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Delincuentes de opinión pública

Delincuentes de opinión pública
Víctor Bautista

Es una real manada en expansión de distinta procedencia. Algunos de sus integrantes vienen de profesiones liberales en las que no pudieron abrirse espacio, ya sea por incapacidad o falta de oportunidades. Otros cruzaron la frontera de la política, de oficios de baja calaña y hasta de la prostitución para asentarse en un terreno donde han florecido.

Y lo han logrado -si el éxito se mide sólo por los ingresos que mueven y la claque irracional que prodiga aplausos a cada una de sus barrabasadas- bajo las etiquetas de “comunicadores” y de “influencers”, a sabiendas de que se trata de entes que no transforman ni provocan cambios favorables a la sociedad.

Viven en un ecosistema de ruidos, su rol -como ellos mismos han acuñado sin rubor alguno- es causar sonido sobre sus propias figuras o acerca de terceros. Sus armas no son los aspectos conceptuales sino el desenfreno verbal primitivo, el lenguaje selvático.

Como carecen de ética y formación ni tienen criterios de la comunicación como ciencia, nada los contiene para asesinar reputaciones a malsalva o ejercer el sicariato moral, que es la nueva industria de esta democracia fallida.

Estos altoparlantes del insulto invaden los medios de comunicación, especialmente radio y televisión, con anclaje en perfiles de redes sociales, aprovechando que un sistema relajado, con débiles cimientos institucionales, sirve de cobijo y a veces es elástico para acomodar a quien no debe.

Lo peor es que hay quienes, profesionalizados, establecidos en el mundo formal de los negocios y la política, compran el desenfado y la lengua viperina de estos especímenes con el propósito de sembrar pánico en los contrarios, echar cubos fecales sobre nombres públicos y hablar por boca de gansos, logrando así un comodín para su cobardía.

Son verdederos delincuentes de opinión pública, una banda estructurada que en algunos casos incluye a miembros de una misma familia. El fenómeno parece no llamar la atención y lo admitimos como parte del paisaje y de la poca fe que tenemos en las instituciones, las relaciones civilizadas y la convivencia para la solución de controversias. No andamos bien.

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