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Circularidad histórica: apearse del tigre…

Desde el nacimiento mismo de nuestra república los políticos han mostrado tanta saña unos con otros que juicios interesados han pasado a la historia como si fuesen sentencias. El “quítate tú para ponerme yo” no es de ahora…

Un ejemplo es el otrora llamado historiador nacional, José Gabriel García, cuyo odio visceral hacia Buenaventura Báez no ha logrado borrar los hechos históricos que revelan que él, García, recibió de Báez ascensos privilegiados como artillero bajo el mando de Fagalde; que pese a estar activo como militar se le permitió ingresar al recién fundado colegio San Buenaventura; que junto con el general Francisco del Rosario Sánchez participó en una conspiración en 1857 contra Santana para reponer a Báez; que al debelarse la misma fue herido de bala en una nalga; que se asiló y tras volver del exilio fue funcionario en la Aduana designado por Santana; que el propio Santana vendió favorablemente a García el equipo de la imprenta nacional  y así surgió la Imprenta y Librería García, con lucrativos contratos del Estado entre ellos imprimir la Gaceta Oficial; que durante la Anexión, fue funcionario del Cabildo de Santo Domingo, hasta caer preso días antes de irse los españoles y no precisamente por luchar contra ellos…

Luego de una vida tan asendereada, para usar un término de su época, García termina como ministro de Cabral tras la Restauración. Ante el retorno de Báez –aclamado por las mayorías- para asumir la Presidencia, García renuncia y se pasa el resto de su vida difamando a Báez y asumiéndose él mismo, ¡tras su entusiasta santanismo!, dizque más duartista que Duarte.

Esa misma clase de pasión e inconstancia infecta hoy a la política dominicana. Balaguer se libró después de 1978 por haberse ido a pasar casi dos años en Nueva York y Guzmán por haber “bajado al silencio”, como define un salmo a la muerte. Pero Jorge Blanco padeció el ludibrio de ver a sus propios compañeros hacerle el juego a Balaguer para destruirle políticamente. Algunos de los mismos inconsecuentes que en estos días incordian a Leonel Fernández intentaron hacerlo con Balaguer a fines de los ’90. A Hipólito Mejía lo han querido ligar infamemente a un narco mexicano.

La denuncia pública bien fundada es esencial a la democracia, pero ¿el continuismo no será consecuencia de que ningún “ex” ha podido retirarse en paz?

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