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¡Cuánta confusión!

¡Cuánta confusión!

Como cada año año desde 1965, los “comandantes” o combatientes constitucionalistas que quedan vivos celebran cacareando su participación en la sedición que tumbó al Triunvirato y luego dividió en dos las Fuerzas Armadas primero y luego al país, provocando la intervención militar estadounidense y de la OEA.

Siempre me ha parecido curioso ese protagonismo desesperado de que quienes perdieron la revolución, luego perdieron las elecciones de 1966, luego perdieron la aventura guerrillera de 1973; como también perdieron en la Guerra Fría con el rotundo fracaso del comunismo y la implosión de la URSS.

Es curioso porque las ideas que sustentaban, el modelo que impondrían, si hubieran ganado, nos tendría hoy como Cuba, Nicaragua, Venezuela o los demás paraísos proletarios de sus sueños.

La libertad, prosperidad, progreso y democracia (aunque tan imperfecta) que disfrutamos, que envidian nuestros vecinos aunque nosotros vivamos desacreditándonos, resultan directamente como consecuencia de éxito y triunfo de sus adversarios silenciosos; estudiaron, trabajaron, invirtieron, construyeron; crearon universidades, patronatos, empresas, fábricas, comercios, agroindustrias. Grandes, medianos, chiquitos, ¡esos son los verdaderos héroes!

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