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De estatuas y el no poder respirar

De estatuas y el no poder respirar
Bernardo Vega

En Estados Unidos e Inglaterra a la población le ha cogido por tumbar y hasta ahogar estatuas de ex héroes pero que apoyaron la esclavitud.

En el momento de desaparecer Ulises Heureaux (“Lilís”) una estatua ecuestre suya quedó varada en Barcelona y cuarenta años después, durante la guerra civil española al no haber sido reclamada fue fundida para hacer balas republicanas. En 1961, al quedar ajusticiado Trujillo, el pueblo participó en una fiesta colectiva derribando sus estatuas y bustos. Encontrar una constituye hoy una rareza. Más inteligentes fueron los húngaros pues acumularon en un parque todas las esculturas estilo soviéticas sobre la lucha de los obreros, todas de pésimo gusto, lugar que hoy es visitado por los curiosos.

En Estados Unidos se están escondiendo estatuas de los héroes sureños de la guerra civil, defensores de la esclavitud, como el caso del general Lee. Pero también será removida la estatua ecuestre del presidente “Teddy” Roosevelt a la entrada del Museo de Historia Natural de Nueva York, a pesar de haber sido este un gran defensor del conservacionismo. Y es que a ambos lados del caballo, como simples sirvientes, están parados un indio americano y un afroamericano. Nosotros en el Caribe lo despreciamos por su toma militar de Cuba y Puerto Rico y por sus medidas contra las finanzas dominicanas.

En Estados Unidos las estatuas de conquistadores españoles también están siendo tumbadas. Entre nosotros nunca erigimos una a Santana el anexionista pro español. Pero el personaje más zarandeado lo es Cristóforo, el almirante de la mar oceana. En la católica universidad de Notre Dame en Illinois se han borrado murales alusivos al 1492 y cuando cayó el dictador Duvalier hijo en 1986, como no existían en Haití estatuas ni de Duvalier padre o hijo, y mucho menos de héroes franceses, la estatua del almirante fue tirada al mar donde permanece. Cuando llegaron a nuestro país las cenizas del almirante se incumplió su última voluntad, plasmada en su testamento, de que fuese enterrado en La Vega. Durante la dictadura de “Lilís” el gobierno francés, no el español, donó la estatua que está en el Parque Colón, pero tiene un problema. El escultor colocó a una indígena al pie del almirante, mirándolo con admiración, cuando la realidad fue que este contribuyó al exterminio de la raza taína.

Eso de las estatuas dominicanas siempre me ha perseguido. Cuando me nombraron director del Museo del Hombre Dominicano traté de cambiarle su nombre por el Museo de la Dominicanidad, para así incluir a las mujeres. Como a la entrada del mismo había una estatua de Enriquillo y era un museo antropológico, la hice quitar sustituyéndola con tres estatuas de Antonio Prats Ventós que reflejan la lucha por los derechos humanos a través de nuestras tres principales raíces: un español, el Padre de las Casas; un indio, Enriquillo y el esclavo Lemba quien se alzó en las nuestras lomas. Por cierto, eso ocurrió durante el gobierno de Antonio Guzmán y se me atribuyó, de muy mal gusto, que se trataba de una estatua de Peña Gómez.

En una ocasión acompañé al presidente dominicano en un viaje a Nueva York que incluía un homenaje a Duarte ante su estatua en la parte baja de esa ciudad. En la agenda apenas estaba disponible las siete de la mañana y cuando allí llegaron tres grandes automóviles negros acompañados de motocicletas los borrachines que dormían en los bancos se tiraron al piso y cuando les pregunté me dijeron que habían temido que se tratara de un conflicto armado entre gánsteres. Pero fue muy bello el gesto de un sirviente de origen dominicano quien desde un cercano pequeño restaurante, por su propia cuenta nos trajo un par de docenas de cafés. En el campus de la Universidad de Columbia está la estatua de un congresista norteamericano quien yo descubrí que había sido extremamente racista al oponerse a la anexión dominicana en 1871 alegando que los negros deberían quedarse en el Caribe. No solamente eso, sino que el parque en Manhattan donde está la residencia del alcalde también lleva su nombre. Fracasé en mis esfuerzos por lograr eliminar por lo menos la estatua.

Cuando visité por primera vez a Martinica me encontré que la estatua de su hija más famosa, Josefina, la emperadora esposa de Napoleón, había sido decapitada, ya que su esposo había restablecido la esclavitud que había sido eliminada durante la revolución francesa.

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