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¡Agradézcalo, doctor!

Con el doctor  Félix Antonio Cruz Jiminián se ha dado una gran paradoja que, vista de forma simplista quizás no puede entenderse, porque la vida – con su fuerza vital e insobornable-  teje sus misterios y complejidades.

Su no elección para el puesto de Defensor del Pueblo es ciertamente una pérdida, pero más que para él, para la sociedad dominicana, que tuvo la oportunidad de contar para esa posición con un hombre bueno e íntegro.

Pero aparentemente perdiendo, ese reconocido filántropo ha ganado en sus fibras más sensibles, porque una posición pública no logrará disminuir su tiempo y su incansable energía para continuar un largo y fructífero historial de ayuda y asistencia médica humanitaria a miles de personas pobres.

Es probable que su gran pecado, el que le impidió exhibir méritos ante los electores congresuales, fue carecer de militancia política comprometida y fanática, porque su pasión se ha concentrado siempre en una mejor causa: la de dar la mano a quienes la necesitan sin esperar recompensas.

Por eso, había rechazado en innúmeras oportunidades propuestas e insinuaciones para que aceptara ser candidato en diferentes posicione electivas, ya que nunca quiso comprometerse con partido alguno.

Para la defensoría del pueblo había aceptado participar en una terna, porque en su ingenuidad de hombre noble que confía en la buena fe de los demás, pensaba que tenía la posibilidad de contar con una plataforma para combatir injusticias y disminuir desigualdades sociales.

El país y la sociedad dominicana en su conjunto tiene una gran deuda de gratitud con este médico que, sin pasar factura, cuando de gente enferma y sin recursos se trata, practica ejemplarmente la máxima de “hacer el bien sin mirar a quién”.

Agradezca lo que ha sucedido, apreciado amigo de los pobres, porque nada logrará apartarlo del disfrute que usted siente plenamente con su labor filantrópica, que no es de poses ni ejercida para estudiados fines y coyunturas.    

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