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Demasiado honor para no decirlo

Demasiado honor para no decirlo
Rafael Chaljub Mejía

Esto es demasiado honor y demasiado privilegio como para no salir a pregonarlo. Por feliz sugerencia del compañero Miguel Mejía, el pasado lunes 6 estuvo en casa el maestro Ignacio Ramonet. Uno de los más prestigiosos y brillantes intelectuales progresistas de estos tiempos, director de la versión en español del Le Monde Diplomatique, Doctor honoris causa de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, autor de una respetable cantidad de buenos libros, incluyendo su muy celebrada obra Cien Horas con Fidel.

Tras ser recibido por Dulce y yo con el sentimiento que nos embargaba aquella presencia, nuestro huesped se mostró complacido de visitarnos, alabó el ambiente acogedor que dijo observar en casa, las plantas que mi esposa cultiva con esmero y la comodidad de las mecedoras serranas que nos servían de asiento.

Con la modestia y la sencillez del sabio, se dispuso a hacerme preguntas y a escuchar con paciencia y atención mis respuestas. Le dije en son de broma que yo estaba monopolizando el derecho a la palabra y que lo había invitado a casa para oírlo. Y los temas, predominantemente de política internacional, se abordaron con toda franqueza. Resulta grato y al mismo tiempo edificante oír a hablar a alguien con tanto camino andado, con tanta y tanta experiencia acumulada en su labor profesional y su trato directo con tantas grandes figuras de estos tiempos. Desde Fidel y el papa Francisco, Gabriel García Márquez y Hugo Chávez.

Se aprende mucho de las interpretaciones que él hace sobre las cosas que pasan en el mundo, de sus enfoques y opiniones sobre los procesos que se viven en los puntos más neurálgicos del mundo del presente. En un momento de su estadía Ramonet quiso que nos tomáramos una foto ante un cuadro del Quijote que cuelga en una de las paredes de mi casa. Tal vez cediendo a un impulso del subconsciente que nos llevaba a rendirle tributo de esa forma a ese símbolo de la lucha por la justicia, que con una perseverancia a prueba de caídas, tropiezos y derrotas, se mantuvo siempre lanza en ristre y sin cansarse en la batalla infinita por las buenas causas.

Aunque la suya fue una visita privada, él y ustedes me perdonarán, pero no podía menos que darle las gracias públicamente, al maestro Ignacio Ramonet por su muy estimada visita a mi modesta residencia.

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