La sabiduría del mundo y la sabiduría de Dios 

La sabiduría humana puede ser limitada ante la de Dios. La tecnología avanza, pero las preguntas existenciales persisten. La fragilidad humana nos recuerda.

  • El autor fue sometido a una angioplastia coronaria el 6 de agosto.
  • Durante el procedimiento médico, le colocaron cuatro stents por una afección coronaria.
  • Su experiencia en periodismo, política dominicana y diplomacia reforzó la idea de la fugacidad del poder.
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Víctor Grimaldi Céspedes

Hay momentos de la vida en que creemos haber aprendido mucho. Los años, los libros, los viajes, las responsabilidades asumidas, los éxitos, las decepciones y también los golpes recibidos van construyendo en nosotros una cierta seguridad. Pensamos que conocemos a los hombres, que entendemos cómo funciona el mundo y que, después de haber vivido suficientemente, podemos incluso anticipar lo que ocurrirá mañana.

A estas alturas de mi vida he visto pasar gobiernos, presidentes, partidos, revoluciones, guerras, crisis internacionales y transformaciones tecnológicas que en mi juventud hubieran parecido propias de la ciencia ficción.

Ejercí el periodismo desde muy joven, he vivido de cerca la política dominicana, he dedicado años a estudiar episodios dolorosos de nuestra historia y, más tarde, la diplomacia me permitió contemplar el poder desde escenarios muy diferentes. He visto el poder de cerca y también su fugacidad.

Roma me enseñó mucho sobre eso. Quien camina por aquella ciudad está rodeado de las huellas de hombres e imperios que alguna vez se consideraron invencibles. El Foro Romano, el Palatino, la Via Appia, las grandes basílicas y los palacios recuerdan que aquello que los hombres consideran eterno suele durar mucho menos de lo que imaginan.

Y después de tantos años, san Pablo aparece todavía con una advertencia capaz de sacudir nuestras seguridades: «Que nadie se engañe».

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En ese pasaje de la Primera Carta a los Corintios, Pablo sostiene que quien se considera sabio según los criterios del mundo debe comenzar por reconocer su propia ignorancia si realmente quiere alcanzar la sabiduría. No propone despreciar la inteligencia, sino algo mucho más difícil: la humildad intelectual y espiritual.

Durante mi vida he leído y he escrito bastante. He buscado documentos, confrontado testimonios, revisado archivos y tratado de comprender acontecimientos sobre los cuales durante décadas se repitieron versiones que posteriormente los documentos obligaron a revisar. Esa experiencia me enseñó algo elemental: una cosa es estar convencido de que conocemos la verdad y otra muy distinta poseer todos los elementos necesarios para comprenderla.

La historia debería enseñarnos humildad. También debería enseñársela la ciencia al científico, la política al gobernante, la economía al empresario, la medicina al médico y la tecnología a quienes creen que un algoritmo puede terminar explicando la totalidad del ser humano.

El cristianismo nunca ha necesitado declarar enemiga a la razón. San Agustín buscó comprender aquello que creía y Santo Tomás de Aquino construyó uno de los grandes monumentos intelectuales de Occidente sobre el diálogo entre la fe y la razón. El problema comienza cuando la razón deja de reconocerse como instrumento para comprender la realidad y pretende convertirse en medida absoluta de todas las cosas.

Nuestro tiempo ofrece un ejemplo extraordinario. La humanidad observa galaxias situadas a distancias inmensas, interviene en el cuerpo humano con una precisión inimaginable hace pocas décadas, transmite información instantáneamente alrededor del planeta y construye sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar cantidades gigantescas de datos.

Sin embargo, seguimos haciéndonos las mismas preguntas que acompañaron al hombre de la Antigüedad: quiénes somos, para qué vivimos, por qué sufrimos, qué significa amar y qué queda finalmente de nosotros cuando desaparecen el poder, los honores, el dinero y la propia vida.

La tecnología puede multiplicar nuestras capacidades, pero no necesariamente nuestra sabiduría. Por eso aquella advertencia escrita hace casi dos mil años parece destinada también al siglo XXI: «La sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios».

Con los años he comprendido mejor esas palabras. Pero confieso que las comprendo de una manera todavía diferente después de lo que me ocurrió el pasado 6 de agosto, cuando tuve que ser sometido a una angioplastia coronaria y me colocaron cuatro stents.

No necesito convertir esta reflexión en una historia clínica. Lo importante es otra cosa: hay experiencias que dividen silenciosamente nuestra percepción de la vida entre un antes y un después.

Podemos saber intelectualmente que somos frágiles. Podemos haber acompañado la enfermedad y la muerte de otros, haber leído a filósofos y teólogos sobre la condición humana y haber repetido muchas veces que nadie conoce el día de mañana. Pero cuando es nuestro propio cuerpo el que nos obliga a detenernos, aquello que conocíamos como una idea se convierte en experiencia.

El corazón, que durante toda la vida trabaja silenciosamente sin pedirnos permiso, puede de pronto recordarnos que no somos invulnerables.

La ciencia y la medicina poseen hoy posibilidades extraordinarias para intervenir sobre el cuerpo humano, y yo mismo soy testigo de ello. Pero precisamente esa capacidad de reparar lo que está dañado nos recuerda también algo que ninguna tecnología puede abolir: la vida es un don y no una propiedad absoluta.

Desde aquel 6 de agosto leo de otra manera las palabras de san Pablo.

Cuando el Apóstol escribe que «todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo y Pedro, el mundo, la vida y la muerte, lo presente y lo futuro», ya no recibo esas palabras solamente como un texto dirigido a una comunidad cristiana del siglo I. Las leo desde mi propia existencia y desde la conciencia, ahora más inmediata, de su fragilidad.

He conocido hombres poderosos que dejaron de serlo, gobiernos que parecían destinados a durar y desaparecieron, e imperios que dominaron buena parte del mundo conocido y que hoy sobreviven en Roma entre columnas, piedras y ruinas.

Pero una cosa es contemplar la fugacidad del poder en las ruinas del Foro Romano y otra descubrir la fragilidad de nuestra propia existencia.

Ambas experiencias conducen, sin embargo, hacia la misma verdad: también nosotros pasamos.

Por eso me impresiona que Pablo incluya la muerte entre las cosas que ya no deben esclavizarnos. El cristianismo no niega la muerte ni necesita disfrazarla. Podemos temerla humanamente y sufrir cuando alcanza a quienes amamos, pero la fe proclama que no es soberana porque Cristo la atravesó y la Resurrección modificó definitivamente su significado.

Después de una experiencia cardíaca como la que acabo de vivir, esta afirmación adquiere inevitablemente otra profundidad. Las seguridades exteriores pierden importancia y permanecen las preguntas esenciales. Importan menos los cargos desempeñados, los títulos acumulados o los lugares ocupados. Importa qué hemos hecho con la vida recibida, a quién hemos amado, a quién hemos servido, qué hemos defendido y dónde hemos puesto nuestra esperanza.

También me conmueve que Pablo mencione «lo presente y lo futuro». He dedicado buena parte de mi vida profesional a intentar comprender el presente a través del pasado. Como periodista observé los acontecimientos mientras sucedían; como historiador volví sobre ellos cuando nuevos documentos permitieron entenderlos de otra manera; y como diplomático comprobé que detrás de las declaraciones públicas existen intereses, temores y negociaciones que rara vez aparecen completos ante la opinión pública.

Todo eso puede enseñarnos a interpretar el mundo, pero no nos concede dominio sobre el futuro. Podemos estudiar tendencias, hacer cálculos, consultar médicos, escuchar expertos y formular previsiones, pero siempre queda una zona que escapa a nuestra voluntad.

La fe comienza precisamente en ese límite. No consiste en conocer anticipadamente el mapa completo del camino, sino en continuar caminando cuando no lo conocemos.

También la experiencia del poder me permitió comprender la disputa de los corintios entre quienes decían pertenecer a Pablo, Apolo o Pedro. Dos mil años después continuamos convirtiendo dirigentes políticos, ideologías, empresarios, intelectuales y figuras públicas en depositarios de una autoridad que ningún ser humano debería poseer.

Pablo invierte esa relación: ustedes no pertenecen a Pablo; Pablo está al servicio de ustedes.

He visto suficiente política para comprender el peligro que aparece cuando el poder deja de considerarse servicio y comienza a considerar a los ciudadanos como propiedad. Y he visto suficiente historia para saber que todos los poderes humanos terminan.

Mi experiencia diplomática junto a la Santa Sede reforzó esa percepción. Durante años entré y salí del Vaticano y recorrí espacios donde cada piedra contiene siglos de historia, dentro de una institución que ha visto nacer y desaparecer imperios, monarquías, dictaduras, repúblicas y sistemas ideológicos. Pero incluso allí permanece una enseñanza cristiana esencial: ningún hombre es Dios.

Tal vez una de las ventajas de llegar a cierta edad —y de haber recibido una advertencia tan directa sobre nuestra propia fragilidad— sea comprenderlo sin necesidad de demasiadas teorías. Algunas cosas que antes parecían enormes se vuelven pequeñas, mientras una conversación, un gesto de amistad, una oración, la compañía de la familia o simplemente la posibilidad de abrir los ojos y contemplar nuevamente la mañana adquieren un valor inmenso.

Quizá esa sea una forma de la sabiduría de la que habla Pablo: no la arrogancia de quien piensa que finalmente ha encontrado todas las respuestas, sino la humildad de quien, después de haber recorrido una parte considerable del camino, descubre cuánto le queda todavía por comprender.

Por eso hoy leo de manera mucho más personal que hace cincuenta años las palabras con las que culmina el pasaje:

«Todo es de ustedes; ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios».

Después de tantos años de periodismo, política, historia, diplomacia, libros, viajes, encuentros, alegrías y decepciones, y después también de este reciente encuentro con la fragilidad de mi propio corazón, esa frase coloca cada cosa en su lugar.

Los cargos, los gobiernos, los reconocimientos y las polémicas pasan. También nosotros pasamos. Pero para quien cree, nuestra existencia no desemboca simplemente en la nada.

Quizá he necesitado muchos años, muchos libros, muchas experiencias y algunos golpes de la vida —incluido este último que me obligó a mirar de nuevo mi propia existencia— para comprender mejor la sencillez formidable de aquellas palabras que san Pablo escribió hace casi dos mil años y que hoy hago también mías:

«Ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios».

Cuanto más largo ha sido el camino recorrido, más claramente comprendo que acaso allí comienza la verdadera sabiduría.

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