Cuando trabajar ya no basta para vivir
La advertencia de Mattarella sobre salarios insuficientes resuena en República Dominicana, donde el crecimiento económico no siempre garantiza una vida digna.
- La Constitución italiana, en su artículo 36, garantiza remuneración suficiente para una existencia libre y digna.
- En 2026, salarios reales italianos seguían 6.1% debajo de niveles del primer trimestre de 2021.
- La OCDE proyecta otra caída de aproximadamente 0.9% en salarios reales italianos durante 2026.
- Actualizado:
- Publicado:
De la advertencia de Sergio Mattarella en Italia a una realidad que también debemos mirar en la República Dominicana
Hay una frase que debería preocupar a cualquier sociedad moderna:
Trabajar ya no basta para vivir con dignidad.
Durante generaciones, el trabajo representó mucho más que recibir un salario a final de mes. Significaba independencia, estabilidad, posibilidad de formar una familia, alquilar o comprar una vivienda, educar a los hijos, ahorrar algo para la vejez y, con esfuerzo, ascender socialmente.
Ese pacto parece estar debilitándose.
El presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, viene advirtiendo sobre esta realidad. No se trata simplemente de una opinión política. La propia Constitución italiana establece, en su artículo 36, que el trabajador tiene derecho a una remuneración suficiente para garantizarle, a él y a su familia, una existencia «libre y digna». Mattarella ha recordado expresamente ese principio y ha señalado que la cuestión salarial afecta particularmente a los jóvenes, muchos de los cuales terminan emigrando por las dificultades para encontrar empleos adecuadamente remunerados.
Y los números explican su preocupación.
Según la OCDE, durante el primer trimestre de 2026 los salarios reales italianos todavía se encontraban 6.1 por ciento por debajo de los niveles del primer trimestre de 2021, la mayor brecha entre las principales economías de la organización. Peor todavía: la OCDE proyecta una nueva caída de los salarios reales italianos de aproximadamente 0.9 por ciento durante 2026.
Esto significa algo muy sencillo.
Puede aumentar el salario nominal y, sin embargo, empobrecerse el trabajador.
Porque lo importante no es solamente cuántos euros aparecen en la nómina.
Lo importante es cuántos alimentos, cuánta electricidad, cuánto transporte, cuánta vivienda, cuántas medicinas y cuánta educación pueden comprarse con esos euros.
Los jóvenes que Italia educa y otros países aprovechan
Hay además una contradicción extraordinaria.
Italia posee universidades excelentes.
Forma médicos.
Ingenieros.
Investigadores.
Arquitectos.
Economistas.
Informáticos.
Profesionales altamente preparados.
Pero muchos terminan marchándose.
Mattarella ha llamado la atención precisamente sobre ese fenómeno: numerosos jóvenes bien formados abandonan Italia para trabajar en otros países, mientras el sistema productivo italiano necesita trabajadores.
Es una pérdida económica formidable.
La familia italiana mantiene al niño.
El Estado contribuye a educarlo.
La universidad lo prepara.
La sociedad financia durante veinte o veinticinco años la formación de ese capital humano.
Y cuando finalmente ese joven está preparado para producir, innovar y pagar impuestos, se marcha.
Alemania, Suiza, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos u otra economía recibe entonces buena parte del beneficio de una inversión realizada por Italia.
Pero detrás de esa emigración existe otra cuestión todavía más profunda.
¿Cómo forma una familia un joven que no sabe cuánto ganará dentro de seis meses?
¿Cómo compra una vivienda?
¿Cómo tiene hijos?
¿Cómo construye un proyecto de vida?
La precariedad salarial termina convirtiéndose también en precariedad demográfica.
Y por eso salarios, emigración juvenil, vivienda y caída de la natalidad no son problemas independientes.
Son distintas manifestaciones de una misma crisis.
El trabajador pobre
Durante mucho tiempo asociamos pobreza y desempleo.
El pobre era, en nuestra imaginación tradicional, quien no tenía trabajo.
Ahora aparece una categoría mucho más inquietante:
el pobre que trabaja.
Se levanta temprano.
Toma el autobús o el metro.
Cumple ocho horas.
A veces diez.
Regresa a su casa.
Y sigue siendo pobre.
Porque después de pagar alquiler, electricidad, alimentos, transporte, medicamentos y obligaciones familiares, prácticamente no queda nada.
El problema comienza entonces a adquirir una dimensión moral.
Porque si una economía necesita trabajadores pero el trabajo que ofrece no permite vivir dignamente, algo fundamental está funcionando mal.
No significa desconocer las necesidades de las empresas.
Las empresas necesitan beneficios.
Necesitan capital.
Necesitan invertir.
Necesitan innovar.
Necesitan competir.
Sin empresas rentables tampoco existen empleos sostenibles.
Pero una economía tampoco puede funcionar indefinidamente mediante una separación creciente entre quienes participan de los beneficios del crecimiento y quienes únicamente reciben salarios que apenas alcanzan para sobrevivir.
Y llegamos a la República Dominicana
Aquí es donde la reflexión italiana debe interesarnos particularmente.
La República Dominicana ha experimentado durante décadas uno de los procesos de crecimiento económico más importantes de América Latina.
Eso debe reconocerse.
También se ha producido una reducción importante de la pobreza. El Banco Mundial señala que la pobreza oficial dominicana descendió del 23 por ciento en 2023 al 19 por ciento en 2024, mientras la pobreza extrema cayó del 3.2 al 2.4 por ciento.
Es un avance importante.
Pero crecimiento económico y reducción estadística de la pobreza no significan automáticamente bienestar suficiente para todas las familias.
Porque existe otra pregunta:
¿Cómo vive quien trabaja?
¿Cuánto cuesta alquilar una vivienda?
¿Cuánto cuesta llenar la nevera?
¿Cuánto cuesta transportarse?
¿Cuánto cuesta mantener dos hijos estudiando?
¿Cuánto cuestan los medicamentos?
¿Cuánto cuesta la electricidad?
¿Cuánto puede ahorrar mensualmente un trabajador después de pagar todo eso?
Ahí comienza la verdadera discusión sobre los salarios.
Además, nuestro mercado laboral mantiene importantes niveles de vulnerabilidad e informalidad. Los datos internacionales siguen mostrando una proporción considerable de trabajadores dominicanos en modalidades laborales vulnerables y con menor protección social.
Por eso debemos tener cuidado cuando medimos el progreso exclusivamente mediante el Producto Interno Bruto.
El PIB puede crecer mientras una familia siente que retrocede.
Puede crecer la economía mientras resulta cada vez más difícil comprar una casa.
Pueden levantarse torres extraordinarias mientras miles de trabajadores no pueden pagar un apartamento.
Pueden circular automóviles de cien mil dólares mientras otra parte de la población calcula cuidadosamente cuánto combustible puede comprar para llegar al trabajo.
Las dos realidades pueden coexistir.
Y precisamente por eso existe la desigualdad.
El salario es también democracia
Existe finalmente una dimensión política que muchas veces olvidamos.
Una democracia necesita ciudadanos económicamente independientes.
Una persona permanentemente desesperada por conseguir comida, pagar el alquiler o comprar medicamentos posee formalmente todos sus derechos políticos, pero su libertad real se encuentra severamente limitada.
Por eso el salario no es solamente una cuestión empresarial.
Ni solamente sindical.
Ni solamente económica.
Es también una cuestión de ciudadanía.
Una sociedad de trabajadores pobres termina convirtiéndose en una sociedad frágil.
Y una sociedad extremadamente desigual acumula resentimientos que tarde o temprano aparecen en la política.
Italia está discutiendo hoy estas cuestiones porque comienza a comprender las consecuencias.
Nosotros deberíamos hacerlo también.
No para copiar mecánicamente las soluciones italianas.
Sino para formular nuestra propia pregunta nacional:
¿Para qué sirve crecer si una parte importante de quienes producen ese crecimiento no puede vivir dignamente de su trabajo?
El desarrollo verdadero no puede consistir solamente en producir más riqueza.
Debe permitir distribuir oportunidades.
Crear patrimonio familiar.
Facilitar vivienda.
Garantizar educación.
Proteger la vejez.
Permitir ahorrar.
Y ofrecer a los jóvenes razones para quedarse, trabajar, formar familias y construir su futuro dentro de su propio país.
Sergio Mattarella está poniendo sobre la mesa una cuestión que trasciende las fronteras italianas.
Es una advertencia para todas nuestras sociedades.
Porque cuando una persona trabaja honradamente todos los días y aun así no consigue vivir dignamente, el problema ya no es solamente del trabajador.
Es del sistema económico.
Es de la sociedad.
Y finalmente es del Estado.
Trabajar tiene que volver a servir para vivir.
No simplemente para sobrevivir.
