Debate y democracia

Sin embargo, el miércoles, nuestros líderes políticos demostraron que son capaces de debatir civilizadamente.

El debate celebrado el pasado miércoles es una muestra más del estado de salud de la democracia dominicana. Durante dos horas los candidatos presidenciales de los tres principales partidos mayoritarios respondieron las preguntas sobre los temas cruciales de la agenda pública, en un clima de civismo, respeto, caballerosidad y de transparente deliberación democrática, lo cual es único, hay que decirlo, en una región y en un mundo acogotados por la crispación, la satanización del adversario y el ejercicio del supuesto derecho al insulto político.

Se trata del primer debate presidencial en la historia dominicana, siendo Luis Abinader no solo el primer presidente dominicano que participa en uno, sino que, pese a encabezar las preferencias populares, según la mayoría de las encuestas, rompió con el mito y la tradición de que el más popular candidato no debe ni tiene que asistir a un debate con sus competidores.

Decimos que el debate acontecido demuestra la sanidad de nuestro sistema político sin perjuicio de reconocer las debilidades del mismo: la exclusión de candidatos presidenciales en el debate, lo que propicia el abuso de posición dominante de los partidos mayoritarios; el carácter clientelar de nuestro sistema político; el hecho de que se trata de las primeras elecciones en donde se reduce adrede el financiamiento de los partidos, la oposición tiene que acudir a los tribunales para reclamar los fondos que por ley le corresponde y el gobierno entrega a regañadientes los mismos; y el abuso de la publicidad gubernamental en favor del partido gobernante, por solo citar algunas de las más importantes taras de nuestra democracia.

La fortaleza de nuestra democracia ha estado basada en partidos, que mal que bien, siguen convocando con gran intensidad la adhesión de simpatizantes y militantes; un liderazgo político comprometido con las reglas de juego democrático y leal al sistema y al consenso político; un electorado pragmático que rechaza el populismo y los extremos del espectro político y que tiene memoria histórica viva de los males del autoritarismo en nuestra historia republicana; y una estabilidad económica que, unida a la responsabilidad social y el compromiso democrático de las elites económicas, más la disminución de las presiones sociales, gracias a la emigración y a las remesas de los dominicanos en el exterior, sirven de eje esencial de dicha estabilidad.

La gran debilidad del sistema radica en el modelo económico, excluyente, incapaz de generar empleos formales y dignos y, por tanto, ciudadanía, empoderada y educada, lo que genera una gran masa de desempleados, informales y cuentapropistas, a los que se suman miles de inmigrantes de estatus migratorio irregular, que deprimen el salario real y contribuyen a la consolidación de una pobreza estructural que apenas disminuye con las transferencias monetarias de las ayudas sociales.

Si a lo anterior añadimos una institucionalidad débil, un sistema de frenos y contrapesos averiado, un sistema educativo colapsado, una creciente inseguridad ciudadana, un estado de violencia estructural contra mujeres, discriminados y marginados, es mucho lo que atenta contra la permanencia y viabilidad de una democracia de iguales.

Sin embargo, el miércoles, nuestros líderes políticos demostraron que son capaces de debatir civilizadamente. Por nuestra parte, el 19 de mayo los ciudadanos dominicanos demostraremos, nueva vez, que podemos votar, en paz y ordenadamente, por un país mejor, más próspero y más justo.