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A los 49 años del golpe de Estado

A los 49 años del golpe de Estado
Miguel Guerrero

El golpe incruento que desalojó al profesor Juan Bosch de la presidencia, hacen ya 49 años, sumió al país en una etapa de inestabilidad que provocó casi dos años después un contra golpe militar que degeneró en una revuelta popular y una masiva intervención militar norteamericana. El legado fue una guerra civil con un saldo de cinco mil muertos y una sociedad ahogada en rivalidades políticas que ya en ese entonces se creían prácticamente superadas.

Las causas del derrocamiento de Bosch han sido objeto de muchas interpretaciones. El golpe se produjo entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de septiembre de 1963, en medio de infructuosas gestiones para convencerlo de echar hacia atrás un decreto de destitución de un influyente militar, el coronel Elías Wessin, que sirvió luego de pretexto para la acción. Su suerte estaba echada. Pero esa no era la noche fijada para el cuartelazo. Bosch en su obstinación precipitó los acontecimientos que pusieron término a su régimen, apenas siete meses  después de haberse juramentado. Cuando se anunció en la madrugada la sustitución del presidente, Bosch se encontraba en pugna con su propio partido, el PRD, y alejado de la mayoría de los sectores que habían contribuido a su triunfo en las elecciones del 20 de diciembre del 1962.

Esa fue la causa de que el país no reaccionara de inmediato y en su lugar se instalara un régimen cívico militar incapaz de enfrentar las duras realidades que tenía de frente el país en el campo económico y social, profundizando así las causas que condujeron a la revuelta del 24 de abril de 1965. Bosch fue un incomprendido, pero su largo exilio lo distanció tanto del país que fue incapaz de entender a la sociedad que él intentó cambiar democráticamente.

Tal vez haya necesidad de reconocer como una de las mayores hazañas de la dirigencia política oficialista la invención de un nuevo Bosch; un Bosch partidario de la reelección presidencial que dista de parecerse al que los dirigió y modeló a su imagen y semejanza hasta que su muerte los liberó de la esclavitud de permanecer fieles a los principios. La creación de ese imaginario y falso Bosch les hará necesario re-escribir su biografía y modificar algunos textos de nuestra historia reciente.

El Bosch al que ahora se invoca no es el líder aquel que desde su humilde biblioteca en casa alquilada condenaba con la furia de un volcán toda forma de corrupción, advirtiendo sobre la inmoralidad de hacer negocios con el Estado mientras se desempeña un cargo público. No es aquel que advertía contra la práctica del clientelismo y del uso de las influencias políticas para hacer riquezas y ascender en la escala social. La mala clonación de quien fue guía y líder de lo que finalmente resultó un fallido propósito de liberación nacional, sepultará al final cualquier resultado material en el ámbito de la economía y el área social de la gestión de sus herederos. La deformación del Bosch que los creó hará de su legado político una bastardía.

Hay una diferencia abismal entre la intransigencia de aquel hombre y la prepotencia y arrogancia de algunos de sus discípulos hoy más encumbrados. El pequeño y distorsionado Bosch al que se apeló para impulsar una Constitución o justificar prácticas públicas que él hubiera rechazado, no alcanza la estatura de aquel al que hubo necesidad de construirle una vivienda.

Para muchos de los que se creen sus herederos, el Bosch real, grande con todos sus defectos y mal carácter, dejó de existir el día en que su cuerpo fue sepultado en una humilde tumba, hoy olvidada, en el cementerio de La Vega, a la que solo van acompañados de fotógrafos.

Miguel Guerrero es autor de “El golpe de estado. Historia del derrocamiento de Juan Bosch”, publicado en septiembre de 1993 a los 30 años de ese acontecimiento.

 

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