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Costa este de EE.UU. en vilo por el huracán Sandy

Costa este de EE.UU. en vilo por el huracán Sandy
Costa este de EE.UU. en vilo por el huracán Sandy

EE.UU. se prepara en alerta ante paso de huracán Sandy.

NUEVA YORK, EE.UU.- Frankentormenta, la megatormenta, tormenta súper épica, la tormenta perfecta, son algunos de los calificativos que los diversos medios le están dando a Sandy, el huracán que acaricia peligrosamente la costa este de Estados Unidos a medida que se desplaza hacia el norte y que se prevé hará impacto entre Washington DC y el estado de Nueva York.

Las autoridades y los servicios de emergencia empezaron a emitir sus alertas y comunicados desde el viernes, advirtiendo a los residentes que cancelen todas sus actividades programadas durante la siguiente semana y que se preparen para la peor tormenta en casi 30 años.

El presidente Barack Obama y su rival republicano en las elecciones presidenciales, Mitt Romney, han puesto el ejemplo alterando los planes de campaña que tenían programados con eventos en las regiones que podrían quedar afectadas por las inundaciones, vientos y hasta nieve.

Nueve estados, desde Carolina del Norte hasta Connecticut, declararon estado de emergencia. Nueva York y Nueva Jersey han ordenado evacuaciones forzadas. Los sistemas de transporte público están clausurados desde el domingo en la tarde.

Oficinas privadas y públicas estarán cerradas, las clases en escuelas y universidades se cancelaron, los almacenes y tiendas tienen más clientela que de costumbre con consumidores comprando lo que nunca antes se les ocurría: galones de agua, decenas de enlatados y baterías.

Los meteorólogos advierten que Sandy se verá atraída hacia la costa y tierra adentro por un sistema frío que se acerca desde el occidente creando un fenómeno que han denominado Frankentormenta que, además de la lluvia y los vientos, producirá nieve.

Según los pronósticos, Washington DC no sufrirá el impacto directo del ojo del huracán y la subida repentina de la marea -eso está reservado para Maryland, Nueva Jersey y Nueva York- pero se prevé que sufrirá los torrenciales aguaceros y las intensas ráfagas de una tormenta que tiene un diámetro de más de 1.500 kilómetros.

Se pronostica que más de un metro de lluvia se precipitará sobre la región metropolitana de la capital en 48 horas. Sin embargo, la verdadera tormenta no empezará a sentirse hasta el lunes en la tarde.

Aunque el tiempo afuera está en relativa calma, hay tensión interna en la población.

Han sido unos días de callada desesperación. A pesar de los anuncios por televisión y radio de una catastrófica tormenta, durante el fin de semana casi ni se ha sentido el viento y una pequeña llovizna apenas empezó a caer el domingo por la noche.

Uno de los problemas de haber pasado por este tipo de situación -durante mis años viviendo en Miami y después en Washington cuando impactó la tormenta Irene en 2011- es saber cómo reaccionar. Algo entre la histeria y la indiferencia.

Tuve algo de la primera cuando no supe del paradero de mi hijo, un estudiante de universidad que reside en los dormitorios, y tuve unas horas de desesperación tratando de dar con él.

Cuando finalmente nos comunicamos, ya había alquilado con mucha dificultad un vehículo para ir a recogerlo y traerlo a mi apartamento, pero me dijo que estaba muy bien en su dormitorio y que la universidad ya había tomado todas las precauciones del caso.

De regreso para devolver el automóvil alquilado enfrenté embotellamientos de tránsito por la ciudad, posiblemente por el afán de la gente de resguardarse en sus casas, pero no. Era porque este domingo se corría una de las carreras estelares de la capital: el maratón de los infantes de Marina.

“Si ese evento siguió adelante, no es posible que las cosas sean tan graves”, pensé. Entonces me entró el estado de indiferencia.

Me causó cierta gracia ver a algunos de mis vecinos entrando al edificio empujando carritos con cajas de botellas de agua apiladas una sobre la otra. Leí con descuido una circular detallada que la administración puso en los ascensores con todas las medidas de seguridad que estaban implementando.

El servicio de TV Cable e internet me envió una grabación de cortesía a mi teléfono indicándome cómo podía contactarlos en caso de sufrir un apagón o una caída del servicio.

En Washington se corrió el maratón de los Marines, como si todo siguiera normal.

Se me ocurrió que, después de todo, sería práctico tener un poco de comida y bebida adicional en caso de que no pudiera salir de casa en los próximos días. Cuando fui al supermercado, en las estanterías quedaba poco.

De regreso a casa con unas cuantas latas de sopas que no son de mi gusto entré en la página del Servicio Meteorológico Nacional y empecé a caer un poco más en la cuenta de la magnitud de lo que se nos viene. Y, si se les cree a las autoridades, no hay duda de que vendrá.

Se esperan graves inundaciones y apagones, algo que se ve frecuentemente en Washington con aguaceros y vientos de menor calibre. La tormenta será peligrosa y afectará toda la región, no importa dónde se encuentre su ojo.

Sin duda habrá interrupción de todos los quehaceres diarios y la recomendación es que nos refugiemos lo mejor que podamos. El pronóstico es que el lunes en la tarde se empezarán a sentir los vientos huracanados y no se sugiere que haya gente en la calle para entonces por el peligro de que caigan árboles y ramas.

Las autoridades ya anunciaron que todo el transporte público estará cerrado desde el lunes.

El huracán coincide con la época de Halloween, la Noche de las Brujas. Se habla de una Luna llena, que no tiene nada que ver con superstición, sino el efecto gravitacional del satélite sobre la marea.

No obstante, hasta cierto punto me siento como un niño entrando en una habitación oscura, sin saber qué hay adentro pero en mi cabeza imaginándome lo peor.

William Márquez

BBC Mundo, Washington

 

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