Una noticia aparentemente pequeña procedente de Italia me ha llamado poderosamente la atención. Y debo decir desde el comienzo que no ha sido principalmente porque el protagonista sea el Papa León XIV.
Este sábado, después de concluir su visita pastoral a la República de San Marino y antes de trasladarse a Rimini, León XIV hizo una parada privada en Pennabilli, en el valle del Marecchia, para visitar el monasterio agustino de San Antonio de Padua.
El gesto tiene naturalmente una explicación personal. Robert Francis Prevost conoce aquella comunidad desde hace muchos años. Cuando era Prior General de la Orden de San Agustín visitó el monasterio en 2005 y nuevamente en 2009. Ahora regresó como Papa.
Pero no es eso lo que más me interesa.
Lo que verdaderamente me ha impresionado son las monjitas.
Las llaman las Sorelle della Roccia, las Hermanas de la Roca, porque su monasterio se encuentra sobre el peñón de Pennabilli. El establecimiento religioso fue fundado en 1517 y está dedicado a San Antonio de Padua. Allí continúa viviendo hoy una comunidad agustina joven y sorprendentemente dinámica: once religiosas de votos solemnes, dos de votos temporales, una novicia y una postulante.
Rezan.
Trabajan.
Estudian.
Tienen talleres de carpintería y vidrieras y cultivan un huerto biointensivo al que han puesto un nombre bellísimo: Orto Amoris, el Huerto del Amor.
El nombre procede de una conocida formulación de San Agustín en La Ciudad de Dios: ordo est amoris, el orden del amor.
Pero detrás de esa tranquila vida monástica existe una historia extraordinaria de supervivencia.
En 1861 les quitaron el monasterio
Las religiosas agustinas llegaron a Pennabilli y allí se encontraron con una de las grandes tormentas políticas de la Italia contemporánea.
En 1861, precisamente el año de la proclamación del Reino de Italia, fueron despojadas de su monasterio dentro del proceso mediante el cual el nuevo orden político italiano suprimió numerosas comunidades religiosas y confiscó bienes eclesiásticos.
Conviene detenerse ante esa fecha.
1861.
Italia acababa de convertirse en Estado.
Víctor Manuel II de Saboya era proclamado rey de Italia.
El Risorgimento entraba en su fase triunfante y la nueva monarquía pretendía construir un Estado moderno, centralizado y liberal sobre territorios que durante siglos habían vivido bajo dinastías, administraciones, tradiciones y soberanías diferentes.
Para aquel nuevo Estado, numerosas instituciones religiosas parecían pertenecer al pasado.
Entre ellas estaban aquellas monjitas.
Les quitaron su monasterio.
Pero no pudieron quitarles su comunidad.
Y aquí comienza la parte de la historia que me parece verdaderamente formidable.
Las monjas sobrevivieron al Estado que había decidido despojarlas.
No organizaron un ejército.
No levantaron barricadas.
No hicieron una revolución.
Persistieron.
Esperaron.
Rezaron.
Trabajaron.
Y en 1900, casi cuarenta años después de haber sido despojadas, consiguieron recomprar su propio monasterio.
Aquello que el nuevo Estado les había quitado en nombre del progreso y de la reorganización nacional volvió finalmente a sus manos mediante la perseverancia.
Y después protegieron a otros
La historia todavía reservaba otras pruebas.
Llegaron la Primera Guerra Mundial, el fascismo y finalmente la Segunda Guerra Mundial.
Durante aquella tragedia, el monasterio que había sobrevivido a las confiscaciones abrió sus puertas para proteger a otros.
Las agustinas acogieron a dos comunidades de religiosas que los alemanes pretendían deportar a Alemania, además de jóvenes pertenecientes a familias desplazadas de Rimini.
Hay una extraordinaria ironía moral en esa secuencia.
Primero fueron ellas las perseguidas.
Después se convirtieron en refugio de los perseguidos.
El monasterio que un Estado había considerado prescindible terminó ofreciendo protección cuando los Estados europeos estaban destruyéndose entre sí.
Pero esta historia había comenzado mucho antes
Pennabilli me hizo recordar inmediatamente otro tema sobre el cual he escrito: las rivolte dimenticate, las rebeliones olvidadas contra las invasiones revolucionarias y napoleónicas de Italia.
Porque existe una tendencia a contar la historia italiana moderna como una marcha inevitable hacia 1861: Revolución francesa, Napoleón, Risorgimento, Garibaldi, Cavour, Víctor Manuel II y finalmente la unidad nacional.
La historia verdadera fue muchísimo más complicada.
Las tropas francesas que entraron en Italia a finales del siglo XVIII no fueron recibidas en todas partes como libertadoras. Hubo resistencias, levantamientos populares, comunidades rurales y religiosas que percibieron al nuevo poder como una invasión extranjera que pretendía transformar violentamente instituciones, creencias y formas de vida construidas durante siglos.
Son las rivolte dimenticate.
Aquellas rebeliones fueron derrotadas muchas veces militarmente y posteriormente quedaron relegadas en determinados relatos nacionales porque no encajaban cómodamente en la imagen de un proceso lineal de liberación italiana.
Pero los pueblos conservaron su memoria.
La Italia que existía antes de Italia
Hace poco escribí también sobre la extraordinaria Fiesta de San Antonio de los Capuchinos de Montesano sulla Marcellana, en la provincia de Salerno.
La celebración está documentada desde el siglo XVII.
Eso significa algo extraordinario.
Cuando los habitantes de Montesano comenzaron a celebrar solemnemente a San Antonio, Italia todavía no existía como Estado unificado.
Faltaban aproximadamente dos siglos para 1861.
Y, sin embargo, aquella tradición sobrevivió.
Pasaron dinastías.
Llegaron los ejércitos napoleónicos.
Llegó el Risorgimento.
Llegaron los Saboya.
Llegó la Primera Guerra Mundial.
Llegó Mussolini.
Llegó la Segunda Guerra Mundial.
Cayó la monarquía.
Nació la República.
Italia se industrializó, se urbanizó, se integró en Europa y entró en la revolución tecnológica.
Y todavía cada junio San Antonio recorre las calles de Montesano sulla Marcellana.
Esto permite comprender algo que frecuentemente olvidamos:
Italia existía antes del Estado italiano.
Existía como civilización.
Existía en sus ciudades.
En sus pueblos.
En sus parroquias.
En sus conventos.
En sus universidades.
En sus familias.
En sus dialectos.
En sus procesiones.
En su música.
En sus santos.
En sus campanarios.
En sus pequeñas comunidades.
El Estado italiano nació en 1861.
Italia tenía ya muchos siglos.
Roma tampoco pertenece para siempre a nadie
Y aquí debemos evitar una interpretación demasiado sencilla.
Esta historia no puede convertirse únicamente en una acusación contra los Saboya ni en una idealización retrospectiva del poder temporal de los papas.
Porque Roma nos enseña algo todavía más profundo.
Roma tiene una manera particular de castigar a quienes creen poseerla para siempre.
La ciudad que vio desfilar a los césares, que fue saqueada por Alarico en 410 y por los vándalos de Genserico en 455, ocupada por emperadores germanos, condotieros, ejércitos extranjeros, papas, franceses e italianos, nunca ha pertenecido completamente a nadie.
A veces parece entregarse.
Después se rebela.
Los propios papas tuvieron que aprender esa lección.
El poder temporal pontificio no cayó del cielo. Se construyó históricamente.
Después de la desaparición del Imperio Romano de Occidente, el obispo de Roma comenzó a llenar parte del vacío político existente. Gregorio Magno, entre 590 y 604, administraba alimentos, negociaba con los lombardos y realizaba funciones que iban mucho más allá de las estrictamente religiosas.
En el siglo VIII, las donaciones de Pipino el Breve proporcionaron la base territorial de los Estados Pontificios. Carlomagno, coronado emperador por León III en San Pedro en el año 800, consolidó aquella extraordinaria alianza entre altar y espada.
Durante siglos el Papa fue pastor y soberano.
Y algunos pontífices terminaron comportándose como verdaderos príncipes.
Julio II fue conocido como el Papa guerrero.
Alejandro VI Borgia encarnó la combinación extrema de religión, política, familia y poder.
Paulo III Farnese fortaleció los intereses dinásticos de los suyos.
Los papas también creyeron, durante siglos, que Roma les pertenecía.
Roma les demostraría lo contrario.
Gregorio VII salvado y expulsado
Una de las escenas más impresionantes ocurrió en 1084.
Gregorio VII, el formidable Hildebrando que había enfrentado al emperador Enrique IV durante la Querella de las Investiduras y lo había obligado a buscar el perdón en Canossa en 1077, terminó atrapado en Roma.
Enrique IV regresó.
Ocupó la ciudad.
Instaló al antipapa Clemente III.
Gregorio pidió entonces ayuda extranjera.
Llegó Roberto Guiscardo con sus normandos.
Salvaron al Papa, pero Roma pagó el precio.
Hubo saqueos, incendios y devastación. Los libertadores se comportaron como conquistadores.
Gregorio VII fue salvado militarmente y derrotado políticamente.
Tuvo que abandonar Roma.
Murió en Salerno en 1085 recordando que había amado la justicia y odiado la iniquidad y que por ello moría en el exilio.
La lección estaba escrita:
quien necesita fuerzas extranjeras para conservar Roma ya ha comenzado a perderla.
Pío IX aprendió la misma lección
Ocho siglos después, Giovanni Maria Mastai Ferretti, Pío IX, viviría otra versión del mismo drama.
Elegido en 1846 y recibido inicialmente como una esperanza reformadora, vio derrumbarse su mundo durante las revoluciones de 1848.
Después del asesinato de Pellegrino Rossi, la noche del 24 de noviembre de 1848 Pío IX huyó de Roma y buscó refugio en Gaeta bajo la protección de Fernando II de Borbón, rey de las Dos Sicilias.
En febrero de 1849 nació la República Romana.
Mazzini, Saffi y Armellini asumieron su dirección política.
Garibaldi participó en su defensa.
Y nuevamente un Papa necesitó fuerzas extranjeras para recuperar Roma.
Esta vez fueron los franceses.
La República Romana fue derrotada y Pío IX regresó.
Pero regresó protegido por bayonetas extranjeras.
Y aquella protección tampoco sería eterna.
Porta Pia
En 1870 Napoleón III cayó frente a Prusia y Francia retiró las tropas que protegían al Papa.
El Reino de Italia aprovechó la oportunidad.
El 20 de septiembre de 1870, las tropas italianas abrieron la Brecha de Porta Pia.
No cayó solamente una muralla.
Cayó un mundo.
El poder temporal pontificio desapareció.
Roma se convirtió en capital del Reino de Italia.
Pío IX se declaró prisionero en el Vaticano.
La Cuestión Romana permanecería abierta hasta los Pactos de Letrán de 1929, cuando el Reino de Italia y la Santa Sede reconocieron finalmente el Estado de la Ciudad del Vaticano.
El Papa había perdido enormes territorios.
Le quedaron apenas unas decenas de hectáreas.
Pero ocurrió una paradoja histórica.
Cuando el Papado perdió territorio, ejército y poder temporal, comenzó progresivamente a ejercer otra clase de influencia mundial.
Roma le quitó el territorio y le dejó el símbolo.
Y tampoco los Saboya permanecieron
Los Saboya parecían haber ganado.
Habían conseguido aquello que Napoleón no logró hacer permanente: construir un Estado italiano unificado.
Víctor Manuel II fue rey de Italia.
Roma se convirtió en su capital.
El Quirinal, antigua residencia pontificia, pasó a ser residencia de los reyes de Italia.
Parecía el triunfo definitivo.
Pero Roma no concede victorias eternas.
Después llegaron Víctor Manuel III, el fascismo, Mussolini, las leyes raciales, la alianza con Hitler, la guerra y la catástrofe nacional.
Y llegó 1946.
Los italianos fueron llamados a decidir entre Monarquía y República.
La República ganó.
Humberto II abandonó Italia.
La dinastía que había construido el Reino desapareció del trono.
Y entonces aparece una de esas ironías que solamente la historia puede producir.
En 1861 el nuevo Estado de los Saboya pudo despojar a las monjas de Pennabilli de su monasterio.
En 1900 las monjas habían recuperado su casa.
En 1946 los Saboya perdieron la Corona y tuvieron que marcharse.
Las monjas permanecieron.
Napoleón se fue. Los Saboya se fueron. Las monjas permanecieron
Esa pequeña comunidad permite comprender una historia italiana mucho mayor.
Napoleón pasó.
Los ejércitos franceses pasaron.
Las repúblicas revolucionarias pasaron.
Los Estados Pontificios desaparecieron.
El Papa dejó de ser rey de extensos territorios.
Los Saboya llegaron, construyeron su Reino y perdieron la Corona.
Mussolini apareció proclamando una nueva grandeza imperial y terminó también convertido en un episodio terrible de la historia.
Pero las comunidades permanecieron.
En Montesano sulla Marcellana todavía sale San Antonio.
En Pennabilli todavía rezan las agustinas.
Y quizá allí se encuentre una de las claves para comprender la extraordinaria capacidad de supervivencia de Italia.
La fortaleza de esa nación no reside solamente en el Estado creado en el siglo XIX.
Reside también —y quizá sobre todo— en miles de comunidades que existían mucho antes que él.
Pueblos.
Familias.
Parroquias.
Monasterios.
Cofradías.
Tradiciones.
Fiestas patronales.
Devociones.
Una memoria transmitida de generación en generación que ha resultado más resistente que muchas constituciones, ejércitos y dinastías.
León XIV vuelve a la Roca
Y por eso volvamos finalmente a aquella noticia que originó estas reflexiones.
León XIV llegó a Pennabilli.
Había estado allí en 2005.
Regresó en 2009.
Ahora volvió vestido de blanco, convertido en sucesor de Pedro.
Pero, para mí, lo extraordinario no es solamente que un antiguo Prior General de los Agustinos haya regresado como Papa a visitar a sus hermanas.
Lo extraordinario es que las monjitas estaban allí para recibirlo.
Más de cinco siglos después de la fundación del monasterio.
Ciento sesenta y cinco años después de haber sido despojadas de él.
Después de Napoleón.
Después del Risorgimento.
Después de los Saboya.
Después de Porta Pia.
Después del fascismo.
Después de dos guerras mundiales.
Después de la caída de la Monarquía.
Después de la transformación económica, cultural y tecnológica de Italia.
Siguen allí.
Rezan.
Trabajan.
Estudian.
Cultivan su Orto Amoris.
Y esperan al Papa.
Quizá San Agustín nos proporcione la explicación más profunda.
Ordo est amoris.
El verdadero orden es el orden del amor.
Los imperios organizan territorios.
Los ejércitos conquistan ciudades.
Los reyes levantan Estados.
Los revolucionarios derriban instituciones.
Los gobiernos confiscan propiedades.
Pero ninguna de esas cosas garantiza la permanencia.
La permanencia pertenece muchas veces a quienes hacen algo aparentemente mucho más pequeño: custodiar una comunidad, transmitir una fe, conservar una memoria y comenzar nuevamente cada mañana.
Roma tiene una manera particular de castigar a quienes creen poseerla para siempre.
Quizá Italia también.
Napoleón se fue.
El Papa-rey desapareció.
Los Saboya se fueron.
Mussolini se fue.
Las monjitas siguen allí.
Y cuando León XIV llegó a Pennabilli en 2026, fueron ellas quienes abrieron la puerta.
