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A Karl Heinrich Marx, en sus doscientos años

A Karl Heinrich Marx, en sus doscientos años
Andrés L. Mateo

La niebla de Londres es espesa y lúgubre y el Viejo Karl Heinrich Marx se sube la solapa del saco. 1865 es un mal año. Las bibliotecas inglesas lo han visto transitar de un lado a otro, escudriñando en el pensamiento de los clásicos la esencia real del nuevo sistema capitalista en el cual vivía la humanidad. Dos años después saldrá el primer tomo de El Capital, un libro curioso, tan citado como La Biblia, pero con tanta frecuencia caricaturizado, que se pueden contar con los dedos de una mano a quienes han vivido la aventura intelectual de embarcarse en su lectura. Antes, Jenny Von Westphalen había enfermado, y él se muerde los labios, recordando tanta miseria sin nombre, tanto dolor trashumante acumulado en la lucha revolucionaria. Algún versito de juventud, de los muchos que escribió para Jenny, comienza a cabalgar en la memoria, pero lo espanta la imagen vivida de la noche de 1845 en que fue expulsado de Francia.

¿Quién es este hombre que atraviesa la niebla de Londres, con un legajo de papeles bajo el brazo, el traje raído, sin bufanda, dos dedos rotos del guante de la mano derecha, y angustiado porque su Jenny Von Westphalen está casi perdida en la locura? ¿Qué tiene que ver con la aventura espiritual de los dominicanos?

Karl Heinrich Marx es, en pocas palabras, el sueño del hombre integral, como hace ya un tiempo lo definiera Ernest Fisher. La Revolución francesa proclamó el derecho del hombre a la libertad, a la personalidad libre. Y lo hizo, fundado en el desarrollo de la industria, de la técnica, en el despliegue sin límite del espíritu mercantil, en las esperanzas revolucionarias, pronto desmentidas por la nostalgia romántica, que condenaba la progresiva deshumanización del hombre por la división del trabajo, cuyo resultado era la acumulación creciente de riqueza en un polo de la sociedad y la acumulación creciente de la miseria material y espiritual en el otro polo de la misma. En los papeles que llevaba bajo el brazo, yéndose más allá de la protesta romántica contra la oronda burguesía, Karl Heinrich Marx escribiría: “el hombre en la sociedad civil se convirtió, desde luego, en individuo, pero no con una individualización inserta en una comunidad, sino con una individualidad en competencia con todas las demás”.

Estas máscaras escénicas, como las llamaba él, son la mediación dolorosa que la escala de valores del capitalismo impone en la interacción de los hombres. Obligado a la dualidad, desgarrado por un mundo de máquinas, de lucro, de miseria; lo que el reconoce en la potencia creativa de la sociedad capitalista moderna era la imagen no realizada del hombre. Toda su obra se puede definir por esta aventura inconclusa: la nostalgia de la unidad del hombre consigo mismo, con sus semejantes y con la naturaleza de la que había sido enajenado.

“El hombre se educa a sí mismo como hombre en tanto que humaniza lo que es su naturaleza, en tanto que no degrada a cosa a otros hombres y más bien hace suyos los objetos de la naturaleza, los hace objetos humanamente apresados, conocidos y configurados, y mediante su apropiación humana elabora por sí mismo la riqueza de sus facultades, la plenitud de su yo”-Piensa Karl Heinrich Marx, con el frio calando la profundidad de los huesos. Y de pronto se detiene, conmovido por el hallazgo: “La apropiación por el tener-se dice- el resquebrajamiento de la posible abundancia en la obra truncada de la propiedad privada, hace al hombre necio y unilateral ”-confirma.

Confirmación que es el peso de su vigencia, incluso hoy, que en su nombre se han levantado tantas torpezas. En la sociedad dominicana subdesarrollada, tras la máscara social del dinero desaparece el ser humano. Marx diría que “estamos degradados a cosa”. Son infinitos los aportes a la historia del pensamiento que nos legara un filósofo combativo y tenaz. Y a doscientos años de su nacimiento, penetra todavía muerto de frío la niebla londinense. Ahora lo quieren echar del pensamiento de la humanidad, pero él se sube la solapa del saco y mira el mundo que, en muchos aspectos, él previó en sus estudios.  1865 es un mal año. ¿Qué será de Jenny Von Westphalen-piensa-, casi perdida en la locura?

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