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A propósito de estacamientos, amenazas y reveses en esta ola promisoria

Narciso Isa Conde.

Me refiero a lo acontecido en Honduras y Paraguay, a los repliegues en El Salvador y Perú, a la reversa en Chile, a las amenazas en Bolivia, Ecuador y Venezuela, al devenir de Uruguay y Brasil…

La ola que se estanca tiende a declinar y la que declina puede ser derrotada.

Es hora de un nuevo viraje: en la dialéctica reforma-revolución, revolución contrarrevolución han predominado las reformas y ciertos golpes de la contrarrevolución. Buenas causas en manos inconsecuentes. Grandes oportunidades no debidamente asumidas. Es preciso sacudirse, reflexionar sobre las causas de los reveses y estancamiento, y disponernos a profundizar y extender los cambios desafiando los nuevos tabúes social-reformistas en época para nuevas revoluciones.

La necesidad de los cambios crea condiciones para su posibilidad. Pero la posibilidad debe ser forjada, construida, impulsada y conducida.

Ella no brota ni de la crisis ni de la espontaneidad.

Necesita de ideas, propuestas y proyectos sintonizados con la realidad cambiante.

Necesita transformar esas ideas en fuerza social consciente, una parte importante de ella organizada y una, aún mayor, políticamente movilizada.

El capitalismo cambia. El imperialismo se auto-transforma.

Ambos destruyen y construyen.

Las victorias enseñan. Las derrotas también.

Las experiencias no deben obviarse.

Para ser más y mejores revolucionarios también tenemos que renovarnos y redefinir y rearmar proyectos.

¿Cuál vanguardia?

¿Cuál democracia?

¿Cuál proyecto de socialismo puede contribuir a formar las fuerzas transformadoras y el mito multitudinario de estos tiempos?

Lo que falló no vuelve.

Hay que crear lo nuevo, que no es ni liberalismo, socialdemocracia, ni fascismo, ni estatismo burocrático. Que no es ni partidos burgueses ni izquierdas burocratizadas o vanguardias autoritarias o mesiánicas. Ni capitalismo privatizado ni Estado omnipresente.

Nuevas vanguardias para nuevas democracias y nuevos socialismos

La crisis de la civilización burguesa generadora de la crisis de existencia del planeta, no puede ser superada sin revolución, sin cambios radicales en los sujetos políticos y sociales de poder, sin transformaciones revolucionarias, sin nuevas estructuras económicas sociales, sin nuevos sistemas políticos y nuevas hegemonías culturales a escalas nacional, regional y mundial.

No hay esperanza de vida estable en el planeta, mucho menos de vida digna, sin revolución y sin construcción de una nueva sociedad planetaria.

El caos prolongado o la recomposición del orden dominante con nuevas reestructuraciones es una disyuntiva que tiene riesgos y costos demasiado elevados para la sociedad humana.

La crisis no da señales de atenuación o reversión, aunque ciertamente ella por sí sola, por más que se prolongue o agudice, no genera los cambios revolucionarios necesarios.

Estos requieren de conciencia, organización, movilización, capacidad confrontativa, fuerza, poder desde abajo y en todos los planos, acumulación de recursos materiales y espirituales, políticos, militares y culturales, hasta producir un cambio en la correlación de fuerzas que posibilite la victoria de los sujetos y actores objetivamente afectados por la crisis más reciente del capitalismo imperialista. Y esto equivale a construir vanguardia: fuerza de conducción y acción transformadora.

Lo subjetivo se torna vital y es precisamente donde está el mayor déficit.

La voluntad, la creatividad, la capacidad para “acelerar la marcha de los acontecimientos dentro de lo posible”, como decía el Che, es algo clave para superar definitivamente la brecha entre el nivel objetivo de la crisis en los nuevos escenarios nacional, regional y mundial, y el grado de organización, conciencia y capacidad de creación de poder de las fuerzas transformadoras en esos mismos escenarios.

No estamos frente al mismo capitalismo ni frente a la misma fase imperialista.

Los patrones de acumulación y los mecanismos de gestión están sufriendo cambios espectaculares.

Igual ocurre con los niveles de internacionalización, transnacionalización, regionalización, recolonización y militarización.

La técnica y el proceso de internacionalización totalitaria del dominio de las mentes y de hegemonía cultural, plantean nuevas e imperiosas exigencias.

Los viejos sujetos han sido sensiblemente afectados y los nuevos y viejos renovados asumen diversidades y potencialidades nunca vistas, pero también no debidamente concienciados, organizados, estructurados y rearticulados.

Algunas de las viejas herramientas transformadoras podrían ser reparadas y modificadas. Pero también se necesita muchas nuevas para abordar las nuevas situaciones, los nuevos fenómenos y las nuevas modalidades de dominación y opresión derivados de los cambios acaecidos.

Si hablamos de revolución, a la esencia de su significado debe agregársele todas las exigencias, desafíos, innovaciones y nuevas modalidades de acumulación de fuerza, de creación de poder y proyectos transformadores demandados por las nuevas realidades del capitalismo y del imperialismo actuales. Igualmente, las lecciones, errores a superar y las experiencias que se derivan de los procesos revolucionarios y las transiciones fallidas.

Los sujetos y actores sociales y políticos habrán de ser más diversos y más amplios a consecuencia de la extensión y profundidad de las nuevas formas de dominación y acumulación. Y, en consecuencia, más difíciles de coordinar o unir en un solo torrente.

El internacionalismo, si bien no dejará de ser proletario, deberá abarcar una mayor diversidad de fuerzas, tanto dentro de la contradicción con el gran capital altamente concentrado como más allá; encarnando todas las rebeldías clasistas y no clasistas, y todo lo que confluya en dirección a salvar al planeta de la catástrofe en expansión. En esa dirección también se inscribe el latinoamericanismo y el antillanismo.

Las fuerzas del cambio deberán ser más multifacéticas e integrales para poder imponerse a las que, aún representando sectores e intereses minoritarios, cuentan con capacidades cultural-ideológicas, económicas, políticas y militares verdaderamente espectaculares… Y con posibilidades de despliegue de violencia institucionalizada y no institucionalizada jamás registradas en los archivos históricos de la humanidad.

La contrapartida deberá ser política y militar.

El orden dominante, aunque proclame lo contrario y logre engañar a muchos con esas ideas, no es en la actualidad ni más democrático ni menos violento que lo que ha sido. Por el contrario, su “democracia” es mucho más represiva, su seguridad es más imperial, sus fuerzas militares son más potentes y sofisticadas, su capacidad para la intervención y la destrucción, y para el ejercicio de la violencia armada y no armada es muy superior.

Por eso es impensable un cambio revolucionario, un cambio en la esencia de la dominación actual, un cambio de estructuras y sistemas, un cambio de sujetos y actores de poder, sin una acumulación política, cultural y militar alternativas.

Los métodos y las modalidades de esa acumulación pueden ser tan variados como sus posibles desenlaces. Nada debe darse por sabido o predeterminado en ninguno de esos campos, menos aún en el complejo, difícil y riesgoso campo de la acumulación de fuerza militar o político-militar.

No se trata de atarse a determinadas formas de conversión de fuerzas civiles revolucionarias en fuerzas político-militares (guerrillas urbanas, guerrillas rurales, comandos, estallidos o insurrecciones civiles armadas…).

Tampoco a la confrontación en bloque con las fuerzas militares regulares.

No es sabio rechazar la posibilidad de generación de sectores y corrientes que dentro de esos cuerpos terminen confluyendo con los anhelos populares.

Tampoco se trata de confiar excesivamente en los virajes progresistas de determinadas unidades regulares o en la conformación de tendencias revolucionarias en su seno.

Pero, ciertamente, tal y como demuestra la experiencia venezolana, esa posibilidad no sólo debe ser muy deseada sino, además, sistemáticamente trabajada. Ella ahorra enormes sacrificios y acelera el proceso de acumulación militar, ya sea para tomar la iniciativa, ya sea para disuadir.

Nunca debe apostarse exclusivamente al pacifismo a como dé lugar (evadiendo confrontaciones violentas e incluso militares obligadas). Tampoco se debe apostar a los desenlaces cruentos como cuestión inexorable. Ni una ni otra cosas son necesariamente correctas.

Cada una de esas posibilidades tiene sus circunstancias, condiciones, períodos. Ellas ni se decretan ni se imponen, aunque siempre debe primar el interés de hacer las revoluciones al menor costo en vidas y con la menor pérdida de riquezas creadas y el menor daño a la relación armónica de los seres humanos con el ambiente y la naturaleza.

Las formas de lucha, armadas y no armadas, electorales y no electorales, pacíficas o violentas… tienen sus propios límites y sus propias condiciones.

A los factores voluntad y conciencia les toca impulsarla o asumirla en función de avanzar en la acumulación de fuerza hacia metas más elevadas del movimiento transformador. Esto tiene también sus combinaciones fructíferas.

La cuestión armada en particular merece ser asumida con la seriedad debida, precisamente por su peligrosidad y capacidad destructiva, procurando que sea siempre un complemento subordinado de la cuestión política y dándole preeminencia a su extraordinario poder disuasivo por sobre su poder destructivo. La Revolución Bolivariana ha sido un ejemplo muy innovador en ese plano.

Y esto último obliga siempre a pensar en cómo lograr, desde la batalla de ideas y la movilización social y política, que fuerzas militares creadas por las clases y sectores dominantes se sumen al campo popular-transformador. En la nueva fase de la internacionalización imperialista, esa posibilidad tiende a crecer dada las políticas imperialistas de negación de las soberanías territoriales, aéreas y marítimas y de conversión de las fuerzas armadas en fuerzas de orden público y en policías del imperio y de sus estrategias neoliberales.

Esto es lo que en América Latina y el Caribe explica el fenómeno Chávez en Venezuela y las diversas confluencias de corrientes militares progresistas en las luchas populares en Ecuador y otros países.

El impacto de las políticas neoliberales también explica las insurgencias armadas y no armadas, las protestas y estallidos sociales que periódicamente y persistentemente salpican toda la extensión geográfica del subcontinente.

Igual explican tanto la original rebeldía armada de Chiapas y su singular impacto en toda la sociedad mexicana (sin registrarse un progresivo ascenso militar), como la conversión de las guerrillas colombianas (FARC y ELN, sobre todo la FARC- EP) en verdaderos ejércitos populares, sin los cuales no sería pensable la cuarta ola revolucionaria y la ampliación de las perspectivas revolucionarias en la región andina.

La revolución, claro está, no es sólo consecuencia de acumulaciones de conciencia y organización y rebeldías crecientes. No es sólo reacción, construcción, desarrollo y toma del poder. Ella es también lucha de ideas, creación del programa transformador y conversión de todo ello en fuerza de masas.

Es proyecto de nuevas repúblicas y nuevas sociedades, de nuevas democracias y nuevos procesos de orientación socialista a tono con las experiencias vividas hasta el siglo XXI.

Revolución equivale a nuevas transiciones revolucionarias a escalas nacional, regional y mundial.

Es, además, nuevo latinoamericanismo y nuevo internacionalismo revolucionario, capaz de potenciar las transformaciones nacionales, haciéndolos confluir con fuerzas regionales más vastas y más potentes, capaces de vencer el internacionalismo del gran capital encarnado en la actual globalización neoliberal y de contrarrestar la actual cruzada guerrerista de EE.UU. y sus aliados, y de potenciar las alternativas necesarias.

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