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¿Y las calles tienen hijos?

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Solange Alvarado.

Cuando un niño llega al mundo sin que los  progenitores tengan una relación legal o socialmente reconocida, se dice que es un hijo o hija “de la calle”.

Y yo pregunto ¿Y las calles tienen hijos? Es una frase estigmatizante, discriminatoria y muy injusta, que señala, no a los adultos que decidieron tener una relación sexual de manera irresponsable, sino al niño o la niña, que es sólo la consecuencia de las circunstancias que él o ella no eligió.

Lo que vemos en la consulta y en los grupos terapéuticos son las historias de dolor provocada por el abandono. El gran legado de un grupo de emociones muy dañinas que estos adultos ya, han cargado toda su vida y que les han impedido ser felices.

Es importante que los hombres entiendan que es mucho lo que les roba el abandono a estos niños y niñas. Su seguridad básica es arrebatada, con ella su autoestima, la confianza, el respeto por ellos mismos y la fe en los adultos a cargo. Pero además les roba también a la madre que para suplir lo económico se desgasta trabajando y es poco el tiempo que queda para lo más importante: ella y su hijo o hija.

Son hijos que viven mucha vergüenza, no sólo por el estigma social, sino porque muchas veces las historias son tergiversadas o mal contadas por los progenitores, que llenos de culpa y miedo, no saben cómo enfrentar emocionalmente esta realidad que, posiblemente a ellos, también les provoca vergüenza y dolor.

Son hijos que tienen muchas preguntas por hacer y que quizás las respuestas no llegan hasta más tarde en la vida: ¿Por qué a mí? ¿Y yo que hice? ¿Por qué no viene? ¿Yo no le importo? ¿Por qué no llama? ¿Por qué a los otros y a mí no? ¿Por qué no está en las fechas importantes? ¿Por qué? ¿Por qué?…..

Todo esto se convierte en rabia,  impotencia,  sentimiento de rechazo,  inseguridad, en fin,  dolor que se guarda, porque de ello no se puede hablar y se transforma en enfermedad física o psíquica que daña y apaga la vida.

Hoy quiero decirles a los adultos que basta ya de dejarle a los niños cargas que no les corresponden. Que tener el coraje de aceptar los errores los hace más dignos y honorables. Que culpar a otros, regularmente a la mujer de lo ocurrido, no es serio ni responsable. Que hablar aunque duela y aceptar la responsabilidad de las cosas que ocurrieron, es la mejor vía para evitar el dolor propio y el ajeno, incluido el de las siguientes generaciones.

A esos hijos e hijas, que ya hoy son adultos les quiero decir que como bendición, una vez que crecemos, podemos convertirnos en nuestros propios padres y madres, para suplir así, aquellas carencias que ellos en sus limitaciones no fueron  capaces de proveer. Que siempre, con la ayuda profesional idónea pueden revisar la historia, hablar, sacar el dolor, recolocarlo para llegar al perdón, incluso en aquellos casos en que este perdón no ha sido solicitado.

He visto mujeres levantarse, crecer y declarar, que ninguna persona fuera de ellas, decide su felicidad. Que esa es su historia, pero que ella puede decidir de ahora en adelante reeditarla y vivir en paz, pues descubrió y reconoció el gran ser humano que es, a pesar del abandono y el rechazo. Es en este momento cuando surge el padre o la madre desde ella misma, sin dejar de tener los biológicos  que talvez aún viven.

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Enero, 2012

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