, además, no era un desconocido para el régimen: su enfrentamiento con Trujillo venía de años atrás.
El crimen ocurrió durante la presidencia de Adolfo López Mateos y colocó a México ante una cuestión que trascendía un homicidio común. Si agentes relacionados con una dictadura extranjera habían utilizado territorio mexicano para eliminar a un adversario político, estaba comprometida la soberanía nacional.
La investigación mexicana condujo hacia ejecutores cubanos vinculados anteriormente al aparato represivo de Fulgencio Batista y hacia posibles conexiones dominicanas. Ese mecanismo es típico de las operaciones clandestinas: se utilizan intermediarios, antiguos policías, extranjeros y contactos privados para mantener distancia entre quien ordena y quien ejecuta.
Lo que se escribe y lo que no se escribe.
Aquí surge una cuestión metodológica fundamental. A veces se exige encontrar una orden firmada por Trujillo o Johnny Abbes para aceptar la existencia de una operación clandestina. Pero eso desconoce precisamente cómo trabajan estos aparatos.
Hay hechos que se ejecutan y no se describen en tinta y papel.
La orden decisiva puede darse oralmente, transmitirse mediante intermediarios, expresarse en lenguaje ambiguo o fragmentarse entre varias personas. Uno identifica al objetivo, otro estudia sus movimientos, otro consigue dinero, otro busca ejecutores, otro proporciona transporte y otro mata. Quizás solamente uno o dos conocen el propósito completo.
Por eso puede que nunca aparezca una carta diciendo: “Asesinen a José Almoina.” Quizás nunca existió.
Pero sí existen documentos sobre el aparato que hacía posible semejante operación. Y eso es precisamente lo que encontramos en la Colección Johnny Abbes.
Ni desconocer a Molina Morillo ni condenarlo sin pruebas.
La presencia de Rafael Molina Morillo en esta historia debe tratarse con el mismo rigor. Estuvo en España durante el viaje de Trujillo de 1954, cubrió aquel acontecimiento, reconoció en sus memorias haber recibido posteriormente una importante recompensa del dictador, trabajó brevemente en el Palacio Nacional y después desempeñó funciones diplomáticas bajo el régimen.
Estuvo en México, pasó por Panamá y regresó a México. El Estado dominicano lo nombró oficialmente Secretario de Primera Clase de la Embajada en mayo de 1959; el Senado ratificó el nombramiento y México lo registró como Primer Secretario.
Durante ese período existía además un canal de información desde aquella Embajada hacia Johnny Abbes.
Todo eso es historia documentada.
Pero Molina Morillo ya no estaba allí cuando Almoina fue atacado en mayo de 1960. También eso debe decirse.
No hace falta manipular fechas para formular preguntas históricas legítimas.
Dos españoles, dos libros y dos muertos.
Al final regresamos a Galíndez y Almoina: dos españoles, dos antiguos residentes en la República Dominicana, dos hombres que conocieron el régimen, dos escritores, dos libros que circularon fuera del alcance de la censura dominicana y finalmente dos hombres muertos.
No creo que esa secuencia pueda reducirse a una casualidad.
Habían golpeado algo extraordinariamente sensible para Trujillo: su prestigio personal y familiar, precisamente ante sociedades cuya aceptación buscaba y particularmente ante España.
Mientras Trujillo intentaba aparecer junto a Franco como estadista respetable y mientras su familia aspiraba a penetrar en determinados ambientes de la sociedad española, Galíndez y Almoina contaban otra historia: la verdadera naturaleza de la dictadura.
Por eso considero que el asesinato de José Almoina fue la culminación de una historia que comenzó mucho antes del 4 de mayo de 1960.
