Callaron hasta que el silencio pareciera Inocencia muchos años después de 1961
Documentos y testimonios revelan complicidades tácitas que la historia conserva pese a décadas de silencio.
Actualizado: 20 de Febrero, 2026, 01:17 PM
Publicado: 20 de Febrero, 2026, 01:12 PM
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– En la lógica elemental del crimen —que la historia ha confirmado tantas veces— el ladrón esconde lo robado y el asesino procura borrar sus huellas.
Ambos actúan movidos por una certeza íntima: saben que la verdad los delata y que el tiempo, si no es vigilado, termina por revelar lo que ellos quisieron sepultar en la oscuridad.
Por eso huyen, niegan, deforman los hechos y, si caen en manos de la justicia, ensayan la vieja estrategia del olvido fingido: "yo no fui", "yo no sabía", "yo no estaba allí".
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Pero la historia política, que es más compleja que la novela policial, introduce una figura aún más inquietante: la del cómplice silencioso.
No es el ejecutor directo ni el beneficiario visible del delito; es el testigo que lo vio todo, el funcionario que firmó, el empresario que financió, el periodista que calló, el intelectual que justificó, el diplomático que miró hacia otro lado.
Su arma no es el puñal ni el decreto, sino el silencio prolongado. Y el silencio, cuando dura décadas, se convierte en una forma refinada de encubrimiento.
Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en los años finales del régimen de Rafael Leónidas Trujillo, entre 1954 y 1960.
Fue la etapa más oscura y desesperada de una dictadura que, sintiendo agotarse su legitimidad interna y externa, recurrió con mayor frecuencia a los métodos clandestinos: secuestros internacionales, persecuciones selectivas, asesinatos políticos y operaciones encubiertas que hoy, con la distancia del tiempo, aparecen como el crepúsculo violento de un poder que ya presentía su propio final.
Muchos supieron. No todos ejecutaron, pero muchos conocieron.
Y, sin embargo, tras la muerte del dictador en 1961, se produjo un fenómeno que la sociología del poder ha descrito en múltiples transiciones autoritarias: la súbita conversión de antiguos colaboradores, beneficiarios o espectadores complacientes en fervorosos demócratas.
Como si la historia pudiera reescribirse con solo cambiar el discurso público, como si la biografía política pudiera lavarse con la retórica de la libertad recién proclamada.
Callaron entonces y callaron después. Callaron para protegerse, para no ser arrastrados por la responsabilidad colectiva de un régimen que durante décadas se sostuvo no solo por el miedo, sino también por la conveniencia de sectores civiles que encontraron en él seguridad, privilegios o ascenso social.
Y cuando el régimen cayó, muchos de esos silencios se transformaron en prudentes olvidos, y los olvidos en nuevas biografías adaptadas al clima democrático.
Sin embargo, la historia —que no olvida aunque los hombres callen— conserva en sus archivos, en sus testimonios y en sus contradicciones, las huellas de aquellos años finales.
Los documentos, las cartas, los decretos, los viajes, las complicidades tácitas y las omisiones deliberadas configuran un mosaico que ningún silencio posterior puede borrar del todo.
Porque el problema no es solo jurídico, sino moral e histórico. Las sociedades que no examinan con serenidad el papel de sus cómplices silenciosos corren el riesgo de repetir los mismos mecanismos de encubrimiento bajo nuevas formas.
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Y la República Dominicana, cuya memoria política ha sido marcada indeleblemente por la larga noche trujillista, sabe que la transición de 1961 no significó únicamente el fin de un hombre, sino también el inicio de una lenta batalla por la verdad.
Al final, el ladrón esconde lo robado y el asesino se oculta del crimen. Pero los cómplices que sobreviven al tiempo practican una estrategia más sofisticada: callar hasta que el silencio parezca inocencia. Y es precisamente contra ese silencio —persistente, cómodo y a veces respetable— que la historia, tarde o temprano, termina levantando su voz.


