Christophe, homenaje merecido

La Universidad  Henry Christophe no es solo la primera expresión concreta de los compromisos asumidos por la comunidad internacional con Haití, lo que ratifica que República Dominicana es la aliada más fiable del pueblo haitiano, también es un justo reconocimiento al primer gobernante de América que concibió la educación como una prioridad.

Los haitianos con buena formación educativa además de su dialecto tienen un dominio correcto del idioma francés porque el Rey Henry I, no se limitó al enunciado que coloca a la educación como una obligación que el Estado debe garantizar a todas las personas de forma gratuita, sino que además dispuso de recursos para contratar profesores franceses para las escuelas de su  país.

Algunos lo menosprecian por figurar en la trilogía de gobernantes de la isla que se han declarado monarcas, sin reparar de que más que a megalomanía esa determinación entrañaba un sentimiento real de  independencia.

Christophe no fue el primero en coronarse, siguió los pasos de Jean Jacque Dessalines, que a su vez interpretaba los sentimientos de Toussaint Louverture, reflejados en aquella misiva del “primero de los negros al primero de los blancos”, que dejaba reflejado que la revolución que concluyó con la proclamación de la independencia de Haití, no era para dejar la soberanía de esa nación  bajo la tutela de nadie, por lo que era preciso un reinado propio.

 

Dessalines, Christophe y Soulouque son objeto de burla porque eran negros de origen esclavo, pero no se le hacen los mismos cuestionamientos a Napoleón, que apoderado de una revolución que no había hecho, se instituyó como emperador, sin embargo no tenían derecho a tal afrenta héroes que para gobernar una nación tuvieron el coraje de forjarla.

Si la revolución haitiana en gran medida se inspira en la francesa, nada de extraño tenía que como la primera terminara proclamando una monarquía, práctica que no siguieron los grandes libertadores de América, por el fiasco en que terminó el modelo que había sido Napoleón, que llegando a considerarse más astuto que todo el mundo, engañó a la corona española, a la que tomó como rehén en Bayona,  propiciando los movimientos que gestarían la independencia de América.

Los grandes blancos de Haití y los mulatos promovieron una revolución, que garantizara sus intereses, los primeros querían autonomía para ser amos y señores, y los segundos, aunque se habían enriquecido, no tenían derechos políticos, por lo que ambos bandos pulsaban por el dominio de la situación, nadie pensaba en reivindicaciones para los negros esclavos, que escuchaban a sus amos conversar en forma entusiasta sobre un amanecer distinto. Dejaron que el movimiento arrancara y  se apoderaron de él.

El rey Henry I, con cuyo nombre se honra la universidad donada por el Estado dominicano al haitiano, escuchó del tema, sirviendo como mozo de un restaurante, y no solo fue un hombre de acción que a la hora de la hora no vaciló ni un momento en entregarse en cuerpo y alma a la batalla por la soberanía, no importa que Napoleón le enviara como lo hizo un ejército de cincuenta mil soldados para aplastarlos, o que fuera apresado y llevado a Francia, donde murió engrillado el líder de la revuelta,  Toussant Louverture, que muerto el perro no se acabó la rabia porque habían sucesores de la talla de Dessalines y Christophe.

 

Modesta me hallo su corte de cuatro Príncipes, ocho Duques, veintidós Condes, treinta y siete Barones y cuarenta Caballeros, que enumera con sorna el doctor Gutiérrez Félix, porque su derecho al entrenamiento en buenos modales, en el idioma y las danzas de salones, así como el desarrollo de la sensibilidad para aquilatar en ojo, nariz y boca las exquisitas bebidas, esos negros lo ganaron en el campo del honor.