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Bitácora de un viaje a La Habana, 1

Era mi primera vez a Cuba.  A través de los años había recibido varias veces invitaciones para participar en algún evento, y no había querido ir.  Después de escuchar tantas historias comprobaba que la utopía transformadora no era como se había soñado en los años 70.  A lo largo de los años había tenido muchos contactos con intelectuales cubanos.  La crisis de los años 90, después que la Unión Soviética había dejado de inyectar capitales, puso mucho más en evidencia el fracaso de un modelo que se había sostenido sobre la base de un discurso que ya no tenía asidero real.  La fuga de profesionales cubanos preparados por todo el mundo era la evidencia más fehaciente de que las ideas de la revolución se quedaban en el vacío.

Mi resistencia llegó a su fin.  Producto de mis vínculos con la realidad caribeña, fui invitada a participar en la Conferencia Internacional de Estudios Caribeños: “Cuba, Estados Unidos y El Caribe. A dos años del 17 D”, organizada por la Cátedra de Estudios del Caribe “Norman Girvan”, de la Universidad de la Habana que se celebraría los días 6,7, 8 y 9 de diciembre 2016. Mi rector me propuso ir.  Acepté de buen agrado. Debía participar en un panel sobre la política norteamericana en el Caribe.

Mi esposo Rafael cuando le comenté del evento me dijo: “Tú aceptas que yo duerma contigo en el hotel, que yo me pago el pasaje”.  Nos reímos de buena gana con este comentario tan chistoso.  Él también quería ser testigo de los cambios en Cuba después de la apertura.

Decidimos irnos unos días antes para conocer mejor la realidad, y poder participar en el evento con tranquilidad.  Salimos hacia La Habana el viernes 2 de diciembre. La coordinación del viaje fue difícil. Sobre todo conseguir un hotel.  Cuba está ahora de moda y no encontrábamos reservaciones. Gracias a los buenos oficios de nuestro amigo Toby Valdez, logramos una habitación en el Loft Habana, ubicado frente a la bahía.  Se debía pagar el hotel antes de la llegada.  Hacer la transferencia fue un verdadero dolor de cabeza, pues todavía no se han levantado las barreras del bloqueo. Gracias a la tenacidad de Rafael, logramos hacerlo.

Mientras preparábamos el viaje, murió Fidel Castro.  Se iniciaba una nueva etapa en la historia de Cuba después de casi 60 años de dominio y control de ese pueblo de parte de una élite partidaria que se hacía llamar socialista.

Decidimos volar por Copa, pues nos habían hablado de los problemas de servicio en Cubana de Aviación.  Era más largo, pero más confiable.  Los dos trayectos fueron muy tranquilos.  En el avión que nos llevaba a La Habana nos dieron a llenar muchos formularios, además claro está de la compra de la tarjeta de turista: uno de aduana, uno de migración, uno de sanidad para saber si los visitantes traíamos alguna enfermedad contagiosa (como si la gente fuera tan sincera de decir toda la verdad).  La llegar al aeropuerto, nos preguntaron: ¿son turistas? Ante nuestra respuesta afirmativa, nos hicieron pasar y ni siquiera sellaron el pasaporte y por supuesto los formularios se olvidaron de retirarlos.  Este proceso fue rápido.  Lo terrible fue esperar las maletas.  Pasamos más de una hora esperando que la correa arrancara y nada.  Mientras esperábamos veíamos cómo un grupo de personas entraba por un pasillo y salía con mercancías importadas, la mayoría electrodomésticos.  Conté, mal contadas, más de 60 TV plasmas de todos los tamaños.  Bien empacadas, y que la gente se llevaba gozosa.  También vi abanicos, microondas, hornos eléctricos, en fin…. Llegaba la modernidad capitalista a los hogares cubanos.

Al salir de la aduana nos encontramos con un mar de turistas europeos, básicamente alemanes. Tuvimos que hacer una larguísima fila para poder cambiar dinero a moneda cubana. Luego tomamos un taxi muy moderno, casi nuevo y con todas las comodidades. Me dediqué a observar mientras íbamos al hotel. Las avenidas estaban limpias.  Poco tránsito.  Y lo más curioso. Además de los carros de los años 50, algunas chatarras que caminaban por verdadero milagro y voluntad de sus dueños, vimos muchos carros modernos de diferentes marcas.  Una sorpresa.  Una evidencia de que el capitalismo llegó a Cuba para quedarse.

Encontrar el hotel fue un desafío.  Ubicado en la Vieja Habana, nos llevaron por pequeñas calles llenas de gente, donde las edificaciones estaban prácticamente destruidas, como si recientemente hubiese ocurrido una guerra.  Confieso que me asusté. No sentí pánico porque la gente que caminaba por los lugares se veía tranquila, que estaban fuera de sus casas buscando aire fresco.

Finalmente encontramos el hotel. Un pequeño loft de estudios muy moderno y recién remodelado, con vista a la bahía, y casi al lado del muy señorial hotel “Armadores de Santander”.  Nos instalamos, y ¡Oh problemas! No había manera de comunicarnos con nuestras familias.  Los escasos teléfonos del hotel no tenían permiso para llamadas internacionales.  El internet es un lujo. Como era de noche no podíamos comprar la tarjeta para poder tener acceso a la red inalámbrica.  Nos dormimos preocupados porque no había forma de comunicarnos con nuestros hijos.

Al día siguiente, debimos caminar muy lejos para encontrar una tarjeta.  En el primer lugar, después de esperar como media hora en el sol, nos dijeron, gracias a la intermediación de un cubano que también iba a hacer lo mismo, que no había tarjetas.  Fuimos a otro lugar, ubicado en un hermoso mercado de artesanías.  Debimos esperar más de media hora que abrieran el lugar.  Finalmente la conseguimos.

Pero ¡Oh sorpresa! No se puede usar en cualquier lugar.  Teníamos que ir a algún hotel grande con internet inalámbrico.  Fuimos entonces a hotel cerca del nuestro. Nos sentamos en la cafetería, y después de colocar los números que nos indicaba la pequeña tarjeta mágica que nos conectaba con el mundo, pudimos decirle a los muchachos que estábamos bien. Estaban muy preocupados. Se habían comunicado con todo el mundo para saber si tenían noticias nuestras.  En la cafetería nos encontramos con un buen grupo de turistas, de todas las nacionalidades, haciendo lo mismo que nosotros.

Esa pequeña hazaña nos tranquilizó mucho y pudimos iniciar el día de nuestra pequeña aventura por las calles de la Vieja Habana.  Podríamos disfrutar de un día soleado y hermoso. El recuento sigue en la próxima entrega.

 


 

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