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Miércoles, 26 de febrero, 2020

David Collado

David Collado
Julio Cury

Desde la noche del pasado día 5, cuelgan crespones de tristeza en el corazón de Santo Domingo. David Collado, fervoroso, honrado, trabajador, responsable, declinó aspirar a la Alcaldía para un segundo período consecutivo, siendo imposible no sobrecogerse al escuchar su decisión, pues una ciudad como esta, de infortunios escalonados, ha sido bien escoltada durante los tres últimos años por el joven emprendedor y su equipo de trabajo.

Al despertar la mañana del 6, con la mente y espíritu frescos, en esos momentos de sosiego que siguen a cada despertar, reflexioné en torno al anuncio que David hizo público con la naturalidad y el desenfado de quien sabe que la dignidad es el mejor patrimonio de un hombre. Repasé su gestión, desde el prometido rescate del monumento a Fray Antonio de Montesinos, donde la pederastia abusó repetidamente de la inocencia, hasta el desvanecimiento del tinte sombrío que ofrecían los cementerios capitalinos.

¿Por qué resignó a otro cuatrenio? A decir vedad, no lo sé, y es probable que alguien por ahí, con cicatería mental, le regateé respaldo popular para extender por otros cuatro años el inquilinato del Palacio Consistorial. Y claro que semejante absurdo solo puede ser concebido por quienes estén a dos dedos de la idiotez, ya que si algo ha cosechado David a lo largo de su gestión en la ADN, ha sido apoyo de quienes viven en la capital de esta media isla.

Me ofrezco como testigo, pues a principios de año presencié el desbordado afecto que le prodigaron los capitaleños de todos los niveles sociales durante la celebración de las fiestas patrias en el Malecón, cuyo colorido igualmente rescató. Posteriormente, en un juego de volibol, su llegada al pabellón fue acompañada de aplausos ensordecedores que testimoniaron el aprecio que ha sabido cosechar. Insisto en que los perfiles definitivos de la difícil decisión que tomó no pueden ser precisados aún, pero me socorre el convencimiento de que el correr de los días ofrecerá contornos esclarecedores.

Juan Bosch hizo célebre la frase de que en política hay cosas que se ven y cosas que no se ven, y la que menguó la alegría de los capitaleños el pasado día 5, fue de las que nuestros ojos no alcanzan a divisar. Sin embargo, la vida, con su eterno fluir, o si se prefiere, con su inflexible dialéctica, hará que se vean mañana con claridad deslumbradora para regocijo de muchos y mortificación de sus adversarios.

Es cierto que a veces hay que retroceder un poco para luego seguir avanzando; la ciudad capital perdió a David, pero tal vez la pérdida haya sido para ganancia de los 48 mil kilómetros cuadrados del país. La pregunta que quema como llama encendida es a qué posición aspirará y por qué partido, y a pesar de que tampoco tengo idea, a nadie debe caberle duda de que afrontará el reto con lealtad, enalteciendo la agrupación que lo cuenta o contará entre los suyos. David no está solo. Con él, mientras mantenga vigentes los principios que informan su concepción del quehacer político, estará siempre el pueblo, que jamás desampara a aquellos que abrazan su causa y se identifican con sus altos destinos.

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