Los Ángeles.– La promesa de organizar unos Juegos Olímpicos «libres de coches» en 2028 enfrenta su primera prueba en el Mundial 2026, donde las demoras y los atascos reflejan el colosal desafío de una red de transporte que busca absorber el movimiento de miles de aficionados.
La operación de transporte especial para el torneo concentra la demanda de decenas de miles de espectadores en estaciones como Union Station, conectando el centro de Los Ángeles con el estadio ubicado en la ciudad de Inglewood mediante autobuses de tránsito rápido.
Este despliegue ha desatado una afluencia histórica de pasajeros en el habitualmente ignorado transporte público de Los Ángeles, obligando a LA Metro a tejer una red de autobuses lanzadera desde 15 puntos estratégicos de la metrópoli para bombear aficionados directamente hacia el estadio.
El bolsillo ha sido el argumento para convencer a los angelinos, ya que cada trayecto cuesta 1,75 dólares, un precio simbólico frente a las desorbitadas tarifas en los alrededores del recinto, que rondan los 200 dólares.
Este ensayo trata de afianzar el camino hacia el plan «libre de coches» de la alcaldesa Karen Bass, quien busca equipararse al éxito de París y demostrar que una ciudad diseñada por y para el automóvil puede funcionar con la eficiencia que encumbró a los pasados Juegos Olímpicos de 2024.
Emular el modelo de 1984
Aunque nunca habrá un Los Ángeles completamente libre de automóviles «ha habido ejemplos en el pasado de la ciudad donde los angelinos han cooperado para reducir enormemente el tráfico», indica a EFE Dan Schnur, analista político de la Universidad de California-Berkeley.
Uno de ellos fue precisamente en los JJ.OO. de Los Ángeles 1984, donde los peores pronósticos de un colapso en la red de transporte dieron paso a unas carreteras inusualmente despejadas.
Esta insólita estampa se logró gracias a una masiva campaña de concienciación pública que alteró los hábitos de la población y modificó los horarios para evitar colapsos en las horas punta.
«Hubo mucho escepticismo en que esto pudiera tener éxito cuando se celebraron los anteriores juegos, pero al fin y al cabo, por mucho que los angelinos amen sus coches, estuvieron dispuestos a cooperar», añade.
El fantasma de Boston
La experiencia de 1984 como antecedente
Más allá de los desafíos en el transporte, por la ciudad de Los Ángeles discurren organizaciones que se muestran reticentes a albergar la competición deportiva más importante del mundo por el enorme desembolso que supone.
«Cualquier ciudad anfitriona se enfrenta a una oposición muy grande y ruidosa por parte de aquellos residentes que piensan que la ciudad debería gastar su dinero en las necesidades locales en lugar de en una Comisión internacional», explica Schnur.
La oposición vecinal al coste olímpico
Este temor no es infundado, y, de hecho, su precedente más directo se dio en la ciudad de Boston, que se postuló para los JJ.OO. de 2024, pero tuvo que retirar su candidatura precisamente por la fuerte oposición vecinal que despertó el proyecto.
El recuerdo de 1984 se presenta como la principal defensa de la organización, ya que, irónicamente, esos Juegos «ampliaron enormemente el uso de asociaciones de inversión y estableció una fundación para emplear recursos en necesidades locales», dice el analista.
Aquella cita no solo sirve de ejemplo de control de tráfico, sino también del gasto en una infraestructura sostenible que aprovecha el legado y las instalaciones existentes de la ciudad, minimizando así el gasto en estadios faraónicos que luego queden en el olvido.
