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Cuando grabaron las conversaciones de Juan Bosch

Cuando grabaron las conversaciones de Juan Bosch
Bernardo Vega

En esta semana en que se conmemora el 46 aniversario de la revolución de abril quiero adelantar a mis lectores un aspecto contenido en un libro que estoy terminando de escribir y que trata sobre las negociaciones políticas que tuvieron lugar inmediatamente después de la intervención militar de 1965.

Algunos elementos liberales dentro del gobierno americano, incluyendo a puertorriqueños como Luis Muñoz Marín y el rector Jaime Benítez, convencieron al Presidente Lyndon Johnson de negociar un acuerdo bajo el cual Antonio Guzmán, perredeísta, encabezaría un gobierno provisional en el cual el grueso del gabinete también sería de ese partido y algunos militares constitucionalistas ostentarían posiciones de importancia en las fuerzas armadas. El Congreso perredeísta de 1963 volvería a funcionar. También se le pediría al pueblo, a través de un referéndum, que decidiese si quería o no la puesta en vigencia de la constitución de 1963, al tiempo que, bajo la supervisión de la OEA, tendrían lugar elecciones libres en 1966, en las cuales Bosch podría ser candidato.

Para ese fin altos funcionarios de la Casa Blanca negociaron primero con Bosch, exilado en San Juan de Puerto Rico, llegando, en principio a un acuerdo, y luego en Santo Domingo con Guzmán, Antonio Imbert y los altos militares de San Isidro. Bosch era el que, desde San Juan, por teléfono, daba instrucciones a Guzmán y a los constitucionalistas sobre cómo seguir negociando.

Pero el gobierno norteamericano había instruido al FBI interceptar, grabar, traducir y resumir todas las llamadas que recibía y hacía Bosch desde su casa en San Juan, así como las recibidas y hechas por Joaquín Balaguer en Nueva York. Hasta las llamadas hechas por Muñoz Marín, por varios embajadores latinoamericanos ante la OEA y por periodistas americanos que reportaban desde Santo Domingo fueron “pinchadas” por el FBI. Entre el 5 de mayo y el 11 de junio de 1965 el FBI interceptó 267 llamadas desde la casa de Bosch en San Juan. Johnson recibía en cuestión de horas la transcripción de cada una de ellas. Precisamente una de las principales razones por las cuales Lyndon Johnson ordenó hundir la así llamada “fórmula Guzmán” fue cuando le llegó el “pinchazo” de una llamada recibida por Bosch proveniente del Edificio Copello de un miembro del gabinete constitucionalista quien le dijo que después que Guzmán fuese gobierno y con un  Congreso controlado por el PRD, en unos treinta días se podría cambiar a las personas que habían sido negociadas con los americanos para conformar tanto el gabinete como las posiciones militares claves. Al oír eso, Bosch, consciente de esa metida de pata, tan sólo optó por decirle: “No hable, actúe”.

Johnson  había ordenado, desde el principio de su gobierno, que todas sus llamadas, incluyendo las que luego haría a Santo Domingo, fuesen grabadas. Están disponibles y por eso sabemos cómo varios de los principales asesores del presidente hicieron referencia al antes referido “pinchazo”, como evidencia de la “mala fe” de los negociadores constitucionalistas. La abandonada fórmula Guzmán fue entonces sustituida por un gobierno apolítico presidido por Héctor García Godoy donde ni civiles ni militares constitucionalistas tuvieron influencia.

La historia que estoy escribiendo en este libro está basada, consecuentemente, no tanto en documentos, sino escuchando horas y horas de grabaciones de Johnson hablando con su gente y leyendo también las intervenciones del FBI del teléfono de Juan Bosch. Son fuentes inusuales para escribir la historia, pero determinan la “verdadera historia”.

Esto me hace pensar que como en nuestro país tanto nuestros servicios de inteligencia como empresas privadas se dedican a “pinchar” nuestros teléfonos, tal vez nuestra “verdadera historia” es la que se logre escribir escuchando esos “pinchazos”, por lo que bien harían esos servicios y esas empresas en proveer a nuestro Archivo General de la Nación de esas cintas grabadas. Después de todo, estamos en la era de los Wikileaks donde la historia se está escribiendo casi al instante.

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