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Cinco días lejos del país

Cinco días lejos del país
Juan Taveras Hernández

Estuve ausente del país durante cinco días por diversas razones, entre ellas mi “mala salud de hierro” que últimamente no marcha bien debido al estrés que me genera el caos institucional que vive el país durante muchos años y que se agrava al correr de los días. (Además de la falta de dinero)

Cinco días sin escuchar el “megáfono” (bocina) de ningún vehículo, ni siquiera en los interminables tapones de largas avenidas de ocho carriles, cuatro de lado y lado que se producen por una y hasta dos horas durante las “horas pico”.

Cinco días de ordenamiento vial, de respeto por las leyes que lo regulan, de temor hacia una policía que “no coge corte” cuando detiene a un conductor, pues no toma el celular de quien infringe la norma, no acepta soborno, ni respeta rango o posiciones económicas, políticas y sociales de nadie.

Todos le temen a las consecuencias que suelen ser muy drásticas; no solo en dinero (los famosos tiques), sino en deportaciones, puntos negativos en la licencia de conducir que hasta puedes perderla y no tener derecho a conducir durante un buen tiempo.

Los vehículos pesados circulan por el carril que les corresponde, sus neumáticos tienen que estar en óptimas condiciones; sus luces y reflectores no pueden faltar porque de lo contrario la multa es grande.

Nadie se “come” la luz roja de los semáforos, ni rebasa temerariamente a menos que no esté bajo los efectos del alcohol y cualquier otra droga en cuyo caso lo pagará muy caro. ¡Ay de aquel que lo haga y lo atrape la policía!

En los parqueos de establecimientos públicos el orden de llegada es una ley no escrita como el respeto a los estacionamientos reservados para envejecientes, mujeres embarazadas o discapacitados. ¡Educación! ¡Orden! ¡Disciplina! ¡Castigo! ¡Represión! Incluso ¡cárcel! ¡Un régimen de consecuencia! ¡Institucionalidad!

En mis cinco días fuera del terruño querido no vi debajo de ningún semáforo inteligente a un estúpido controlando el tránsito, como es frecuente ver en Santo Domingo, ni carriles improvisados por la policía

para que los choferes de vehículos públicos y privados conduzcan adecuadamente.

En esos cinco días (en realidad fueron 7, solo que la ida y el regreso no se cuentan) no vi a ningún tiguere en las esquina limpiando vidrios que nadie quiere que le limpien; ni hombres en una silla de ruedas que no necesitan; ni venden perros, gatos, agua purificada en un patio, ni gaseosas, guineos, mangos, aguacate, etc. (Las esquinas no son mercados de las pulgas en el lugar donde traté de mejorar mi salud y reducir el estrés)

Al regresar al país: el caos, el irrespeto, la selva, el más grande agrede y se burla del más pequeño. Me tomé más de dos horas desde el Aeropuerto Internacional de las Américas José Francisco Peña Gómez (que nombre más largo) hasta la calle Máximo Gómez porque los elevados solo tienen dos vías de lado y lado, a veces solo una, y porque los dominicanos y dominicanas (las mujeres también) conducen como animales. ¡Y a nadie le importa!

Llegué a mi casa sobresaltado, con los nervios de punta, el estrés matándome, la glucosa en las nubes y una arritmia cardiaca (fibrilación auricular), en más de cien latidos por minutos, casi a punto de una muerte súbita. Como diría Andrés L. Mateo: ¡Oh Dios!

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