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Debate presidencial, ¿de qué hablar?

Debate presidencial, ¿de qué hablar?
Rosario Espinal

Los políticos dominicanos se niegan a debatir cara a cara en época electoral. No hay obligación de hacerlo, pero es una práctica instalada en muchas democracias avanzada; y si han adoptado la propaganda mediática y el uso de encuestas de esas democracias, ¿por qué se resisten al debate?

La respuesta es obvia: porque el raciocinio y la honestidad en la relación con la ciudadanía no es el ingrediente principal de las campañas dominicanas, y además, porque los candidatos no difieren significativamente en lo que harán cuando sean presidentes. Entonces, ¿de qué hablar?

No es que el debate cara a cara sea la panacea, ni haga una democracia más auténtica, ni comprometa un candidato a cumplir sus promesas; pero es la única forma de que los candidatos argumenten con la réplica inmediata.

Esto tiene dos ventajas: el electorado puede evaluar mejor las destrezas intelectuales de los candidatos, y la réplica permite la auto-defensa inmediata cuando hay acusaciones incorrectas o irresponsables hacia un candidato.

La reciente suspensión del debate presidencial que sería patrocinado por la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (ANJE) fue un fracaso esperado por todo conocedor de la política dominicana.

La fecha, los entrevistadores, el formato y la cantidad de candidatos a participar constituían fuentes de escusas para no celebrarlo. Cada candidato culparía al otro del fracaso, como han hecho ya los representantes de Hipólito Mejía y Danilo Medina.

Pero el rechazo al debate presidencial trasciende los candidatos actuales. Leonel Fernández también se opuso a participar en un debate en las elecciones de 2008, a pesar de contar con destrezas discursivas superiores a las de su contendiente. La excusa fue la falta de conceptualización.

Repito, en República Dominicana no ha sido posible organizar un debate nacional cara a cara porque los políticos se resisten a razonar en público con la ciudadanía de jurado, y de eso se trata un debate presidencial.

Los estrategas de campaña prefieren la chismografía propia de la campaña sucia, o que los candidatos vociferen en mítines y caravanas.

Y es que fuera de algunas variaciones de estilo, los políticos hacen lo mismo cuando llegan al poder: clientelismo, corrupción y nepotismo a beneficio de su parcela. Actualmente, no hay diferencias ideológicas ni programáticas importantes entre los principales candidatos.

Los partidos producen programas de gobierno que a veces ni los mismos candidatos leen, y mucho menos implementan. Predomina el caravaneo, el bandereo, las vallas y letreros, los anuncios de campaña en todos los medios, y las tramas acusatorias que no se sustentan bien o nunca se investigan.

En las últimas semanas se ha visto la escenificación de los millones de euros de Margarita Cedeño, los millones de dólares de Félix Bautista, el complot de Pepe Goico contra el Presidente de Haití, y la trama de Guido Gómez contra Miguel Vargas. ¿Son delitos verdaderos o fabricados?

En un estado democrático fundamentado en la legalidad, todas estas denuncias merecerían una investigación judicial profunda para demostrar su veracidad o mezquindad. Se trata de corrupción, falta de transparencia institucional, golpe de estado y asesinato. Pero en República Dominicana esas acusaciones son parte del carnaval electoral.

Si la acusación beneficia al gobierno, se hace un allante de investigación; y si beneficia la oposición, ni siquiera se hace el allante, como el caso de Félix Bautista que sigue tan campante.

Sean ciertas o no, las denuncias estrambóticas tienen un efecto mediático que beneficia un bando u otro. Las elecciones son un juego suma cero, y para ganar en las dominicanas se noquea con acusaciones, no con argumentos. Por eso no hay debate.

Artículo publicado en el periódico HOY

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