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Buena coyuntura para seguir de amarillo

La educación pública es mala. La privada, también.

Eso no quita que en tales sectores haya algunas escuelas, colegios, institutos y universidades de calidad.

Pero hay un problema: sistemático ocultamiento de esa realidad.

Porque no hay peor freno para la re-fundación de la educación que pregonamos a toda garganta que la visión tubular que predomina.

Por medios de comunicación han inculcado en el imaginario de la gente que lo único servible es la educación privada. Y, ahora, todo el que puede –y hasta el que no puede– apuesta a lo privado, avergonzado de la primero sin conocerlo a fondo.

Han pervertido el concepto de lo público, como han hecho con lo popular. Lo público y lo popular lo han instalado muy bien en las mentes como sinónimo de chusma, poco valor, soez, basura…

La dicotomía vendida a golpe de repetición ha sido: perfección de un lado; imperfección no digna de emular del otro. Nada fortuito.

Esa estigmatización tiene mucho que ver, por un lado, con el afán privatizador y corruptor que ha arropado al globo y, por el otro, con las malas artes de quienes a lo largo de la historia han jugado roles protagónicos en la administración del erario, pues con su actitud desacreditan al Estado y todo lo que huela a él.

Quien ha transitado entre uno y otro sector sabe, sin embargo, que cada uno tiene sus soles y opacidades.

Los becarios de los gobiernos de Leonel Fernández, la mayoría provenientes de liceos y universidades del Estado, han dado la talla en universidades internacionales, ha ejemplificado en Hoy digital el 17 de junio de 2008 el reconocido catedrático Jesús de la Rosa.

No solo eso. La mayoría de los actores fundamentales de las empresas estatales y privadas exitosas es egresada de centros educativos públicos. Incluido los periodistas.

Mas no hay lugar parar alegrarse mucho si el sistema educativo como tal anda de mal en peor.

En 2004, durante una de las sesiones del consejo directivo de la Facultad de Humanidades, el director de la Escuela de Pedagogía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Víctor Encarnación, alertaba con amargura sobre la pobreza de conceptualización de los aspirantes a maestros: apenas alcanzaba el sexto grado el nivel de lectura, escritura y comprensión de las matemáticas del 80 por ciento de los 30, 128 inscritos.

Drama que se repite con ligeras diferencias en otras carreras ofertadas por la academia estatal y por las privadas.

Los bachilleres que demandan inscripción en la UASD y en las que tienen fines de lucro provienen tanto de las escuelas como de los colegios, y su calidad es igual de pobre.

13,250 escuelas públicas y 3,800 colegios privados registran las estadísticas oficiales.

Sufrimos no solo las consecuencias de una educación pública deficiente sino del impacto mortífero de un semillero de colegios caros, nacidos a la carrera, en cualquier lugar y sin las mínimas condiciones para operar como tales, pese a la ley 86 del 2000, que regula su desempeño.

Muchos de sus docentes piensan con faltas ortográficas; sus espacios son tan hacinados como los del sector público; carecen de butacas, pizarras e instalaciones sanitarias adecuadas; durante todo el año se inventan mil y un negocios para timar los bolsillos de los padres y madres del estudiantado; en muchos casos son verdaderos centros de retorcimiento de los valores; las buenas calificaciones y las inconductas abundan como si fueran cómplices…

Esas características también tipifican a la mayoría de las academias e institutos de estudios superiores del sector privado.

Sufrimos un caos educativo sistémico que debemos enfrentar sin medias tintas,  sin manipulaciones politiqueras, sin intereses particulares en desmedro del bienestar social.

Así que la gran jornada de amarillo montada el lunes 6 de diciembre para reclamar al Congreso la asignación a Educación del PIB, debe de extenderse con más fuerza y sin temores –y adquirir permanencia– hacia todos los frentes que por comisión u omisión son responsables de “la guagua va en reversa”.

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