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Bitácora de un viaje a La Habana. Mis reflexiones. Vida cotidiana, 6

Hoy cumplo una semana en La Habana. Los primeros dos días Rafael y yo, como dije en la primera entrega,  nos dedicamos a conocer, explorar los lugares bellos y no tan bellos de esta otrora gran ciudad. Una mira rápida a las edificaciones en deterioro nos evidencia cuán importante era esta ciudad en América Latina y el mundo.

El proceso de apertura ha motivado al gobierno a hacer inversiones extraordinarias en la reconstrucción de las principales edificaciones, pero como dijimos, es un proceso que llevará muchos años.  Hay casi 60 años de retraso.

Aprovechamos para hablar con la gente.  Los camareros que nos atendían, las muchachas que servían el desayuno en el hotel, los taxistas (la eterna fuente de información en todas partes) y pudimos evidenciar dos cosas:  la gente del pueblo sufre mucho y tiene limitaciones de necesidades básicas.  El salario de una persona normal es de apenas 10.00 dólares, en la moneda oficial que es el CUP.  La gente más joven, los que nacieron en la revolución, que hoy cuenta con 20 ó 30 años no está conforme, no encuentra trabajos que sean bien remunerados, a pesar de tener formación profesional. Una chica nos dijo que la mayoría de su familia vive fuera, y que su aspiración es poder hacer lo mismo. No ve en el corto plazo perspectivas de mejorías.  Le pregunté sobre la apertura, ella ve el movimiento de gente, pero su bolsillo sigue siendo escaso y apenas le alcanza para comprar las cosas básicas.  Para los jóvenes el discurso de la revolución es ajeno a su realidad. ¿Una revolución que los ha excluido del mundo? ¿Una revolución que no ha podido satisfacer las necesidades básicas? Una profesora universitaria, con doctorado, publicaciones y muchos premios a su haber, me dijo que con el salario que tiene, el más alto que pueda obtenerse en su categoría, no le alcanza para vivir el mes completo.  Por suerte es casada y compensa con el salario de su esposo que también es profesional.

Las carencias de todo tipo son impresionantes.  En uno de los almuerzos que nos ofrecieron en la conferencia, nos sentamos en la mesa con un periodista-investigador. Nos ofrecieron refrescos y malta morena. Me fijé que él no lo había tocado en el almuerzo.  Al final, lo envolvió con la servilleta de papel, lo entró en su mochila y me dijo que a su hijo le encantaba,  que para ellos era muy caro. En Cuba no se puede tener el prejuicio de juzgar a la persona por su forma de vestir.  La sencillez de la vestimenta contrasta con la profunda formación académica.  La apariencia no es un indicador.

Todavía el turismo no ha incrementado la violencia social ni la delincuencia.  Caminamos por todas partes y nos sentimos siempre muy seguros.  Pero ¿será cosa de tiempo para que inicie? El contraste entre los hoteles de lujo, con las casas y la gente que apenas tiene para sostenerse puede ser un incentivo. Tuvimos la oportunidad de visitar hoteles de lujo impactante, repleto de turistas que disfrutan su habano y su mojito.  El espectáculo de los vehículos descapotables caminando por las calles de La Habana llevando de un lado a otro turistas con sombrero y cámaras costosas tomando fotos y fumando habanos, contrastas con la gente del pueblo que tiene que transportarse en las “bici-taxis”, las guaguas públicas o los carros de concho, que aquí llaman taxis colectivos.

El pueblo cubano es un pueblo educado.  Este es quizás el elemento más luminoso de la revolución.  He constatado, porque he preguntado con insistencia a meseros, taxistas y vendedores acerca de temas de historia, y puedo decir que sus respuestas fueron más que satisfactorias.  En un momento pensé que eran algunas ideas aprendidas, y entonces inquirí duramente, y sus respuestas fueron correctas.  Me puse triste entonces con nuestro país donde la historia es una asignatura pendiente de hace décadas,  y todavía ni el MINERD ni el MESCYT han asumido la importancia que tiene la enseñanza de la historia en el pueblo. El desconocimiento evidente de nuestro pasado,  incluso entre los profesionales, y no digamos en la gente de la calle, es triste, desconsolador e invita a la desmotivación.  En mi caso, clamaré hasta el cansancio, hasta que me duela el alma, hasta que no tenga voz, hasta que no tenga fuerzas, que es importante e imprescindible la enseñanza de la historia con una visión crítica.

Escribo estas reflexiones desde el escritorio de la habitación del hotel. El sol está en todo su esplendor, en una magnífica tarde de diciembre.  Se escuchan las voces, el ruido de los autos, de los autobuses que llevan y traen a los turistas, las bocinas tímidas de los bici-taxis, o el ronquido de los coco-taxis que buscan con desesperación transportar a algún transeúnte.  Escucho el estruendo ensordecedor de los martillos que golpean con ritmo la reconstrucción del hotel de al lado.

La vida sigue en Cuba y en todo el mundo.  Quizás estas palabras las escriba una mujer de mediana edad, que ha visto con tristeza cómo el discurso ideológico de la igualdad se ha vuelto una pesadilla para la mayoría; que constata que aún en medio del llamado socialismo real, las diferencias sociales existen, las oportunidades desiguales también; provocando un resultado de exclusión y desigualdad, como en todos nuestros países.

Valoro mi país en su justa dimensión.  Y pienso, ahora que una vez más tuve oportunidad de escuchar y dialogar con representantes de las islas del Caribe inglés, que la asimetría de nuestra geografía y nuestra economía provoca preocupación entre académicos y gobiernos.  Valoro mi país, la tierra que acogió a mi padre cuando era un mozalbete, y que como tantos chinos que llegaron al Caribe, hizo suyo este sol y esta tierra llena de riquezas y exclusión.  Valoro mi país y pienso que todavía existen demasiados antagonismos hirientes, que golpean duramente el concepto de justicia.  En la próxima entrega voy a hacer una reflexión sobre el papel de Cuba en el concierto de  América Latina y El Caribe.

 

 

 

 

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Comentarios

Es interesante ver cómo ven ojos extranjeros mi isla con todas sus carencias pero con sus virtudes. Sería interesante como bien dices conocer la historia del porque estas carencias y como aun con ellas se mantienen sus más grandes virtudes: La seguridad con la que puedes caminar en la calle, la cultura y los valores de todos o casi todos y quizás con un poco más de información poder explicar que el bicitaxista del que hablabas en la publicación anterior gana más dinero en un viaje que el periodista que guardo el refresco para su niño en 2 días de trabajo. Que probablemente sea un ingeniero o licenciado pero prefiere tener 4 kilos en el bolsillo que ejercer su profesión, lo que es en mi opinión lo que más daño hace a nuestro socialismo, esta pirámide invertida donde los oficios que no llevan estudios ganan más que los trabajos profesionales (ya que llegar a ser profesional no cuesta un quilo y en cuba casi todos lo somos). Haciendo que exista esa migración constante ya sea hacia el exterior o hacia estos trabajos que aseguran una entrada muy superior. En fin para no hacer un discurso de mi opinión …. Puedes estar tranquila que el turismo no incrementara la violencia social ni la delincuencia, turismo tenemos desde hace más de 20 años. Cuba no se está abriendo ahora lleva años abierta al mundo, el mundo es el que se está abriendo ahora a Cuba. Puedes investigar el porque. Y lo otro es que me gustaría que esplicaras a que te refieres con que “las diferencias sociales existen, las oportunidades desiguales también; provocando un resultado de exclusión y desigualdad, como en todos nuestros países.” Quizás sea que yo estoy ciego o he tenido suerte que no he chocado con la exclusión o la desigualdad aunque si con las carencia y la necesidad “que tenemos todos”.

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