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De quién son esos perros salvajes

Si la comunidad dominicana tuviera un mínimo de autorrespeto el clamor sería general para que la Policía Nacional y el gobierno dieran una explicación racional de cómo fue posible la salvaje agresión de que fueron objeto la popular cantante Miriam Cruz, su esposo Engelbert Landolfi, el director de su orquesta Henry Jiménez y su guardaespaldas Víctor Reynoso, a manos de agentes policiales cuando salían de Barahona en la madrugada del sábado 11, tras concluir allí un concierto.

He pasado la semana buscando explicación y nada ni nadie me ha podido explicar cómo es posible que numerosos “agentes del orden” dispararan decenas de veces contra un vehiculo y que cuando el mismo fuera detenido por sus ocupantes y salieran manos arriba identificándose, balearan en ambas piernas al encargado de seguridad.

Hace tiempo que estoy enterado de que en la misma Barahona hay una docena de jóvenes lisiados de disparos en las piernas tras ser estigmatizados como delincuentes, y que ese es uno de los métodos de trabajo que se han impuesto en estamentos policiales que incluyen oficiales del más alto rango. Pero ni esa barbarie explica la  humillación a que fueron sometidos Miriam Cruz y sus acompañantes.

Escuché a Landolfi explicar por radio la lluvia de disparos, dicen que más del medio centenar, de que fueron objeto, pero el viernes leí en El Caribe las declaraciones de él y de Miriam, y confieso que cada vez estoy más confundido. Que a las 3 de la madrugada confluya una veintena de policías en una vía de Barahona o cualquier otra ciudad del país es de por sí extraordinario. Como si tuvieran un encargo especial.    La narración es auténticamente macondiana. Que se detuvieron con el tiroteo y el encargado de seguridad salió manos en alto gritando su identidad, pero le dispararon a quemaropa. Que luego pusieran a la artista y sus compañeros contra una pared y los obligaran a arrodillarse, sin escuchar sus gritos, como si esos agentes estuvieran incapacitados para saber quién es Miriam Cruz en una pequeña población donde ella acababa de cantar.

Seis días después, todavía traumatizada, sin poder comprender lo ocurrido, la cantante sostiene que nunca la habían humillado tanto, que los policías “parecían perros autómatas y salvajes que no entendían nada”. Y por supuesto que ella no entiende que la jefatura de la Policía pretenda saldar la salvajada con la cancelación de dos rasos y dos cabos, el arresto por 30 días de un sargento y la amonestación de un teniente.

A lo mejor no eran la veintena que los consternados y aterrorizados ciudadanos dicen haber visto en acción, pero seguramente eran más de seis. Y cómo explicar que a esa hora llegara al escenario un mayor policial sin que tuviera responsabilidad en lo ocurrido.

Definitivamente el Jefe de la Policía Nacional  debe una explicación no sólo al grupo agredido, sino también a la estupefacta comunidad nacional. En un país mínimamente institucionalizado, la responsabilidad se extendería al Ministro de Interior y hasta al “comandante en jefe” que aquí lo es el presidente de la República.

A ellos corresponde explicar qué tipo de policía es que mantienen para proteger a los ciudadanos y las ciudadanas, y también cuál es la responsabilidad que a ellos concierne de tantos desafueros.

Lo ocurrido con Miriam Cruz y sus acompañantes. Demuestra que ya nadie está seguro en calles y carreteras del país, ya no sólo por la acción de los delincuentes clandestinos, sino también de los uniformados. Cada vez son más los que preguntan qué tragedia tendrá que ocurrir para que se entienda que la vigente política de combate a la delincuencia es criminal, primitiva, ineficaz e insostenible.

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