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David Ortiz y la seguridad ciudadana

David Ortiz y la seguridad ciudadana
Mario Rivadulla

Por la relevancia de su figura como la estrella fulgurante que ha alfombrado de sobrados méritos el acceso en su momento al Salón de la Fama; por su  carisma y don de gentes; la ancha y radiante sonrisa que le ha conquistado la justa popularidad de que goza, y por su labor social y humanitaria, el atentado que estuvo a punto de costarle la vida a David Ortíz, lo mantiene sujeto a exigentes cuidados y a un previsible y prolongado proceso de recuperación de aún incógnitas posibles secuelas de futuro no solo ha causado  un enorme impacto emocional en el pueblo dominicano que hoy ora por su recuperación.

Descartada la presunción inicial de un intento de atraco o de acción delictiva común y corriente, y por consiguiente la necesidad de profundizar en las investigaciones para establecer las motivaciones del atentado, este penoso hecho  ha servido también de detonante para poner de nuevo sobre el tapete el tema de la seguridad como principal  reclamo de la ciudadanía.

Una y otra vez, a lo largo de muchos meses que ya forman años, no ha habido una sola encuesta de las que con tanta frecuencia se dan a conocimiento público que no coloque el temor a la creciente delincuencia en lugar de cabecera como principal motivo de preocupación del público.

No somos en modo alguno el país más inseguro de la región, antes al contrario.  Las estadísticas lo prueban.     Pero si somos un país mucho más inseguro de  lo que éramos dos decenios atrás.  Y esto es lo que cuenta y nuestro marco de referencia y no los números comparativos con otros países de la región, donde ciertamente los índices de criminalidad superan mucho a los nuestros. Los ejemplos sobran.

No hace tanto todavía, padecíamos una delincuencia de poca monta.  Hoy, por el contrario, somos víctimas de una criminalidad de alto vuelo y la más elevada peligrosidad con bandas bien organizadas y armadas, audaces hasta la temeridad, dispuestas a cometer todo tipo de fechorías y que no vacilan  en hacer frente a la fuerza pública.

Los atracos que culminan con el asesinato de las víctimas; los ajustes de cuentas, sobre todo vinculados al narcotráfico; la cada vez más extendida práctica del sicariato; los asesinatos por encargo; el crimen organizado, las características siniestras que revisten los horrendos hechos de sangre que van registrándose  con frecuencia alarmante  conforman un cuadro bien distinto y atemorizante, con la gente viviendo en permanente estado de zozobra, ganada por la inseguridad y el temor de resultar  víctimas de una delincuencia rampante, indetenible   y tan a menudo brutal.

Pero además nos hemos ido convirtiendo en una sociedad de ciudadanos intolerantes y agresivos, donde la violencia social supera inclusive a la violencia criminal, que se manifiesta desde que salimos a la calle hasta que regresamos al hogar, donde a veces ni siquiera se siente uno seguro.   Hemos ido  perdiendo cada día más la capacidad de dialogar, negociar, discutir, conciliar y arreglar diferencias sin  que la sangre llegue al río. Cualquiera tiene un arma y no vacila en usarla a veces por los motivos más simples desde la discusión por un parqueo hasta una simple rozadura de vehículo.   Es el mismo clima de agresividad que se manifiesta en la mayoría de las familias  y de donde  se lleva a las aulas escolares.

Hay que insistir en que el control de la creciente violencia criminal tiene que ser acogido por las autoridades como asunto de la más alta prioridad. La ciudadanía requiere recuperar el perdido sosiego, recobrar el clima de tranquilidad que garantice la normal convivencia, libre de miedos.  Por lo pronto habrá que someter a revisión exhaustiva todos los planes puestos en práctica hasta el presente que no han logrado sus objetivos y elaborar una nueva estrategia basada sobre todo en la labor de inteligencia y prevención para lo cual será preciso contar con la activa colaboración de la población.

Pero también, por nuestra parte, como ciudadanos estamos en el deber de asumir la responsabilidad de controlar la igualmente creciente y preocupante violencia social, promoviendo y practicando una cultura de paz.    Porque de esto también se compone la seguridad ciudadana.

 

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